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Tranquility

martes, 28 de abril de 2015

Oprobio


Le miraba una y otra vez. No podía dejar de observar sus labios, se abrían y cerraban pronunciando toda una sarta de palabras. Apenas podía entender todo lo que me decía. Sus ojos, hieráticos, se clavaban en los míos. Por más que quería no encontraba ni siquiera un atisbo de lo que antes nos había unido. Maté el tiempo, y ella agonizó en mis manos.

jueves, 12 de marzo de 2015

Madurez



Desperté en el crepúsculo
Deshojando margaritas.
Y mis manos ya no eran mías,
Y mi mirada,
Vacía.
Perdida en el infinito de los años,
De los campos llenos de flores,
Que ante la incipiente primavera
Bellas lucían.
Y miré mi rostro
En el arroyo silente.
Y sentí mi cuerpo,
Que ya no me pertenecía.
Y vi que el tiempo
Se alejaba y desvanecía.
Y palpé el silencio,
Y sentí la vida.
Y olí el perfume
De tu flor viva.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Mi Caperucita Roja



Me despierto cada mañana con el ruido de los pajaritos  y salgo de mi madriguera para enfrentarme a un nuevo día. Estiro lentamente mis patas delanteras, mis patas traseras, muevo mi cola con gracia y agilidad mientras sé que algunas de las ardillas que viven en el majestuoso árbol que hay junto a la entrada de mi casa, me observan burlonas.
Mi olfato y mi astucia es lo que me ha ayudado a salir de más de uno de los problemas en los que me he metido, y es que para un lobo, a veces sobrevivir no es fácil… Algunos ya sabéis que tenemos fama de ser los malos del cuento siempre. Pero no siempre lo que parece real lo es.

Es la hora de mi desayuno, y aunque he probado a comer bayas del bosque, manzanas, peras, nueces… no me sientan nada bien y mi estomago se muere por un trocito de carne tierna y jugosa. Puedo escuchar lo que dicen los conejos, que ajenos a mí saltan sobre la hojarasca mientras corretean por el bosque. Me abalanzo sobre el más grande, un conejo marrón que emite un chillido débil aunque lo suficientemente sonoro como para advertir de mi presencia a los demás conejitos que huyen.

No puedo más que decir que ha sido un bocado dulce, tierno y exquisito. Sus huesos sonaban al ir partiéndose en mi boca como un chasquido sublime para mis oídos. Es hora de disfrutar de una pequeña siesta, después de todo, hoy no tengo demasiado entretenimiento aquí en el bosque.

Mira,  por ahí viene la niña esa que pasa cada día con su chaqueta roja. La niña a la que todos los animales del bosque  llaman Caperucita Roja. Una niña arrogante e insidiosa que se pasea cada mañana con la cestita de dulces para su abuela.

¿Y si me como a la niña? Lo mismo me indigesto, mejor que no, que luego uno coge fama y ya no se la quita nadie.

Ya coge una florecita de aquí, ya la coge de allí. La he visto coger renacuajos en la charca, y luego los deja fuera del agua para que se mueran…

 Por más lobo que sea todavía no lo entiendo, ¿cómo se le ocurre a sus padres mandar a una niñita al bosque a ver a su abuela?, y es que, no sé si son mis años o el tiempo que he estado encerrado, pero, no es normal... y, ¿cómo puede estar una pobre viejecita viviendo sola en una zona tan aislada en el bosque? La pobre abuelita, con su pelito gris perlado, siempre espera a la niña cada mañana.

Hoy no le voy a decir nada a la tonta esa de Caperucita Roja. Se va a quedar con las ganas, a mí qué me importa adónde va, ni qué lleva en la cesta. Si total, aquí la única humana que vive, es su tierna abuelita.



martes, 17 de febrero de 2015

Lujuria




Me desciendes hasta mis infiernos con tus ojos.
Y, en el anhelo eterno, espero.
El abrazo roto que no me das,
La palabra dulce que no pronuncias.
Y me pierdo en tu sonrisa,
Que burlona me incita,
A recorrer tu cuerpo,
Con mis ojos, porque con mis manos no puedo.
Y el silencio se instala como un muro nuevo.
En el que chocan nuestras palabras,
Nuestras miradas y nuestros deseos.

domingo, 25 de enero de 2015

Despedida




Y, ahora, ya no queda nada más que el silencio.
El silencio sonoro de un adiós prolongado.
La palabra que en la garganta se ahoga sin ser pronunciada,
Y que se enquista en el alma.
Porque ya no nos queda, ni hoy, ni ayer, ni mañana.
El agua erosiona la roca y en ella la paz halla.
Y, ahora, ya no llores, ni murmures, sólo calla.

