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Tranquility

jueves, 12 de julio de 2012

Insomnio





Todos duermen y yo, intranquilo, me levanto y voy hacia la cocina. Todo sigue en el mismo lugar que hace media hora, nada ha cambiado, la ventana entreabierta deja pasar la luz de la calle. El último vaso de leche reposa sobre el fregadero junto a los otros tres.
Sí es el cuarto vaso de leche que me he tomado, con su azúcar y un poco de ese café descafeinado de oferta del supermercado que compra mi mujer. Debería dejar de tomar tanta leche, no me sienta bien y el médico me ha dicho que no tolero la lactosa, ¿qué sabrá ese? Toda mi vida la he tomado y me ha sentado bien, desde niño con pan y sin pan, con azúcar y sin ella, con hambre y sin hambre. Lo que no me sienta bien es esta maldita vida que llevo siempre trabajando, no he tenido un solo día de descanso hasta ahora, y claro, a mis años ¿qué voy a hacer ya? “No eres necesario, vamos a prescindir de ti, es hora de viajar” Cincuenta malditos años de mi vida en el mismo sitio partiéndome el lomo por sacar la fábrica hacia delante. El nuevo director ha llegado con fuerza, es duro que te despidan, y, mucho más cuando es tu propio hijo.

jueves, 5 de julio de 2012

Si tuviese alas como Ícaro





El siguiente relato  fue merecedor de un tercer puesto en el I Certamen de Relato corto Memorial "Conrada Muñoz" del año 2010.


La mañana del sábado había amanecido fresca y Agustín Torres, seminarista en su último año, había decidido que ese fin de semana no iría a visitar a sus padres al pueblo. Quería ir a la prisión y estar al lado de quiénes necesitaban apoyo espiritual o de los que no tenían visitas de familiares. Casi siempre había ido a los hospitales, comedores sociales, residencias de ancianos, centros de rehabilitación para drogodependientes a llevar la palabra de Dios; un poco de compañía y cariño a quiénes lo necesitaban. A veces el dar cariño a una persona es el mejor de los regalos. Ratos de conversación para aquellos que están excluidos, gentes que porque estamos acostumbrados a ver en la calle como parte del mobiliario urbano ya no miramos; pero nunca  había entrado a un Centro Penitenciario.
El capellán del la prisión le había incluido en la lista que pasaba al Director para que autorizasen su entrada, y en concreto le había hablado de Pedro Salgado, un hombre cercano a los cuarenta y cuyo destino era de cabo de limpieza en el modulo seis.
Agustín después de desayunar con todos los que como él se habían quedado en el  seminario, se preparó meticulosamente su mochila donde llevaba su Biblia y sus objetos personales. Se volvió a peinar frente a un espejo que le devolvía una imagen temblorosa y ajada por sus años, y tras poner cada pelo en su sitio, salió directo al garaje donde aparcaba su coche. Tenía las manos sudorosas a pesar de que no hacía calor, arrancó el vehículo y se dirigió hacía la calle.
El trayecto se le hizo corto, eran las diez de la mañana,  aparcó en la entrada del Centro y se fue directo a los Accesos, donde le entregó al funcionario que prestaba su servicio en ese momento su documentación y éste le dio una tarjeta que colgó de la solapa de su chaqueta. Tras pasar la puerta giratoria y volver a ser identificado, se le retuvo su DNI.
Y  le dieron paso al modulo que iba a visitar. El funcionario de ese módulo le indicó que  el interno, Pedro Martínez, estaba en la Sala de día, y le señalo con el dedo a un hombre de aspecto taciturno que se hallaba sentado en una silla leyendo un libro y de vez en cuando levantaba los ojos sin mirar a ningún lado en concreto.
Agustín se dirigió hacia él con su Biblia en la mano,  con paso firme y decidido se sentó sin decir nada. Ambos hombres se miraron fijamente a los ojos y sus bocas no sabían qué palabras pronunciar.
-¡Hola! ¿Te importa que me siente aquí?-balbució Agustín.
-No padre, no se preocupe, no me importa puede usted sentarse donde quiera.
-No soy sacerdote todavía, me puedes llamar Agustín. He venido a verte expresamente a ti, el capellán del Centro me ha dicho que no tienes muchas visitas.
-Así es…no le ha mentido-contestó desafiante mientras cerraba el libro lentamente.
-¿Puedo preguntarte por qué estás aquí?-dijo Agustín, aún a sabiendas que estaba por una condena de tráfico de drogas.
-Sí, por traficar. Aunque no lo soy, me lo ofrecieron y como no tengo nada que perder…lo hice- respondió altivo.
-¿Esa chica del tatuaje es tu esposa?
-No, mi hermana Paula- dijo mirando al techo.
-Uno no se tatúa a su hermana, mucho la tienes que querer.
-No lo sabe usted bien.
Agustín sacó un paquete de tabaco de su mochila y le ofreció un cigarrillo a Pedro, que este cogió sin rechistar, ambos hombres exhalaban bocanadas de humo que ascendía y se extendía por toda la habitación mezclándose con los humos de los otros internos, que jugaban al dominó o veían la televisión.
-Me ha llamado la atención eso que has dicho de “no tenía nada que perder” ¿por qué?-dijo Agustín mirándole de nuevo a los ojos.
-Muy fácil, llevo años en la calle, por eso…simplemente. ¿Quiere que le cuente un poco de mi?
-Sí por favor, habla que te escucho- le dijo el seminarista poniendo una sonrisa que le invitaba a la complicidad, para que Pedro se sintiera relajado.
-Cada día pasaban a la misma hora, por delante de la iglesia de la calle San Antón. Entre el barullo de la gente eran dos desconocidos más para mi, dos peatones más. Ella siempre de la misma forma: con la misma gabardina color marrón intemporal, las mismas botas altas, de tacón bajo y grueso. Las manos metidas en los bolsillos. Sostenía el bolso en una de sus muñecas, porque parecía que se le escurría de los hombros. Su cara pálida, con una expresión en el rostro de ambigüedad, y su caminar casi etéreo, como si de un ánima se tratase. Le asomaba la falda, por debajo de la gabardina, también marrón. Su pelo, rubio y largo, aunque  un poco descuidado para ser una mujer aún joven. Sus ojos de un azul intenso, como el mar, que cuando me miraban  me hacían sentir un escalofrío, cómo si ella supiera en qué estaba yo pensando. Una mujer muy alta y enjuta, pero que sin embargo llamaba mi atención sin yo darme cuenta.


