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martes, 19 de mayo de 2015

Si tuviese alas como Ícaro


Vuelta atrás, al inicio del blog casi. Esta entrada es de las primeras que hice en mi aventura bloguera. Si tuviera que escribirla ahora la redactaría de otra forma. Con los años creo que he aprendido a escribir de otra manera. La publiqué la primera vez el 31/10/11.
El siguiente relato  fue merecedor de un tercer puesto en el I Certamen de Relato corto Memorial "Conrada Muñoz" del año 2010.


La mañana del sábado había amanecido fresca y Agustín Torres, seminarista en su último año, había decidido que ese fin de semana no iría a visitar a sus padres al pueblo. Quería ir a la prisión y estar al lado de quiénes necesitaban apoyo espiritual o de los que no tenían visitas de familiares. Casi siempre había ido a los hospitales, comedores sociales, residencias de ancianos, centros de rehabilitación para drogodependientes a llevar la palabra de Dios; un poco de compañía y cariño a quiénes lo necesitaban. A veces el dar cariño a una persona es el mejor de los regalos. Ratos de conversación para aquellos que están excluidos, gentes que porque estamos acostumbrados a ver en la calle como parte del mobiliario urbano ya no miramos; pero nunca  había entrado a un Centro Penitenciario.
El capellán del la prisión le había incluido en la lista que pasaba al Director para que autorizasen su entrada, y en concreto le había hablado de Pedro Salgado, un hombre cercano a los cuarenta y cuyo destino era de cabo de limpieza en el modulo seis.
Agustín después de desayunar con todos los que como él se habían quedado en el  seminario, se preparó meticulosamente su mochila donde llevaba su Biblia y sus objetos personales. Se volvió a peinar frente a un espejo que le devolvía una imagen temblorosa y ajada por sus años, y tras poner cada pelo en su sitio, salió directo al garaje donde aparcaba su coche. Tenía las manos sudorosas a pesar de que no hacía calor, arrancó el vehículo y se dirigió hacía la calle.
El trayecto se le hizo corto, eran las diez de la mañana,  aparcó en la entrada del Centro y se fue directo a los Accesos, donde le entregó al funcionario que prestaba su servicio en ese momento su documentación y éste le dio una tarjeta que colgó de la solapa de su chaqueta. Tras pasar la puerta giratoria y volver a ser identificado, se le retuvo su DNI.
Y  le dieron paso al modulo que iba a visitar. El funcionario de ese módulo le indicó que  el interno, Pedro Martínez, estaba en la Sala de día, y le señalo con el dedo a un hombre de aspecto taciturno que se hallaba sentado en una silla leyendo un libro y de vez en cuando levantaba los ojos sin mirar a ningún lado en concreto.
Agustín se dirigió hacia él con su Biblia en la mano,  con paso firme y decidido se sentó sin decir nada. Ambos hombres se miraron fijamente a los ojos y sus bocas no sabían qué palabras pronunciar.
-¡Hola! ¿Te importa que me siente aquí?-balbució Agustín.
-No padre, no se preocupe, no me importa puede usted sentarse donde quiera.
-No soy sacerdote todavía, me puedes llamar Agustín. He venido a verte expresamente a ti, el capellán del Centro me ha dicho que no tienes muchas visitas.
-Así es…no le ha mentido-contestó desafiante mientras cerraba el libro lentamente.
-¿Puedo preguntarte por qué estás aquí?-dijo Agustín, aún a sabiendas que estaba por una condena de tráfico de drogas.
-Sí, por traficar. Aunque no lo soy, me lo ofrecieron y como no tengo nada que perder…lo hice- respondió altivo.
-¿Esa chica del tatuaje es tu esposa?
-No, mi hermana Paula- dijo mirando al techo.
-Uno no se tatúa a su hermana, mucho la tienes que querer.
-No lo sabe usted bien.
Agustín sacó un paquete de tabaco de su mochila y le ofreció un cigarrillo a Pedro, que este cogió sin rechistar, ambos hombres exhalaban bocanadas de humo que ascendía y se extendía por toda la habitación mezclándose con los humos de los otros internos, que jugaban al dominó o veían la televisión.
-Me ha llamado la atención eso que has dicho de “no tenía nada que perder” ¿por qué?-dijo Agustín mirándole de nuevo a los ojos.
-Muy fácil, llevo años en la calle, por eso…simplemente. ¿Quiere que le cuente un poco de mi?
-Sí por favor, habla que te escucho- le dijo el seminarista poniendo una sonrisa que le invitaba a la complicidad, para que Pedro se sintiera relajado.
-Cada día pasaban a la misma hora, por delante de la iglesia de la calle San Antón. Entre el barullo de la gente eran dos desconocidos más para mi, dos peatones más. Ella siempre de la misma forma: con la misma gabardina color marrón intemporal, las mismas botas altas, de tacón bajo y grueso. Las manos metidas en los bolsillos. Sostenía el bolso en una de sus muñecas, porque parecía que se le escurría de los hombros. Su cara pálida, con una expresión en el rostro de ambigüedad, y su caminar casi etéreo, como si de un ánima se tratase. Le asomaba la falda, por debajo de la gabardina, también marrón. Su pelo, rubio y largo, aunque  un poco descuidado para ser una mujer aún joven. Sus ojos de un azul intenso, como el mar, que cuando me miraban  me hacían sentir un escalofrío, cómo si ella supiera en qué estaba yo pensando. Una mujer muy alta y enjuta, pero que sin embargo llamaba mi atención sin yo darme cuenta.


