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Tranquility

martes, 26 de abril de 2016

Sombras




Negros  tus ojos que se ha de comer el silencio.
Carnosas las mejillas que he de besar
algún día.
Lujuriosa tu boca como fruta fresca,
Y arrebatadora estampa que me acompaña
en mi negrura.
Negrura que el alba blanquea y me saca de la rutina.
Silencio que se rompe al golpeo de mis latidos
Cuando por fin ante mí te muestras como fantasma vencido
Como amante reconocido.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Miradas que matan




Ahí estaba ella. Sentada frente a mí con actitud arrogante, desafiándome con su gesto altivo. Fijaba la vista en todos los presentes, uno por uno nos iba observando sin decoro, sin miedo a que la descubriéramos. Con esa supremacía de quien se sabe perfecta, diosa y creadora. Sus ojos hieráticos se clavaron en los míos y una sensación de frío recorrió todo mi cuerpo. Primero los pies, los sentía como dos bloques de hielo; luego las piernas, mi tronco, mis manos, mis venas, ya cristalizadas, las sentía quebrarse como pequeñas tuberías de vidrio. Al final una luz, potente, majestuosa y una gran nebulosa apareció ante mí. Un gran golpe se extendió en mi estómago, en mi pecho  y una arcada me trajo de nuevo a este lado. A tu lado.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Vuelve



Vuelve, aunque no me busques ni te busque.
Vuelve porque tu sola presencia alegra mi alma.
Vuelve porque tu ausencia me inquieta.
Vuelve porque tu luz es mi faro.
Vuelve y regálame tu  mirada,
Que la siento mía aunque tú no lo quieras.
Vuelve porque después de tanto tiempo,
No puedo perderte de nuevo.
Vuelve aunque ni seas mío,
Ni yo sea tuya,
Pero no siento nuestros.


miércoles, 21 de octubre de 2015

Te extraño



Juraré que no lo he dicho, pero te extraño.
Dibujaré tu nombre sin tú saberlo.
Crearé mil mundos, opuestos al nuestro.
Y en el abrazo eterno,
Dejaré descansar nuestro cuerpo.
Dejaste en mi vida el hueco interno de tu ausencia.
Los días pasan y te sigo buscando,
E incansablemente te aguardo.
El silencio solícito desnuda las horas minuto a minuto,
Segundo a segundo.
Y quiebro las agujas del reloj en un grito sordo.
Sol tras sol, luna tras luna.
Amor por locura.
Certeras las sombras me acunan
Y duermo en brazos vacuos.
En agonía eterna vivo sin tus abrazos.
Sol tras sol, Luna tras Luna.
Amor por locura.
Y no lo alivia más lo enferma,
Este silencio tuyo.
Sol tras sol,
Luna tras Luna.

domingo, 4 de octubre de 2015

Sabes



Sabes que te miro distante y que en la lejanía impuesta tu boca me provoca.
Sabes que la noche oscura tu nombre evoca.
Sabes que el viento ulula nuestros nombres en cadenciosa melodía.
Sabes que te busco y no te encuentro.
Porque tú te sabes muro y te sabes puerto,
Te sabes luz y te sabes aliento.
Te sabes cincel y arquitecto de mi cuerpo.
Te sabes mentira y te sabes acierto.

lunes, 10 de agosto de 2015

Tu luz




Luz que te busco,
Luz que no te encuentro.
Luz que eres mi norte,
Luz que eres mi puerto. 
Luz que no veo,
Luz que no entiendo.
Luz que no enciendes,
Luz ausente, luz hiriente. 
Luz que añoro,
Luz que deseo.
Luz que me mata,
Tu luz me atrapa.

Premio Dardos


Nota: Esta entrada debería de haberla publicado hace más de un año. LLeva realizada justo ese tiempo pero se quedó transpapelada en los borradores. Dicen que a cada cosa le llega su momento, que todo llega y lo que ha de ser será...