El es moreno un hombre de aspecto normal, iba con un periódico bajo el brazo y de unos cincuenta años. Uno más, de los muchos que pasan al cabo del día.
Ella iba en dirección a Recogidas y él, San Antón abajo, pero cada mañana a la misma hora, a eso de las nueve y media, se cruzaban en la misma acera en la que estaba yo sentado. Donde esperaba que alguno de los transeúntes dejara algo en mi caja de cartón, o que alguna de las feligresas de la iglesia, se apiadara de mi indigencia, y dejara caer los céntimos que les sobraban, con los que comprar algo para llevarme yo a la boca, y por qué no decirlo, para algún cartón de vino barato, pero que alivia igual que los otros la sordidez de mi vida.
Nunca se  miraban, ella se ponía a ojear el bolso buscando algo y él parecía interesarse en su periódico, y cuando había una distancia entre ellos suficiente, levantaban súbitamente las cabezas de sus quehaceres improvisados para volver de nuevo a la calle.
Un día frío del mes de Diciembre, de esos que en Granada te calan hasta los huesos y se te hiela el aliento; yo  estaba en el mismo sitio de siempre, pero un poco más hablador que de costumbre. En vez de estar en mi cartón en el suelo, porque era imposible estar quieto del frío,  me encontraba dando pasos de un lado a otro delante de la puerta de la iglesia convento.
-Niña, ¿tienes una “limosnica” para este pobre? Abuela, déme usted algo. ¡Señora, algo suelto tiene, seguro…!
Andaba y parloteaba a la vez en la mitad de la acera, para no congelarme por las temperaturas tan bajas. Ese día los dos fueron a echar unas monedas a mi mano a la vez, ella levantó la vista y al verlo dijo con una voz seca y quebrada:
-¡Hola Paco! ¿Cómo estás?
-Bien, ¿y tu?- dijo él.
Sus voces, temblorosas se aquietaban en sus gargantas, y se helaban sus miradas y no por el frío de la escarcha de la mañana. Ella quitó su mano y la escondió rápidamente en el bolsillo de su gabardina como si quisiera protegerse.
-¿Todos bien?- balbuceó ella.
-Si –contestó el hombre, con la mirada fija en el escaparate de la floristería de enfrente.
Yo, en medio de los dos sin saber qué hacer ni qué decir, para romper ese hielo esa indiferencia; ¡ojalá hubiera tenido alas como Ícaro! y solo acerté a decir:
-Maestro, hace frío con ganas hoy, si señor, mucho- y como si de un encanto se tratase  diluyó  aquella tensión y cada uno tiró para su lado de la calle y yo respiré tranquilo.
Todos los días eran iguales. Se acercaba la Navidad y todas las calles del centro lucían espléndidas, llenas de pascueros, amarillos, rojos, luces de colores colgaban de entre los balcones de los edificios. Era martes, lo recuerdo con claridad, porque era festivo  y había misa de diez, ese día ella venía desde lejos buscándolo con la mirada entre los viandantes; hasta que lo encontró, cuando estaba a unos pasos de mí, y pude oír la conversación.
-Paco, buenos días, ¿cómo estás?
-Bien- dijo él en tono áspero.
- No crees que ya es hora de que dejemos atrás el pasado, nuestras diferencias- dijo ella- Mamá nos necesita a todos.
-La verdad, sí…son ya muchos años, pero hay mucho rencor…-contestó, sin apartar la mirada del suelo, titubeante.
El asintió con la mirada y siguió su camino sin decir ni una palabra.
Siempre pensé que habían sido pareja por esa forma de  mirarse de reojo sin que el otro se diese cuenta. En ese momento me puse a llorar, pero nadie se fija en un vagabundo que llora. Me senté en el suelo, justo en el tranco del pórtico de la Iglesia y tapé  mis lágrimas con mis manos enrojecidas por el frío.
-¿Se preguntará usted por qué?-hizo una pausa en la que se encendió un cigarro-¿por qué yo que minutos antes estaba bien, al ver a esos dos extraños de los que no sabía nada; lloré por lo que les escuché decir?-El interno hizo una pausa, esperando una respuesta.
El seminarista lo miró con cara expectante, y con las manos le indicó que siguiese hablando. El pobre no podía articular palabra, ¿qué tendría qué ver esa rocambolesca historia?
-Me acordé de Paula, mi única hermana y amiga. Murió por mi culpa, yo debí conducir esa noche, ella había bebido demasiado. Festejábamos que habíamos acabado la carrera de Matemáticas. Se saltó un semáforo y lo demás se lo puede imaginar…
Mis padres, en vez de apoyarse en mí me culparon de todo,  de que yo la incitaba a cosas que no debía y en su locura mi padre un día me echó de casa. La calle no es buena, se engancha uno a muchas cosas…-las lágrimas rodaban por su cara- nunca he vuelto a saber de ellos, ni siquiera sé si viven.
Agustín también secó sus lágrimas, encendió otro cigarrillo. No sabía si hablar o callarse. El sabía lo que eran las drogas, alguien lo cogió a tiempo, confió en él y lo rehabilitó, y por eso ahora Agustín quería  estar al lado de los necesitados.