El es moreno un hombre de aspecto normal, iba con un periódico bajo el brazo y de unos cincuenta años. Uno más, de los muchos que pasan al cabo del día.
Ella iba en dirección a Recogidas y él, San Antón abajo, pero cada mañana a la misma hora, a eso de las nueve y media, se cruzaban en la misma acera en la que estaba yo sentado. Donde esperaba que alguno de los transeúntes dejara algo en mi caja de cartón, o que alguna de las feligresas de la iglesia, se apiadara de mi indigencia, y dejara caer los céntimos que les sobraban, con los que comprar algo para llevarme yo a la boca, y por qué no decirlo, para algún cartón de vino barato, pero que alivia igual que los otros la sordidez de mi vida.
Nunca se  miraban, ella se ponía a ojear el bolso buscando algo y él parecía interesarse en su periódico, y cuando había una distancia entre ellos suficiente, levantaban súbitamente las cabezas de sus quehaceres improvisados para volver de nuevo a la calle.
Un día frío del mes de Diciembre, de esos que en Granada te calan hasta los huesos y se te hiela el aliento; yo  estaba en el mismo sitio de siempre, pero un poco más hablador que de costumbre. En vez de estar en mi cartón en el suelo, porque era imposible estar quieto del frío,  me encontraba dando pasos de un lado a otro delante de la puerta de la iglesia convento.
-Niña, ¿tienes una “limosnica” para este pobre? Abuela, déme usted algo. ¡Señora, algo suelto tiene, seguro…!
Andaba y parloteaba a la vez en la mitad de la acera, para no congelarme por las temperaturas tan bajas. Ese día los dos fueron a echar unas monedas a mi mano a la vez, ella levantó la vista y al verlo dijo con una voz seca y quebrada:
-¡Hola Paco! ¿Cómo estás?
-Bien, ¿y tu?- dijo él.
Sus voces, temblorosas se aquietaban en sus gargantas, y se helaban sus miradas y no por el frío de la escarcha de la mañana. Ella quitó su mano y la escondió rápidamente en el bolsillo de su gabardina como si quisiera protegerse.
-¿Todos bien?- balbuceó ella.
-Si –contestó el hombre, con la mirada fija en el escaparate de la floristería de enfrente.
Yo, en medio de los dos sin saber qué hacer ni qué decir, para romper ese hielo esa indiferencia; ¡ojalá hubiera tenido alas como Ícaro! y solo acerté a decir:
-Maestro, hace frío con ganas hoy, si señor, mucho- y como si de un encanto se tratase  diluyó  aquella tensión y cada uno tiró para su lado de la calle y yo respiré tranquilo.
Todos los días eran iguales. Se acercaba la Navidad y todas las calles del centro lucían espléndidas, llenas de pascueros, amarillos, rojos, luces de colores colgaban de entre los balcones de los edificios. Era martes, lo recuerdo con claridad, porque era festivo  y había misa de diez, ese día ella venía desde lejos buscándolo con la mirada entre los viandantes; hasta que lo encontró, cuando estaba a unos pasos de mí, y pude oír la conversación.
-Paco, buenos días, ¿cómo estás?
-Bien- dijo él en tono áspero.
- No crees que ya es hora de que dejemos atrás el pasado, nuestras diferencias- dijo ella- Mamá nos necesita a todos.
-La verdad, sí…son ya muchos años, pero hay mucho rencor…-contestó, sin apartar la mirada del suelo, titubeante.
El asintió con la mirada y siguió su camino sin decir ni una palabra.
Siempre pensé que habían sido pareja por esa forma de  mirarse de reojo sin que el otro se diese cuenta. En ese momento me puse a llorar, pero nadie se fija en un vagabundo que llora. Me senté en el suelo, justo en el tranco del pórtico de la Iglesia y tapé  mis lágrimas con mis manos enrojecidas por el frío.
-¿Se preguntará usted por qué?-hizo una pausa en la que se encendió un cigarro-¿por qué yo que minutos antes estaba bien, al ver a esos dos extraños de los que no sabía nada; lloré por lo que les escuché decir?-El interno hizo una pausa, esperando una respuesta.
El seminarista lo miró con cara expectante, y con las manos le indicó que siguiese hablando. El pobre no podía articular palabra, ¿qué tendría qué ver esa rocambolesca historia?
-Me acordé de Paula, mi única hermana y amiga. Murió por mi culpa, yo debí conducir esa noche, ella había bebido demasiado. Festejábamos que habíamos acabado la carrera de Matemáticas. Se saltó un semáforo y lo demás se lo puede imaginar…
Mis padres, en vez de apoyarse en mí me culparon de todo,  de que yo la incitaba a cosas que no debía y en su locura mi padre un día me echó de casa. La calle no es buena, se engancha uno a muchas cosas…-las lágrimas rodaban por su cara- nunca he vuelto a saber de ellos, ni siquiera sé si viven.
Agustín también secó sus lágrimas, encendió otro cigarrillo. No sabía si hablar o callarse. El sabía lo que eran las drogas, alguien lo cogió a tiempo, confió en él y lo rehabilitó, y por eso ahora Agustín quería  estar al lado de los necesitados.
Fin.