Hace unos días recibí un mensaje de mi amiga Mari Carmen García Franconetti del blog:


 en el que me hacía entrega de un Premio Dardos. Yo no tenía ni idea de su existencia. Fui hasta su blog para agradecerselo y allí encontré la parte que a mí me tocaba:
* Eva María Ruiz

Destacar tu creatividad, la belleza y sensibilidad en tus relatos que atrapan para siempre. Nos regalas también unas muy interesantes reflexiones y aprendo mucho de ellas. Tu blog engancha y deleita. Espero que todo mejore y tengas más tiempo para tus fieles seguidores. Te felicito.

http://elricondelasletraseva.blogspot.com

Ahora bien, quiero darle las gracias por pensar en mí y en mi pequeño y humilde blog en el que solo intento verter algunos de los relatos que escribo. Emociones que salen unas veces con más trabajo y otras del tirón en esos ratos en los que me siento frente a un ordenador o aquellos otros que me asaltan en cualquier lugar y debo anotarlo en donde pillo ya sea papel o en el bloc de notas del móvil.
Las normas dicen que tengo que otorgarlo a 15 blog más, sois muchos los blog que sigo y que leo. Aunque de un tiempo a esta parte me es imposible por otros menesteres hacer las visitas que yo quería hacer.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Retrato de un traspié



La cara sucia. El pelo alborotado. Barro en los zapatos. Las gafas rotas y las lágrimas saltadas. Pelea la madre, la abuela implora. Los ojos rojos, las mejillas carnosas, los mocos caídos, las rodillas enrojecidas. Le sangran las canillas y el niño tiembla.

miércoles, 8 de julio de 2015

Me encontrarás




Me encontrarás aún cuando no me busques,
En el sonido de la lluvia.
En cada no y en cada ausencia.
Me encontrarás en cada recuerdo,
En tus noches vacuas y en tus días llenos.
En los ojos de una extraña.
Me encontrarás aunque tú no quieras
En cada despertar y en cada mañana.
En la fría noche y en tu tibia cama.
Me encontrarás en cada cielo,
En cada una de sus estrellas,
En la búsqueda errática de otros abrazos.
Me encontrarás en los espejos cuando te busques cansado
 y en el reflejo vibrante de tus ojos por mí añorados.
Me encontrarás en otros cuerpos,
en otras sonrisas, en otras vidas.
En cada deseo tatuado.
Me encontrarás porque yo nunca te he dejado.

martes, 19 de mayo de 2015

Si tuviese alas como Ícaro


Vuelta atrás, al inicio del blog casi. Esta entrada es de las primeras que hice en mi aventura bloguera. Si tuviera que escribirla ahora la redactaría de otra forma. Con los años creo que he aprendido a escribir de otra manera. La publiqué la primera vez el 31/10/11.
El siguiente relato  fue merecedor de un tercer puesto en el I Certamen de Relato corto Memorial "Conrada Muñoz" del año 2010.