jueves, 14 de junio de 2012




Hola amigos,
el motivo de esta entrada es para ver si hay alguien entre todos los que me visitáis que me pueda ayudar con un problema que tengo con el blog. Os cuento:

Llevo varias semanas sin hacer las visitas a otros blogs que normalmente hago, y el mío ha estado descuidado por falta de creatividad. Incluso me he planteado no subir nada más  y abandonarlo. Además he tenido que hacer cambios en casa y eso me ha tenido bastante más entretenida de lo que yo hubiera deseado. Pues bien, que me voy por los cerros de Úbeda, no puedo ver las actualizaciones de todos los blogs que sigo. Cuando estoy en la página de escritorio y le doy a mi lista de blogs se pone la pantalla en blanco y sale un recuadro con un código. Por más que lo quito vuelve a salir, y aunque no tengo mucha idea he intentado mirar qué es lo que pasa pero no doy con lo que es. Por eso, si a alguno de vosotros os ha pasado y lo habéis solucionado, me gustaría que me Ayudéis. 

Bueno, pues daos las gracias de antemano y deciros que aunque no suelo contestar a los comentarios que me hacéis, me dan mucha fuerza para seguir en esta aventura.

 Un abrazo muy grande.
María Eva.                         

 21/06/2012
P.d. El problema se ha solucionado. He tenido en cuanta algunos de vuestros consejos: volver al editor anterior y usar el Chrome. Varios blogs se resisten a que yo los lea... pero la gran mayoría ya si me permite ver las actualizaciones.