martes, 28 de abril de 2015

Oprobio


Le miraba una y otra vez. No podía dejar de observar sus labios, se abrían y cerraban pronunciando toda una sarta de palabras. Apenas podía entender todo lo que me decía. Sus ojos, hieráticos, se clavaban en los míos. Por más que quería no encontraba ni siquiera un atisbo de lo que antes nos había unido. Maté el tiempo, y ella agonizó en mis manos.

jueves, 12 de marzo de 2015

Madurez



Desperté en el crepúsculo
Deshojando margaritas.
Y mis manos ya no eran mías,
Y mi mirada,
Vacía.
Perdida en el infinito de los años,
De los campos llenos de flores,
Que ante la incipiente primavera
Bellas lucían.
Y miré mi rostro
En el arroyo silente.
Y sentí mi cuerpo,
Que ya no me pertenecía.
Y vi que el tiempo
Se alejaba y desvanecía.
Y palpé el silencio,
Y sentí la vida.
Y olí el perfume
De tu flor viva.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Mi Caperucita Roja



Me despierto cada mañana con el ruido de los pajaritos  y salgo de mi madriguera para enfrentarme a un nuevo día. Estiro lentamente mis patas delanteras, mis patas traseras, muevo mi cola con gracia y agilidad mientras sé que algunas de las ardillas que viven en el majestuoso árbol que hay junto a la entrada de mi casa, me observan burlonas.
Mi olfato y mi astucia es lo que me ha ayudado a salir de más de uno de los problemas en los que me he metido, y es que para un lobo, a veces sobrevivir no es fácil… Algunos ya sabéis que tenemos fama de ser los malos del cuento siempre. Pero no siempre lo que parece real lo es.