lunes, 19 de enero de 2015

Eternidad


Desde el otro lado te dicen que sólo tienes dos minutos. Piensas que tienes tiempo más que suficiente para todo. Llamas a tu mejor amigo y le dices que emprenderás un largo viaje. Marcas el número de tu ex y le dices que fue lo peor que te pasó en la vida y que la dejaste porque lo único que tenía lleno era su armario. Sientes como el frío del acero acaricia el cielo de tu boca y  un escalofrío se va expandiendo por el resto de tu cuerpo. Disparas y, ya sólo sientes el silencio.

viernes, 17 de octubre de 2014

Oscuridad




Giró la cabeza hacia atrás para mirarla por última vez. Su paso se detuvo frente al viejo banco desconchado que había a un lado de la calle. Ella caminaba flotando por encima del asfalto; un parpadeo, una sonrisa tímida y su vaivén de caderas fue lo último que pudo ver. Ahora pasa las horas muertas imaginando el color de sus ojos, de sus labios, de su pelo, mientras busca la luz que la vida le quitó.






jueves, 18 de septiembre de 2014

Resarcimiento




 Pudo ser una mañana igual al resto de las otras de no haber sido por ella. La calle silenciosa se vestía con el ruido procedente de las casas y los vecinos empezábamos nuestros  quehaceres casi al alba; ruidos de cazos y vasos de cristal que junto a ese olor a pan tostado y café recién hecho  inundaba mis sentidos abriéndolos a un nuevo día.  Poco a poco se deshacían las heladas en los tejados, las gotas de agua caían cadenciosamente al suelo como recuerdo de una noche fría y lluviosa  formando charcos en los que los niños se metían y sus madres les chillaban. El sol se abría paso entre las nubes y acariciaba su cara, ella se mesaba el cabello mientras se sentaba en el banco de piedra que había junto a la tapia del molino. Un muro de piedra y tierra  que dejaba entrever el patio  interior de la vieja almazara  por los boquetes que se le habían ido haciendo  con el paso de  los años. Ahora su interior  no era más que una gran superficie llena de máquinas desvencijadas y enmohecidas y en donde años atrás se almacenaba las aceitunas, ahora crecían la maleza y los  zarzales cubriéndolo  todo.
 Llevaba tiempo sin verla, a decir verdad más de diez años, y, apenas había cambiado. Seguía teniendo la misma cara, los ojos saltones y las facciones grandes; pero ese  aire de niña vieja delataba su edad. Su pequeña estatura  habría sido suficiente para ser el centro de las bromas de los demás y para que  despectivamente le llamasen enana, porque eso era, una persona pequeña; demasiado pequeña y con las manos gordas y esos  dedos cortos como sus piernas, que colgaban lacias y sin gracia ninguna de su cuerpo y parecían dibujadas sobre la piedra.
Yo la observaba a escondidas, en silencio. Apenas nos separaba la calle y sin embargo, ella no podía verme; ni siquiera intuirme, ni a mí ni a nadie. Las persianas, aún bajadas, servían de parapeto para quienes nos ocultábamos ante las miradas de los viandantes que poco a poco iban llenando la calle.  Ella  ajena a todo y a todos, en lo suyo, miraba su móvil y con sus pequeñas manos grotescas, ávida, hacía pasar las pantallas y ese sonido característico llegaba hasta mis oídos con toda claridad como la música machacona que hizo sonar en el aparato. Dos copleras que  cantaban  a voz en cuello “que no hay en la vida nada más importante que el beso de una madre”. Me reí para mis adentros solo de pensarlo.
Ella, en silencio, escuchaba la canción y miraba  su teléfono, a un extremo y a otro de la calle. Sus dedos tamborileaban el móvil y con  desgano sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo trasero de su pantalón. Lo giró  y con un golpe seco hizo que saliera uno de interior. Lo cogió y lo llevó a su boca. Siguió buscando en sus bolsillos algo con lo que encenderlo.  El humo del tabaco llegó hasta mí y tuve que hacer un esfuerzo para contener la arcada que me produjo. Nunca pude fumar hasta después de las doce de la mañana y el solo hecho de olfatearlo me daba asco. Buscaba a alguien o esperaba algo. Sus ojos destilaban el perfume ácido del recuerdo agrio y, tras restregarlos varias veces con el dorso de su mano, se quedó mirando como las bocanadas del humo que aspiraba sutilmente se deshacían y se perdían  izándose y enredándose en su pelo.
Aún era Navidad y del balcón de mi casa colgaba una de esas imágenes del Niño Jesús. Ella, de vez en cuando, depositaba sus ojos en el Niño y lo miraba en actitud desafiante. Como si alguien o algo tuviera la culpa de todo aquello que sentía en ese momento. Como si esa imagen fuera la directora de todos los destinos posibles que nos acechan a  las personas; como si esperase que saliera alguien de la casa, tal vez me esperaba a mí o a quién sabe.