Besos y gracias a todos.

Compraventa








Unas luces de neón destacaban en la fachada de un edificio viejo en mitad de un callejón adyacente a la calle principal de la parte antigua de la ciudad. Mis pasos uno tras otro me llevaron de forma impulsiva a tocar en la aldaba del portón de madera corroída que franqueaba la entrada cerrada a cal y canto. Algo extraño había en ese lugar, las luces, más propias de un boulevard que de una calle como esta perdida en el tiempo mismo, y, el llamador excesivamente nuevo  para una puerta que difícilmente se mantenía de pie.
Los neones dibujaban la siguiente frase “Se compra todo tipo de objetos, grandes beneficios” No lo pensé demasiado y me acerque hasta la puerta, dí tres golpes y, en la quietud del silencio sonaron como tres truenos. Apareció un hombre enjuto que me invito a pasar con un ademán y sin mover apenas el rictus facial.
-Traigo unos cuantas cosas que lo mismo les podría interesar- le espeté sin más preámbulos, la tarde anterior había afanado algunas cosillas de valor y para poder pillar la pasta necesitaba venderlas.
Me hizo que me sentara en una habitación lúgubre y me dijo que esperase que en poco tiempo sería atendido por el jefe en persona. Los minutos me parecieron horas en aquella habitación mohosa y fría, de repente una puerta se abrió y un hombre gordo lustroso y bien vestido se dirigió hacia mí: “Sígame” sonó tan ronco como un trueno. Me levanté y lo seguí, entramos a un despacho lujosamente amueblado que nada tenía que ver con el resto del edificio, más bien parecía que se trataba de una broma pues, era como si se pasara de la más absoluta pobreza a la abundancia suprema.
La negociación fue intensa, pero al final conseguí algo inesperado incluso para mí, un tipo sin muchos escrúpulos y que ha vivido su vida sin importarle mucho la de los demás. Le despaché todo y conseguí un gran beneficio. Por vender, le vendí  mi cuerpo porque mi alma no la quiso, era demasiado negra incluso para el propio diablo.


viernes, 25 de mayo de 2012

El túnel





Desperté y la luz seguía ahí al final. Aún no sé si estoy a este  lado de la puerta o al otro.

jueves, 10 de mayo de 2012

Atraco





El hombre entró en la sucursal bancaria sin levantar sospecha. Tarareaba en silencio una cancioncilla manida que conocía desde niño, “uno, dos y tres, cuatro cinco y seis, yo me calmaré todos lo veréis”. A la cajera no le dio tiempo a verlo cayó al suelo de un disparo certero en la frente.

sábado, 5 de mayo de 2012

Compañeros de viaje






Las últimas vacaciones habían transcurrido sin contratiempos. Nos embarcamos en un viaje lleno de aventura, no exento de peligros y en donde la confianza en el otro primaba por encima de todas las cosas. Aún no sé en qué momento me dejaste sola.
                                                        

domingo, 29 de abril de 2012

Desde que te fuiste






Languidecen las flores desde que te fuiste,
Caen mustias sobre la tierra
Lloran tu ausencia a su manera.
Inmisericordes tus palabras en tu partida
Resuenan en mis oídos
Y martillean mi conciencia.
Languidecen las flores desde que te fuiste,
Su aroma disipado ya no me inunda
Los pájaros no cantan en mis mañanas.
El eco del agua atrona mis sentidos
Dejando atrás su cadencia
Ya no es hermoso su sonido.
Languidecen las flores desde que te fuiste,
Ya no es dulce el almíbar
Y  mis poros rezuman acíbar
Acepto que tu camino seguiste.

domingo, 15 de abril de 2012

Instante







Crecimos juntos, toda mi vida giró en torno suyo. Lo cuidé lo mejor que pude pero, en un segundo todo terminó. Él se llevó la peor parte.