Es la hora de mi desayuno, y aunque he probado a comer bayas del bosque, manzanas, peras, nueces… no me sientan nada bien y mi estomago se muere por un trocito de carne tierna y jugosa. Puedo escuchar lo que dicen los conejos, que ajenos a mí saltan sobre la hojarasca mientras corretean por el bosque. Me abalanzo sobre el más grande, un conejo marrón que emite un chillido débil aunque lo suficientemente sonoro como para advertir de mi presencia a los demás conejitos que huyen.

No puedo más que decir que ha sido un bocado dulce, tierno y exquisito. Sus huesos sonaban al ir partiéndose en mi boca como un chasquido sublime para mis oídos. Es hora de disfrutar de una pequeña siesta, después de todo, hoy no tengo demasiado entretenimiento aquí en el bosque.

Mira,  por ahí viene la niña esa que pasa cada día con su chaqueta roja. La niña a la que todos los animales del bosque  llaman Caperucita Roja. Una niña arrogante e insidiosa que se pasea cada mañana con la cestita de dulces para su abuela.

¿Y si me como a la niña? Lo mismo me indigesto, mejor que no, que luego uno coge fama y ya no se la quita nadie.

Ya coge una florecita de aquí, ya la coge de allí. La he visto coger renacuajos en la charca, y luego los deja fuera del agua para que se mueran…

 Por más lobo que sea todavía no lo entiendo, ¿cómo se le ocurre a sus padres mandar a una niñita al bosque a ver a su abuela?, y es que, no sé si son mis años o el tiempo que he estado encerrado, pero, no es normal... y, ¿cómo puede estar una pobre viejecita viviendo sola en una zona tan aislada en el bosque? La pobre abuelita, con su pelito gris perlado, siempre espera a la niña cada mañana.

Hoy no le voy a decir nada a la tonta esa de Caperucita Roja. Se va a quedar con las ganas, a mí qué me importa adónde va, ni qué lleva en la cesta. Si total, aquí la única humana que vive, es su tierna abuelita.



martes, 17 de febrero de 2015

Lujuria




Me desciendes hasta mis infiernos con tus ojos.
Y, en el anhelo eterno, espero.
El abrazo roto que no me das,
La palabra dulce que no pronuncias.
Y me pierdo en tu sonrisa,
Que burlona me incita,
A recorrer tu cuerpo,
Con mis ojos, porque con mis manos no puedo.
Y el silencio se instala como un muro nuevo.
En el que chocan nuestras palabras,
Nuestras miradas y nuestros deseos.

domingo, 25 de enero de 2015

Despedida




Y, ahora, ya no queda nada más que el silencio.
El silencio sonoro de un adiós prolongado.
La palabra que en la garganta se ahoga sin ser pronunciada,
Y que se enquista en el alma.
Porque ya no nos queda, ni hoy, ni ayer, ni mañana.
El agua erosiona la roca y en ella la paz halla.
Y, ahora, ya no llores, ni murmures, sólo calla.

lunes, 19 de enero de 2015

Eternidad


Desde el otro lado te dicen que sólo tienes dos minutos. Piensas que tienes tiempo más que suficiente para todo. Llamas a tu mejor amigo y le dices que emprenderás un largo viaje. Marcas el número de tu ex y le dices que fue lo peor que te pasó en la vida y que la dejaste porque lo único que tenía lleno era su armario. Sientes como el frío del acero acaricia el cielo de tu boca y  un escalofrío se va expandiendo por el resto de tu cuerpo. Disparas y, ya sólo sientes el silencio.

viernes, 17 de octubre de 2014

Oscuridad




Giró la cabeza hacia atrás para mirarla por última vez. Su paso se detuvo frente al viejo banco desconchado que había a un lado de la calle. Ella caminaba flotando por encima del asfalto; un parpadeo, una sonrisa tímida y su vaivén de caderas fue lo último que pudo ver. Ahora pasa las horas muertas imaginando el color de sus ojos, de sus labios, de su pelo, mientras busca la luz que la vida le quitó.