La mañana del sábado había amanecido fresca y Agustín Torres, seminarista en su último año, había decidido que ese fin de semana no iría a visitar a sus padres al pueblo. Quería ir a la prisión y estar al lado de quiénes necesitaban apoyo espiritual o de los que no tenían visitas de familiares. Casi siempre había ido a los hospitales, comedores sociales, residencias de ancianos, centros de rehabilitación para drogodependientes a llevar la palabra de Dios; un poco de compañía y cariño a quiénes lo necesitaban. A veces el dar cariño a una persona es el mejor de los regalos. Ratos de conversación para aquellos que están excluidos, gentes que porque estamos acostumbrados a ver en la calle como parte del mobiliario urbano ya no miramos; pero nunca  había entrado a un Centro Penitenciario.
El capellán del la prisión le había incluido en la lista que pasaba al Director para que autorizasen su entrada, y en concreto le había hablado de Pedro Salgado, un hombre cercano a los cuarenta y cuyo destino era de cabo de limpieza en el modulo seis.
Agustín después de desayunar con todos los que como él se habían quedado en el  seminario, se preparó meticulosamente su mochila donde llevaba su Biblia y sus objetos personales. Se volvió a peinar frente a un espejo que le devolvía una imagen temblorosa y ajada por sus años, y tras poner cada pelo en su sitio, salió directo al garaje donde aparcaba su coche. Tenía las manos sudorosas a pesar de que no hacía calor, arrancó el vehículo y se dirigió hacía la calle.
El trayecto se le hizo corto, eran las diez de la mañana,  aparcó en la entrada del Centro y se fue directo a los Accesos, donde le entregó al funcionario que prestaba su servicio en ese momento su documentación y éste le dio una tarjeta que colgó de la solapa de su chaqueta. Tras pasar la puerta giratoria y volver a ser identificado, se le retuvo su DNI.
Y  le dieron paso al modulo que iba a visitar. El funcionario de ese módulo le indicó que  el interno, Pedro Martínez, estaba en la Sala de día, y le señalo con el dedo a un hombre de aspecto taciturno que se hallaba sentado en una silla leyendo un libro y de vez en cuando levantaba los ojos sin mirar a ningún lado en concreto.
Agustín se dirigió hacia él con su Biblia en la mano,  con paso firme y decidido se sentó sin decir nada. Ambos hombres se miraron fijamente a los ojos y sus bocas no sabían qué palabras pronunciar.
-¡Hola! ¿Te importa que me siente aquí?-balbució Agustín.
-No padre, no se preocupe, no me importa puede usted sentarse donde quiera.
-No soy sacerdote todavía, me puedes llamar Agustín. He venido a verte expresamente a ti, el capellán del Centro me ha dicho que no tienes muchas visitas.
-Así es…no le ha mentido-contestó desafiante mientras cerraba el libro lentamente.
-¿Puedo preguntarte por qué estás aquí?-dijo Agustín, aún a sabiendas que estaba por una condena de tráfico de drogas.
-Sí, por traficar. Aunque no lo soy, me lo ofrecieron y como no tengo nada que perder…lo hice- respondió altivo.
-¿Esa chica del tatuaje es tu esposa?
-No, mi hermana Paula- dijo mirando al techo.
-Uno no se tatúa a su hermana, mucho la tienes que querer.
-No lo sabe usted bien.
Agustín sacó un paquete de tabaco de su mochila y le ofreció un cigarrillo a Pedro, que este cogió sin rechistar, ambos hombres exhalaban bocanadas de humo que ascendía y se extendía por toda la habitación mezclándose con los humos de los otros internos, que jugaban al dominó o veían la televisión.
-Me ha llamado la atención eso que has dicho de “no tenía nada que perder” ¿por qué?-dijo Agustín mirándole de nuevo a los ojos.
-Muy fácil, llevo años en la calle, por eso…simplemente. ¿Quiere que le cuente un poco de mi?
-Sí por favor, habla que te escucho- le dijo el seminarista poniendo una sonrisa que le invitaba a la complicidad, para que Pedro se sintiera relajado.
-Cada día pasaban a la misma hora, por delante de la iglesia de la calle San Antón. Entre el barullo de la gente eran dos desconocidos más para mi, dos peatones más. Ella siempre de la misma forma: con la misma gabardina color marrón intemporal, las mismas botas altas, de tacón bajo y grueso. Las manos metidas en los bolsillos. Sostenía el bolso en una de sus muñecas, porque parecía que se le escurría de los hombros. Su cara pálida, con una expresión en el rostro de ambigüedad, y su caminar casi etéreo, como si de un ánima se tratase. Le asomaba la falda, por debajo de la gabardina, también marrón. Su pelo, rubio y largo, aunque  un poco descuidado para ser una mujer aún joven. Sus ojos de un azul intenso, como el mar, que cuando me miraban  me hacían sentir un escalofrío, cómo si ella supiera en qué estaba yo pensando. Una mujer muy alta y enjuta, pero que sin embargo llamaba mi atención sin yo darme cuenta.