Aquella noche fue diferente a las demás, salimos como cada viernes. Todos nos esperaban en el bar de siempre y entre risas y bromas pasábamos  el rato.
—Me acompañas al baño— me dijo con una voz casi inaudible.
—¿Qué?
—Que me acompañes, tengo algo que decirte.
—Vamos— le dije mientras con mi mano le indicaba que ella fuese primero y que yo la seguiría. Entramos y cerramos la puerta.
—Estoy embarazada. Lo tengo que abortar.
Así sin más me lo espetó, y por más que le pedí que me dijera quién era el padre solo el silencio salió por su boca.
—¿Pero como ha pasado, es alguien del grupo? Tu padre te va a matar, cómo has estado? No me lo puedo creer Pamela, no pusisteis medios, de cuánto estás?
—Me enteré hace una semana.
—¿El padre lo sabe? Se hará cargo de ti, y de todo, ¿verdad?
—No. No quiere saber nada de niños, me ha dicho que si esto se sabe su vida social se vería afectada.
—¿Su vida social? ¿Qué vida social? ¿Acaso no lo pensó antes de hacerlo? Menudo sin vergüenza estará hecho. Dime quién es, somos amigas de toda la vida. Yo hablaré con él.  A ese tiparraco hay que cantarle las cuarenta—Mi furia crecía por momentos, cómo podían haberle hecho algo así a mi pobre Pamela, si era una niña en grande, inocente y dulce.
—No, mejor no. Me engañó, me dejé llevar y fíjate las consecuencias. Decía que estaríamos juntos, que lo nuestro era una historia de amor verdadero y yo como tonta me lo creí. Nadie se enamora de nadie como yo. Solo me utilizó para llevar a cabo sus fantasías…
—No digas eso Pamela, no es verdad, tú eres una buena persona, pequeña, pero grande por dentro. Ese canalla te ha utilizado y ahora si te he visto no me acuerdo. Anda, vámonos a tu casa, te acompaño. Si necesitas mi ayuda para decírselo a tus padres… Tal vez mis padres puedan echarte una mano con todo esto, ya sabes lo mucho que te quieren. Les pediré que hablen con los tuyos y entre todos lo solucionaremos.  No eres la primera ni la última a la que le pasa esto Pam
—Vamos, ya me las apañaré yo con ellos. Pero esto no se lo cuentes a nadie. Y a tus padres mucho menos. Prométemelo.
Nos marchamos del bar y aquella noche no pude dormir. Ni las siguientes tampoco, no sé si ella lo pudo hacer. Una semana después fui a buscarla a su casa y sus padres me dijeron que se había marchado, que tardaría en volver si es que lo hacía alguna vez.  Los rumores empezaron a correr de unos a otros y se hacían cábalas sobre quién era el padre.


El movimiento de sus ojos me embelesaba, sentía una sensación extraña que me envolvía y me paralizaba nublando mi entendimiento. Por un lado tenía frente a mí a mi amiga, con la que compartí tantos juegos desde niña, y por otro la veía como a una extraña. Las últimas lluvias socavaron los cimientos de la tapia del viejo molino, tenía desprendido una parte y el resto apena se mantenía en pie.  No puede o no quise, aún me lo pregunto con el paso de los años,  alertarla cuando la tapia se derrumbó sobre ella. Bajé las escaleras a toda prisa y salí a la calle, pero, cuando logré llegar hasta donde ella estaba su cuerpo estaba cubierto por un amasijo informe de piedras y barro. Sus manos quedaron fuera y sus dedos regordetes se enrollaban unos sobre otros. A gritos llamé a los vecinos que acudieron en poco tiempo. Despejamos todo lo que la tapaba. Un hilillo de sangre salía de su boca y  el color cianótico de sus labios me produjo una paz inusual y que con el paso de los años no consigo olvidar. Al fin quedaba vengada la separación de mis padres, y el vacío que me corroía por  no haber conocido a mi único hermano.

jueves, 10 de julio de 2014

Tu Nombre





De mis manos yermas nació un poema y tu nombre fue su título.
Entibiados los suspiros, y los besos, secretos.
Niveo el cielo que el sol adorna,
Y son tus brazos cuna que mece mi cuerpo.
Tu mirada lasciva enciende los cuerpos,
dos brasas que arden a un tiempo.
Tiempo que se detiene, que enmudece,
que se eternece en un cálido arrullo.
La luna se asoma sultana, dueña y señora en la blanca cama.
Y son  ahora las sábanas vacías, testigos que callan.
Mudas las paredes, muda la estancia, como muda es la vida que sin ti se pasa.

viernes, 30 de mayo de 2014

Descenso abrupto


"¡Qué paren el mundo que me quiero bajar" gritó mientras se daba cuenta de que ya nadie la escuchaba. Su voz se perdía entre los gritos de la gente que desde el callejón  la aguardaban incrédulos. La luz al final del trayecto no opacó la oscuridad que la habitaba.