jueves, 18 de septiembre de 2014

Resarcimiento




 Pudo ser una mañana igual al resto de las otras de no haber sido por ella. La calle silenciosa se vestía con el ruido procedente de las casas y los vecinos empezábamos nuestros  quehaceres casi al alba; ruidos de cazos y vasos de cristal que junto a ese olor a pan tostado y café recién hecho  inundaba mis sentidos abriéndolos a un nuevo día.  Poco a poco se deshacían las heladas en los tejados, las gotas de agua caían cadenciosamente al suelo como recuerdo de una noche fría y lluviosa  formando charcos en los que los niños se metían y sus madres les chillaban. El sol se abría paso entre las nubes y acariciaba su cara, ella se mesaba el cabello mientras se sentaba en el banco de piedra que había junto a la tapia del molino. Un muro de piedra y tierra  que dejaba entrever el patio  interior de la vieja almazara  por los boquetes que se le habían ido haciendo  con el paso de  los años. Ahora su interior  no era más que una gran superficie llena de máquinas desvencijadas y enmohecidas y en donde años atrás se almacenaba las aceitunas, ahora crecían la maleza y los  zarzales cubriéndolo  todo.
 Llevaba tiempo sin verla, a decir verdad más de diez años, y, apenas había cambiado. Seguía teniendo la misma cara, los ojos saltones y las facciones grandes; pero ese  aire de niña vieja delataba su edad. Su pequeña estatura  habría sido suficiente para ser el centro de las bromas de los demás y para que  despectivamente le llamasen enana, porque eso era, una persona pequeña; demasiado pequeña y con las manos gordas y esos  dedos cortos como sus piernas, que colgaban lacias y sin gracia ninguna de su cuerpo y parecían dibujadas sobre la piedra.
Yo la observaba a escondidas, en silencio. Apenas nos separaba la calle y sin embargo, ella no podía verme; ni siquiera intuirme, ni a mí ni a nadie. Las persianas, aún bajadas, servían de parapeto para quienes nos ocultábamos ante las miradas de los viandantes que poco a poco iban llenando la calle.  Ella  ajena a todo y a todos, en lo suyo, miraba su móvil y con sus pequeñas manos grotescas, ávida, hacía pasar las pantallas y ese sonido característico llegaba hasta mis oídos con toda claridad como la música machacona que hizo sonar en el aparato. Dos copleras que  cantaban  a voz en cuello “que no hay en la vida nada más importante que el beso de una madre”. Me reí para mis adentros solo de pensarlo.
Ella, en silencio, escuchaba la canción y miraba  su teléfono, a un extremo y a otro de la calle. Sus dedos tamborileaban el móvil y con  desgano sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo trasero de su pantalón. Lo giró  y con un golpe seco hizo que saliera uno de interior. Lo cogió y lo llevó a su boca. Siguió buscando en sus bolsillos algo con lo que encenderlo.  El humo del tabaco llegó hasta mí y tuve que hacer un esfuerzo para contener la arcada que me produjo. Nunca pude fumar hasta después de las doce de la mañana y el solo hecho de olfatearlo me daba asco. Buscaba a alguien o esperaba algo. Sus ojos destilaban el perfume ácido del recuerdo agrio y, tras restregarlos varias veces con el dorso de su mano, se quedó mirando como las bocanadas del humo que aspiraba sutilmente se deshacían y se perdían  izándose y enredándose en su pelo.
Aún era Navidad y del balcón de mi casa colgaba una de esas imágenes del Niño Jesús. Ella, de vez en cuando, depositaba sus ojos en el Niño y lo miraba en actitud desafiante. Como si alguien o algo tuviera la culpa de todo aquello que sentía en ese momento. Como si esa imagen fuera la directora de todos los destinos posibles que nos acechan a  las personas; como si esperase que saliera alguien de la casa, tal vez me esperaba a mí o a quién sabe.