El es moreno un hombre de aspecto normal, iba con un periódico bajo el brazo y de unos cincuenta años. Uno más, de los muchos que pasan al cabo del día.
Ella iba en dirección a Recogidas y él, San Antón abajo, pero cada mañana a la misma hora, a eso de las nueve y media, se cruzaban en la misma acera en la que estaba yo sentado. Donde esperaba que alguno de los transeúntes dejara algo en mi caja de cartón, o que alguna de las feligresas de la iglesia, se apiadara de mi indigencia, y dejara caer los céntimos que les sobraban, con los que comprar algo para llevarme yo a la boca, y por qué no decirlo, para algún cartón de vino barato, pero que alivia igual que los otros la sordidez de mi vida.
Nunca se  miraban, ella se ponía a ojear el bolso buscando algo y él parecía interesarse en su periódico, y cuando había una distancia entre ellos suficiente, levantaban súbitamente las cabezas de sus quehaceres improvisados para volver de nuevo a la calle.
Un día frío del mes de Diciembre, de esos que en Granada te calan hasta los huesos y se te hiela el aliento; yo  estaba en el mismo sitio de siempre, pero un poco más hablador que de costumbre. En vez de estar en mi cartón en el suelo, porque era imposible estar quieto del frío,  me encontraba dando pasos de un lado a otro delante de la puerta de la iglesia convento.
-Niña, ¿tienes una “limosnica” para este pobre? Abuela, déme usted algo. ¡Señora, algo suelto tiene, seguro…!
Andaba y parloteaba a la vez en la mitad de la acera, para no congelarme por las temperaturas tan bajas. Ese día los dos fueron a echar unas monedas a mi mano a la vez, ella levantó la vista y al verlo dijo con una voz seca y quebrada:
-¡Hola Paco! ¿Cómo estás?
-Bien, ¿y tu?- dijo él.
Sus voces, temblorosas se aquietaban en sus gargantas, y se helaban sus miradas y no por el frío de la escarcha de la mañana. Ella quitó su mano y la escondió rápidamente en el bolsillo de su gabardina como si quisiera protegerse.
-¿Todos bien?- balbuceó ella.
-Si –contestó el hombre, con la mirada fija en el escaparate de la floristería de enfrente.
Yo, en medio de los dos sin saber qué hacer ni qué decir, para romper ese hielo esa indiferencia; ¡ojalá hubiera tenido alas como Ícaro! y solo acerté a decir:
-Maestro, hace frío con ganas hoy, si señor, mucho- y como si de un encanto se tratase  diluyó  aquella tensión y cada uno tiró para su lado de la calle y yo respiré tranquilo.
Todos los días eran iguales. Se acercaba la Navidad y todas las calles del centro lucían espléndidas, llenas de pascueros, amarillos, rojos, luces de colores colgaban de entre los balcones de los edificios. Era martes, lo recuerdo con claridad, porque era festivo  y había misa de diez, ese día ella venía desde lejos buscándolo con la mirada entre los viandantes; hasta que lo encontró, cuando estaba a unos pasos de mí, y pude oír la conversación.
-Paco, buenos días, ¿cómo estás?
-Bien- dijo él en tono áspero.
- No crees que ya es hora de que dejemos atrás el pasado, nuestras diferencias- dijo ella- Mamá nos necesita a todos.
-La verdad, sí…son ya muchos años, pero hay mucho rencor…-contestó, sin apartar la mirada del suelo, titubeante.
El asintió con la mirada y siguió su camino sin decir ni una palabra.
Siempre pensé que habían sido pareja por esa forma de  mirarse de reojo sin que el otro se diese cuenta. En ese momento me puse a llorar, pero nadie se fija en un vagabundo que llora. Me senté en el suelo, justo en el tranco del pórtico de la Iglesia y tapé  mis lágrimas con mis manos enrojecidas por el frío.
-¿Se preguntará usted por qué?-hizo una pausa en la que se encendió un cigarro-¿por qué yo que minutos antes estaba bien, al ver a esos dos extraños de los que no sabía nada; lloré por lo que les escuché decir?-El interno hizo una pausa, esperando una respuesta.
El seminarista lo miró con cara expectante, y con las manos le indicó que siguiese hablando. El pobre no podía articular palabra, ¿qué tendría qué ver esa rocambolesca historia?
-Me acordé de Paula, mi única hermana y amiga. Murió por mi culpa, yo debí conducir esa noche, ella había bebido demasiado. Festejábamos que habíamos acabado la carrera de Matemáticas. Se saltó un semáforo y lo demás se lo puede imaginar…
Mis padres, en vez de apoyarse en mí me culparon de todo,  de que yo la incitaba a cosas que no debía y en su locura mi padre un día me echó de casa. La calle no es buena, se engancha uno a muchas cosas…-las lágrimas rodaban por su cara- nunca he vuelto a saber de ellos, ni siquiera sé si viven.
Agustín también secó sus lágrimas, encendió otro cigarrillo. No sabía si hablar o callarse. El sabía lo que eran las drogas, alguien lo cogió a tiempo, confió en él y lo rehabilitó, y por eso ahora Agustín quería  estar al lado de los necesitados.
Fin.