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Tranquility

lunes, 10 de diciembre de 2012

Yo dubito, ¿tú dubitas?


            Me pregunto si los peces de colores saben que lo son.
Me pregunto si recortar es una palabra justa.
Me pregunto si los Miura conocen su valentía.
Me pregunto si los Mayas eran conscientes de la repercusión que tendría su calendario.
Me pregunto si algunos políticos duermen tranquilos o necesitan somníferos.
Me pregunto por qué unos días los aviones dejan estelas que tardan horas en desaparecer y otros… casi no se les ve.
Me pregunto si los muñecos de nieve saben que el sol que los hace brillar es su asesino más despiadado.
Me pregunto si nuestros hijos crecerán en igualdad sin la inquina de sus padres.
Me pregunto si la crisis es cuestión de deuda, por qué no hacemos caso a lo que Jesucristo nos enseñó “perdona nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”.
Me pregunto si somos libres o sólo creemos serlo.
Me pregunto si la vida es bella por qué encierra tanto sufrimiento.
Me pregunto por qué algunos tienen miedo a la oscuridad si sólo es ausencia de luz.
Me pregunto si el loco vive cuerdo o el cuerdo es un loco.
Me pregunto si la vida es un suspiro, un lamento o un cuento.


viernes, 30 de noviembre de 2012

Insomnio



Todos duermen y yo, intranquilo, me levanto y voy hacia la cocina. Todo sigue en el mismo lugar que hace media hora, nada ha cambiado, la ventana entreabierta deja pasar la luz de la calle. El último vaso de leche reposa sobre el fregadero junto a los otros tres.
Sí es el cuarto vaso de leche que me he tomado, con su azúcar y un poco de ese café descafeinado de oferta del supermercado que compra mi mujer. Debería dejar de tomar tanta leche, no me sienta bien y el médico me ha dicho que no tolero la lactosa, ¿qué sabrá ese? Toda mi vida la he tomado y me ha sentado bien, desde niño con pan y sin pan, con azúcar y sin ella, con hambre y sin hambre. Lo que no me sienta bien es esta maldita vida que llevo siempre trabajando, no he tenido un solo día de descanso hasta ahora, y claro, a mis años ¿qué voy a hacer ya? “No eres necesario, vamos a prescindir de ti, es hora de viajar” Cincuenta malditos años de mi vida en el mismo sitio partiéndome el lomo por sacar la fábrica hacia delante. El nuevo director ha llegado con fuerza, es duro que te despidan, y, mucho más cuando es tu propio hijo.

viernes, 23 de noviembre de 2012

La Bailarina



El ambiente en aquel tugurio invitaba a tomar más de una copa de alcohol. Bastantes me habría tomado o incluso la botella entera de whisky de no ser porque había perdido el dinero entre tanto golpe y el trajín de recorrer inextricables callejones intentando salvar lo que me había dejado el sicario que me perseguía: mi propia vida. Me planté en mitad del local intentando encontrar la puerta de los aseos; vi salir a un hombre de detrás de una cortina que daba paso a un pasillo estrecho y deduje que al final  estarían. Me dirigí hacia allí y encontré lo que estaba buscando. Abrí el grifo no sin antes mirarme un par de veces en un espejo carcomido y enmohecido por lo años que solo Dios sabe llevaría allí colgado. La ceja derecha me sangraba, aún tenía un hilito de sangre que recorría toda mi cara aunque interrumpido a la altura de la mejilla. Me  lavé  y recompuse un poco mi aspecto. Las canillas de las piernas aún me temblaban del esfuerzo. ¡No estaba acostumbrado a correr! Me dirigí a la barra donde un camarero de aspecto lánguido servía licores entre movimientos  carentes de toda gracia, preso del aburrimiento del que lleva muchos años haciendo el mismo trabajo. Me bebí de un solo trago el whisky que le había pedido. Al principio entró abrasando la garganta y cuando sentí su calor en mi estomago ya le estaba haciendo señas para que me sirviera otro. Volví a beberlo de un sorbo. Sentí como se me aflojaban los músculos poco a poco, cómo me iba relajando y mi cuerpo iba alcanzando una liviandad extraña para mi. Esa sensación de relax la rompió una melodía monódica y una bailarina que vestía una túnica transparente  delicadamente bordada apareció en escena. La mujer era extremadamente bella y, su cabello, como las crines de un pura sangre negro hacía juego con sus ojos que te invitaban a seguir cada uno de sus gestos. La cadencia de sus movimientos era hipnótica y pronto me di cuenta de que la bailarina estaba frente a mi. El sigilo con el que se movía me embelesaba y hacía que mi sangre hirviera en mis venas. Ardía en deseos de tocarla. Me sentía mareado por momentos, un olor a marihuana llegaba a mi olfato y penetraba tan intensamente como si la estuviera fumando yo mismo. La bailarina se acercó a mí y me susurró algo al oído que no pude entender. Tenía todos mis sentidos embotados y eso no era normal; apenas había tomado dos copas. Yo soy un hombre corpulento necesito mucho más de lo que había bebido para perder la noción del tiempo como la estaba perdiendo en esos momentos. Sin embargo, algo rondaba por mi mente, ¿cómo era posible que aquella mujer se fijara en mi cuando había tantos hombres en el local? ¿Dónde la había visto yo antes? No podía recordar donde la había visto, estaba seguro de que la conocía de antes. La gente parecía no darse cuenta de todo lo que estaba sucediendo entre la ella y yo. Asistían inamovibles al espectáculo, desde el viejo que fumaba su pipa en un rincón distraído con en el humo, hasta los que estaban en las diferentes mesas. Tenía la sensación de que todo eso giraba en torno a mí, de que estaba todo preparado, una déjà vu.
Me resbalé del taburete en el que estaba sentado y al caer al suelo vi como dos hombres intentaban levantarme. Cuando desperté me encontré en una habitación toda acolchada y los dos hombres intentaban ponerme una camisa de fuerza. Una enfermera de pelo negro insistía en que me  tranquilizase.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Tiempo de Soñar