Aquella noche fue diferente a las demás, salimos como cada viernes. Todos nos esperaban en el bar de siempre y entre risas y bromas pasábamos  el rato.
—Me acompañas al baño— me dijo con una voz casi inaudible.
—¿Qué?
—Que me acompañes, tengo algo que decirte.
—Vamos— le dije mientras con mi mano le indicaba que ella fuese primero y que yo la seguiría. Entramos y cerramos la puerta.
—Estoy embarazada. Lo tengo que abortar.
Así sin más me lo espetó, y por más que le pedí que me dijera quién era el padre solo el silencio salió por su boca.
—¿Pero como ha pasado, es alguien del grupo? Tu padre te va a matar, cómo has estado? No me lo puedo creer Pamela, no pusisteis medios, de cuánto estás?
—Me enteré hace una semana.
—¿El padre lo sabe? Se hará cargo de ti, y de todo, ¿verdad?
—No. No quiere saber nada de niños, me ha dicho que si esto se sabe su vida social se vería afectada.
—¿Su vida social? ¿Qué vida social? ¿Acaso no lo pensó antes de hacerlo? Menudo sin vergüenza estará hecho. Dime quién es, somos amigas de toda la vida. Yo hablaré con él.  A ese tiparraco hay que cantarle las cuarenta—Mi furia crecía por momentos, cómo podían haberle hecho algo así a mi pobre Pamela, si era una niña en grande, inocente y dulce.
—No, mejor no. Me engañó, me dejé llevar y fíjate las consecuencias. Decía que estaríamos juntos, que lo nuestro era una historia de amor verdadero y yo como tonta me lo creí. Nadie se enamora de nadie como yo. Solo me utilizó para llevar a cabo sus fantasías…
—No digas eso Pamela, no es verdad, tú eres una buena persona, pequeña, pero grande por dentro. Ese canalla te ha utilizado y ahora si te he visto no me acuerdo. Anda, vámonos a tu casa, te acompaño. Si necesitas mi ayuda para decírselo a tus padres… Tal vez mis padres puedan echarte una mano con todo esto, ya sabes lo mucho que te quieren. Les pediré que hablen con los tuyos y entre todos lo solucionaremos.  No eres la primera ni la última a la que le pasa esto Pam
—Vamos, ya me las apañaré yo con ellos. Pero esto no se lo cuentes a nadie. Y a tus padres mucho menos. Prométemelo.
Nos marchamos del bar y aquella noche no pude dormir. Ni las siguientes tampoco, no sé si ella lo pudo hacer. Una semana después fui a buscarla a su casa y sus padres me dijeron que se había marchado, que tardaría en volver si es que lo hacía alguna vez.  Los rumores empezaron a correr de unos a otros y se hacían cábalas sobre quién era el padre.


El movimiento de sus ojos me embelesaba, sentía una sensación extraña que me envolvía y me paralizaba nublando mi entendimiento. Por un lado tenía frente a mí a mi amiga, con la que compartí tantos juegos desde niña, y por otro la veía como a una extraña. Las últimas lluvias socavaron los cimientos de la tapia del viejo molino, tenía desprendido una parte y el resto apena se mantenía en pie.  No puede o no quise, aún me lo pregunto con el paso de los años,  alertarla cuando la tapia se derrumbó sobre ella. Bajé las escaleras a toda prisa y salí a la calle, pero, cuando logré llegar hasta donde ella estaba su cuerpo estaba cubierto por un amasijo informe de piedras y barro. Sus manos quedaron fuera y sus dedos regordetes se enrollaban unos sobre otros. A gritos llamé a los vecinos que acudieron en poco tiempo. Despejamos todo lo que la tapaba. Un hilillo de sangre salía de su boca y  el color cianótico de sus labios me produjo una paz inusual y que con el paso de los años no consigo olvidar. Al fin quedaba vengada la separación de mis padres, y el vacío que me corroía por  no haber conocido a mi único hermano.

jueves, 10 de julio de 2014

Tu Nombre





De mis manos yermas nació un poema y tu nombre fue su título.
Entibiados los suspiros, y los besos, secretos.
Niveo el cielo que el sol adorna,
Y son tus brazos cuna que mece mi cuerpo.
Tu mirada lasciva enciende los cuerpos,
dos brasas que arden a un tiempo.
Tiempo que se detiene, que enmudece,
que se eternece en un cálido arrullo.
La luna se asoma sultana, dueña y señora en la blanca cama.
Y son  ahora las sábanas vacías, testigos que callan.
Mudas las paredes, muda la estancia, como muda es la vida que sin ti se pasa.