lunes, 9 de abril de 2012

Consultorio Médico





    Aquí estoy, hace unas horas que ha amanecido y se presenta un día rutinario. Trabajo de cara al público, sí me gusta el contacto con la gente. Normalmente puedo estar en grandes superficies, o en pequeños comercios pero ahora desde hace un tiempo estoy en un consultorio médico. Cada día han de pasar por delante de mi cada uno de los pacientes  antes de que el médico los atienda. Y la verdad mi trabajo es muy fácil, aunque me abran las entrañas de vez en cuando, pero con un gesto dulce  de la enfermera que delicadamente unas veces, y otras, con un fuerte tirón me coloca el papel indicador del turno de cada uno.  Sí, eso soy, el testigo mudo de muchas historias que cada día acontecen en un consultorio médico pero que podía estar en cualquier otra parte. Aunque dicho sea de paso, prefiero estar aquí que aunque a veces el murmullo me haga pensar que estoy en un mercado, normalmente reina el silencio y me encuentro más acomodado.
   El viejo y desangelado reloj de la iglesia ha dado las “treinta” son las ocho y treinta de la mañana y las puertas del centro de salud se abren para el trajín diario de propios y ajenos. Cada uno en su sitio, sin distracciones, con caras sonrientes y muecas agradables para  aquellos que en el mejor de los casos solo tiene un simple resfriado o vienen a por una receta. Y yo, bien visible, mi sitio en un lado de la sala a una altura conveniente y discreta que sea del alcance de la mayoría de la gente. Cualquier día de estos me van a quitar sin más miramiento y me lanzarán a la caja de los cacharros para tirar a la basura y pondrán la cita previa para que así no se agolpen los pacientes en la sala ni se líen las colas interminables como si aquí en vez de venir al médico por enfermedad se repartieran vacaciones pagadas, o mejor en los tiempos que corren, puestos de trabajo.
   Hay manos suaves que se deslizan sobre mí y cogen el ticket con su turno con tanta delicadeza que no me importaría que viniesen cada día a la consulta, supongo que a otros sí, pero a mí no; como es el caso de María la viuda del “Partío” aunque hace meses que su marido falleció, cada lunes sin falta viene a por la recetas para el finado. La pobre entra llorando diciendo lo enfermo que está su Antonio y que si se va a morir uno de estos días, “me quedo sola en el cortijo” se lamenta a cada rato.
“Pobre María” comentan todos los presentes, “se le ha ido la cabeza, quería tanto a su marido, desde cría que estaba con él, si nada más venir al pueblo se ennoviaron” dicen otros;  no saben si su soledad le ha hecho enloquecer o que se hace la loca para aliviar su soledad y con su cantinela de cada lunes se entretiene de su anodina vida y de paso aligera su tristeza. Y para tristeza la del “Tuerto" entre que ve poco y escucha casi nada, cada vez que viene se tropieza con alguien y las voces se escuchan desde el fondo del pasillo hasta la puerta de entrada. Sus manos toscas casi siempre acaban dándome algún golpe, porque el papel se me atranca, y con sus dedos regordetes no puede cogerme.  Está solo, toda la vida con sus animales tirado en la montaña cuidando el ganado y alimentándolo con los pastos. Tuvo una novia de joven, pero le dio a elegir entre ella o las cabras; y éste eligió el ganado que aunque era más trabajado al menos le permitía hacer lo que le diera la gana. Ahora se ve sin mujer y sin ganado. Tuerto por una cornada de un macho y sordo por la edad. Acompañado por su bota de vino en las noches largas de invierno y la copa de aguardiente en las mañanas frías. Cada mañana cuando se afeita frente a su carcomido espejo se dice lo mismo “Ay Tuerto que tienes las últimas orejas puestas... si te hubieras quedado con aquella zagala que pretendiste no estarías más solo que la una, ¿de que te ha servido hacer lo que querías, ir de farra en farra y estar tirado en el monte? Si ahora no tienes ni mujer, ni hijos ni a nadie a quién le importes”.
   Luego está María Elena, viene todos los días aunque no suele pasar adentro a la consulta. Viene sonriendo, sus labios sonríen pero sus ojos lloran, y con su gracejo natural va vendiendo sus cupones uno tras otro, alegrando a lo que están presentes en las primeras horas de la mañana. Si yo tuviera vida propia, me estiraría con tanta fuerza hasta llegar a sus manos y ponerme suavemente en ellas; tal vez así se detendría en su esfuerzo por aparentar que está bien cuando no lo está. Nadie se da cuenta, ni siquiera su hijo, bueno ese menos que nadie, tanto le ha hecho sufrir a la pobre María Elena que aún sin ella saberlo se está muriendo de la pena que tanto ella intenta esconder a los demás.
Da lo mismo que sea invierno que verano, el mismo trabajo, las mismas caras, yo sigo aquí en mi sitio, y vosotros en el vuestro.