Líbame cual mariposa coloreada
entre flores escondida,
la desazón que tengo,
la amargura que me acecha
la pena que me consume
y mi vida maltrecha...

Con tinta de besos,
con letras dibujadas con caricias
en los renglones de nuestro cuerpo
con nuestros dedos hambrientos
de roces, abrazos y alientos.

Nos aislamos tras parapetos de seda
entre lienzos y maderas nobles
de camas desechas al alba.
Una brisa fresca nos acaricia,
como la mano de nuestra madre
que despacio mecía nuestra cuna.
Un rayo de sol preñado de polvo,
me devuelve tu imagen más bella que ninguna.

Y me arrojas a una espiral de otoño,
seca como las flores de los geranios de patios andaluces.
Mis brazos se extienden a modo de parra que busca el sol,
para hallar tu cuerpo, y solo encuentro mis manos vacías
aferradas a una fantasía.
Agónica me levanto, me miro al espejo
y veo mi cuerpo maltrecho, desgarrado y desolado;
e inicio un nuevo ciclo de esperanza y de vida.

Dejando mis lágrimas
rodar por mi cara,
mis manos vacías,
mi alma "partía";
y recojo los mil pedazos
de mi vida,
los jirones de mi corazón,
en silencio me encojo
y lanzo un suspiro de dolor.

martes, 6 de noviembre de 2012

El desván




Las viejas escaleras de madera llenas de carcoma crujían bajo mis pies. Cada paso era treinta centímetros de ascensión hacia lo desconocido. Nunca me atreví a subir al desván y llevaba años queriéndolo hacer. Desde niño mi padre me amenazaba con encerrarme allí cuando me portaba mal, cuando las trastadas que le hacía a mi hermano menor rayaban la perversidad, pero, acudía en mi salvación mi madre y como mucho me castigaban sin salir a la calle una semana. Ese tiempo transcurría entretenido en el salón de casa con los libros del colegio, jugando al trompo y molestando a  mi hermano cada vez que se presentaba la ocasión y mis padres no estaban presentes, claro está.
Había oído mil historias sobre lo que había allí arriba, desde las más inmundas ratas que me comerían los pies hasta murciélagos que en las noches de luna llena se convertían en vampiros y por las ventanas rotas salían en busca de su indispensable dosis de sangre. Intrigas que mi imaginación avivaba y en las noches de tormenta me impedían dormir. El corazón me palpitaba cada vez con más fuerza, el miedo era una mano que me empujaba en las dos direcciones. Avanzaba un paso y retrocedía dos, pero mi curiosidad era mayor, tanta como para sacar fuerzas de donde no las tenía y llegar hasta el último escalón.
La llave estaba colgada en un clavo al lado derecho de la puerta. Una llave muy grande, de hierro y  cuyo  óxido se pegó a mis dedos y a toda la mano. Antes de meter la llave en la cerradura miré por ella y apenas pude ver nada, una sombra tapó el agujero en ese momento. Mi reacción fue marcharme, bajar de dos en dos las escaleras, pero el miedo de la niñez no podría acobardarme ahora. La cerradura crujió dos veces, una en cada vuelta, y tras un fuerte empujón la madera  cedió dando paso a una estancia oscura y  amplia llena de muebles viejos, unos tapados con sábanas y otros por una densa capa de polvo. Las arañas deambulaban en su paraíso solo mancillado por mi presencia; las palomas que había en uno de los rincones aleteaban y daban topetazos unas con otras  más asustadas que yo. Allí no había restos de ratas ni de murciélagos ni de ningún otro animal que tanto miedo  engendró en mi niñez. Lo único que  llamó mi atención fue  una maleta de cartón piedra de color marrón que descansaba encima de una mesa esperando a que alguien la abriera. Me fui hacia ella con paso decidido, le revisé concienzudamente, la levanté y la miré por debajo, por encima, por los costados, tenía algunos roces pero nada serio. Se veía que no había viajado mucho, tal vez mi padre no la usó  por miedo a que se le deformara con la lluvia, el siempre viajaba en invierno. Recuerdo que solía hacerlo con una de piel roja, con unas hebillas y con una cerradura cuya llave se colgaba del cuello cuando salía de casa.
Abrí la maleta, en ella había recortes  de periódico amarilleados por el tiempo, cintas de radiocasete, un cortaúñas, monedas de otros países y un espejo.  Me miré largo tiempo en él buscándome.  Detrás del espejo había una nota pegada con un trozo de esparadrapo marrón que decía “Pablo, no tengas miedo a lo desconocido, ten miedo de ti mismo”  firmado: Papá.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Obsesión





Mis manías me llevaron a la consulta del psicólogo desde que era niño. La última visita fue ayer mismo, una consulta rápida en la que me mostré tal y como soy. Los diarios de hoy retratan el óbito de un hombre,  apuntaban que encima de su mesa había restos de uñas que no pertenecían al difunto. Mi madre siempre decía que morderme las uñas no me traería nada bueno. 

jueves, 25 de octubre de 2012

El Prójimo




Apareció. Sus ademanes de caballero se esfumaron al quitarse los guantes, al quitar la capa asomó su vestimenta y al poner su sombrero de copa sobre la mesa, se mostró tal y como era.

domingo, 21 de octubre de 2012

Desde que te fuiste


Languidecen las flores desde que te fuiste,
Caen mustias sobre la tierra
Lloran tu ausencia a su manera.
Inmisericordes tus palabras en tu partida
Resuenan en mis oídos
Y martillean mi conciencia.
Languidecen las flores desde que te fuiste,
Su aroma disipado ya no me inunda
Los pájaros no cantan en mis mañanas.
El eco del agua atrona mis sentidos
Dejando atrás su cadencia
Ya no es hermoso su sonido.
Languidecen las flores desde que te fuiste,
Ya no es dulce el almíbar
Y  mis poros rezuman acíbar.
Acepto que tu camino seguiste.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Primer cumpleaños de mi blog.


Hoy no traigo ninguna historia, bueno sí, la historia de este blog. Hace hoy un año en el que decidí vencer mi timidez y mi miedo y creé estas páginas en las que vierto con cierta asiduidad -cuando el tiempo me deja, o creo que algo merece la pena ser compartido- lo que sale de lo más profundo de mi ser. Ha sido un año que ha pasado muy rápido, en el que me habéis venido a visitar muchos y me habéis dejado un "cachito" de cada uno en forma de comentario. Un año de interacción entre bloggers que ha sido muy interesante y fructífero para mí.  Gracias a este blog he conocido virtualmente a personas que de otro modo jamás lo hubiera hecho, con rincones llenos de verdadera literatura y verdaderos sentimientos; ventanas al mundo donde he encontrado aquello que me faltaba en un momento u otro.
Cuando subí el blog a la red, pensé que nadie lo leería y me he sorprendido gratamente al encontrar las múltiples visitas y los seguidores. Con vuestros comentarios me animáis a seguir en este mundillo en el que es difícil publicar algo en papel y gracias a los blogs podémos sentir el sueño de ser escritores o de al menos aparentarlo. Si un escritor escribe para que lo lean, yo veo colmado con este blog mis deseos.

Gracias a todos por venir hasta aquí y dejar vuestro comentario y si alguna vez alguien tiene que decir "no me gusta" que se sienta libre para hacerlo puesto que en este blog no hay censura.

Un abrazo grande,

Eva.

viernes, 12 de octubre de 2012

El Corral de Concejo

   Braulio cerró la ventana de su habitación de un golpe seco, estaba desvencijada, y a veces se atascaba. Hasta ese momento el olor que se percibía dentro de ella era a limpio, al fresco de las últimas noches de primavera y la brisilla que penetraba dentro de ella llevaba los aromas de azahar de los naranjos del patio y de un inmenso galán de noche. Afuera el croar de las ranas de la alberca grande era el único ruido que se podía percibir. En el silencio los cánticos amorosos de los batracios eran el coro de fondo con el que los vecinos se dormían cada noche.
   Se quitó la ropa y la dejó caer encima de una vieja silla de anea que junto a un catre y una cómoda era todo el mobiliario de la pequeña habitación donde dormía. Una foto de Emilia, su esposa, junto con un florero con una rosa eran todos los adornos que había en ese humilde cuarto.
   Después de mirar largamente la cara de ángel que tenía su mujer en aquella foto color sepia carcomida por la vida misma se metió en la cama, no sin antes acomodar la borra de la que estaba rellena el colchón. Se hizo un hueco en el centro donde se arrellanó placidamente.
   Para ese entonces el olor a alcohol mezclado con el de los animales que él cuidada a diario en El Corral de Concejo, inundaba ya toda la habitación haciéndola irrespirable para cualquier persona del común de los mortales. Las paredes encaladas y desconchadas, llenas de humedad por el techo, pedían a gritos una limpieza. Pero el pobre Braulio vivía solo. Su mujer hacía años que había fallecido y sus dos hijos marcharon a hacer las Américas. En el pueblo la única prosperidad que había pasaba por las manos del señor que más tierra tenía, el cuál se servía de eso y su caciquismo era total. Hasta el punto de llegar a exigir en prenda a la mujer de algún jornalero, si la moza estaba de buen ver, a cambio de unas peonadas en sus campos.
   La vida para Braulio desde que aceptó de manos del cacique, el puesto de guarda del Corral era cada día igual. Al primer canto de los gallos estaba levantado y tras lavarse la cara en una palangana y vestirse, se peinaba frente a un pequeño espejo enmohecido por los bordes y que apenas le dejaba ver su cara curtida por los años al sol del campo. Se afeitaba con una navaja y mientras se decía para sí mismo “Ay Braulio, que pocas mañanas te quedan ya… cualquier día de estos amaneces más tieso que el cordobán…” Cada arruga tenía un significado y cada marca un recuerdo especial, como la que le partía la ceja derecha de sus tiempos de milicia en la Guerra de África. En ella se tiró los siete años que duró su servicio militar.
   Después de un café de cebada con leche y sopas de pan se marchaba al Corral donde estaba todo el día al cuidado de los animales que allí estaban porque sus dueños no tenían espacio en la casa y de otros que se escapaban de las fincas y acababan perdiéndose y los llevaban allí puesto que ese sitio era un Corral comunal.
   Cada mañana sin falta pasaban por la calle en dirección al colegio un grupo de niños. Braulio se asomaba por un pequeño ventanuco y les sonreía mientras pensaba “Pobres niños, ¿qué tendrán que hacer esas manecitas para vivir cuando sean mayores?”. Los niños ufanos a todo iban cantando una cancioncilla:
              “Pasaron mil días en el calendario, y un día en  un yate llegó un millonario”.

   -¡Buenos días chiquillos! Cada día cantáis algo nuevo- les dijo sonriendo.
   -¡Buenos días Braulio! ¿Podemos asomarnos a ver a los animales?-le dijo Tomas el hijo de la lavandera.
   -Pero “tomasín” que vas a ir oliendo a cabras al colegio y la maestra doña Pura es muy tiquismiquis.
   -Anda Braulio, ¡Por favor, déjanos entrar!- insistió Tomás.
   Braulio que a pesar de parecer un hombre tosco y huraño, con los niños se le hacía el corazón añicos y les dejó entrar a todos: Tomás el primero, por supuesto; la pequeña Amalia y su primo José, el hijo del practicante del pueblo. La única que no entró fue Marta Pérez que se quedó en la puerta con cara de asco, y dándole tirones de la mano a una muchacha de unos dieciséis años, tan linda como tímida,  que según habían comentado en el pueblo, había venido de una pedanía cercana para ser dama de compañía de la niña que era hija única.
   -¡Vamos niños! Que me alborotáis el corral con lo tranquilo que está hoy. Además la señora doña Pura se va a enfadar con vosotros y de paso conmigo.
   Todos salieron corriendo, limpiándose los unos a los otros las telarañas del corral y entre sonrisas y gritos Braulio vio como trasponían la calle y él se metió de nuevo. Dentro de él sabía como iría el día y como acabaría, lo mismo de siempre: el trabajo, esperar carta de los hijos, y al atardecer ir a matar su soledad con unos tragos de aguardiente a la taberna del Tirso.