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Tranquility

sábado, 20 de abril de 2013

El mejor psicólogo



El cliente entró por la puerta de la oficina cinco minutos antes de la hora prevista. Venía acompañado de una mujer que poco después supe que era su esposa. Nos dirigimos a la propiedad de la que esa misma mañana les había hablado; el lugar y sus características eran las que ellos estaban buscando y por fin después de meses y visitas a diferentes casas la habían encontrado.
Aparcamos el coche en la puerta de un chalet con vistas impresionantes y un jardín que daba la bienvenida.  El dueño de la vivienda nos recibió con un gesto adusto aunque en breves segundos una sonrisa y su brazo extendido nos invitaba a pasar.
Tras el recorrido los clientes emocionados, y con un brillo especial en sus ojos le dijeron al propietario que compraban la vivienda a lo que éste contestó:
-No, si yo en el fondo no vendo la casa, pero estas visitas para mí son mejor que ir al psicólogo.

sábado, 13 de abril de 2013

Noctívago




Me despierto y te busco,
no te encuentro a mi lado y
me arropo en mi soledad
e imagino un mundo paralelo
en el que estamos los dos
transeúntes de nuestro destino,
peregrinos de un mismo amor.
La oscuridad nos envuelve y
nos abriga el calor.
Calor de dos cuerpos, esos que
somos tú y yo.
Y abro los ojos y
extiendo mis manos y
solo hallo esa ausencia
que me hiere y me aprieta,
que me lacera el alma
y que mi vida sangra.

domingo, 31 de marzo de 2013

Malas Artes

Entre complacida y asombrada por la reciente elocuencia y videncia con la que su amiga la obsequiaba cada viernes por la tarde mientras tomaban café, Plácida, disfrutaba de cómo  su amiga le desvelaba los acontecimientos de su futuro más inminente. Le auguraba un viaje, ese que llevaba tiempo soñando, sin los niños claro está. Un coche nuevo, el que tenía estaba más en el taller que al uso. Ella se deleitaba ante las dotes de pitonisa de su amiga sin pensar en que su marido y ella compartían algo más que el partido de padel de los jueves.

sábado, 23 de marzo de 2013

Compañeros de viaje




Las últimas vacaciones habían transcurrido sin contratiempos. Nos embarcamos en un viaje lleno de aventura, no exento de peligros y en donde la confianza en el otro primaba por encima de todas las cosas. Aún no sé en qué momento me dejaste sola.

sábado, 16 de marzo de 2013

Realidad Poliédrica

La altivez con la que me miraba Marta cuando éramos niños siempre hirió mi amor propio. Cada vez que acompañaba a mi madre a casa de los Sres. Pérez cuando les llevaba la cesta con la ropa planchada y algunas cosas que ella les cosía; percibía un escalofrío que me recorría todo el cuerpo con la mirada de esa niña insidiosa que me hacía sentir inferior. Ella se pavoneaba con sus vestidos de niña rica llenos de lazos y volantes; mientras esperábamos que el ama de llaves  nos diese el siguiente encargo semanal.
    Yo, que no me he arrugado nunca ante nada y menos delante de una mujer; me crecía dentro de mis ropas desgastadas y modestas, mirándola por el rabillo del ojo y le hacía burlas mientras ella se encaprichaba por algo que su niñera al instante debía de darle; una mujer joven de aspecto mustio que apenas hablaba con nadie -no sé si por timidez o debido a su juventud, apenas tendría cinco o seis años más que Marta-.
    Han pasado los años, y aún sigo sintiendo cuando me cruzo con Marta esa sensación de inferioridad al dedicarme ella una de sus miradas de arriba abajo. A veces me da la sensación de que ella quiere hablarme, sin embargo, yo levanto mi cabeza con altivez y lo único que hago es un leve gesto con las cejas a modo de saludo; pues gracias a los esfuerzos de mi madre conseguí con los años no ser solo “Tomasito” el hijo de la planchadora, sino don Tomás el maestro del pueblo.
    Cada día cuando acaban las clases, ella viene a recoger a su hijo al colegio conduciendo su coche sin su chofer; me parece extraño pues bien podría venir  Amparo, “la mudita” -conocida así en el pueblo porque con solo mirar a los ojos a su pequeña Marta sabía perfectamente lo que quería, y nunca hablaba de lo que pasaba en casa de sus patronos- que al pasar de los años, se convirtió en una  buena moza pero que no consiguió novio y aún sigue en la casona familiar.
    Yo la observo desde lejos tras los cristales de mi aula. No quiero reconocerlo, pero creo que he estado enamorado de ella desde que era un crío; por eso prefería acompañar a mi madre cuando iba a su casa en vez de quedarme con los demás chiquillos jugando en la calle, a sabiendas del mal rato que pasaría.  Me doy cuenta que he vivido toda mi vida en una mentira, obcecado en esa imagen de mi infancia que me ha llevado a querer obviar a todas las mujeres que se me han acercado y que no han sido pocas. En todas encontraba algún inconveniente, vivían lejos, no querían vivir en un pueblecito  o simplemente eran insulsas. Mi madre siempre me decía: “Tomas, hijo mío, ¿Cuándo te vas a buscar una novia con la que formar una familia?” y mi única respuesta era “un día de estos madre”, y agarraba mi viejo portafolios de piel y salía de la casa con una sonrisa en la boca y un beso al aire para mi madre.  También he aguantado murmuraciones acerca de mi hombría por seguir soltero a mis años. Tengo el arquetipo de Marta en mi mente y sin darme cuenta he ido fijándome en ella y construyéndome mi propia realidad poliédrica, y en cada cara una visión diferente de la vida.
    Después de tanto tiempo aún no ha perdido ese porte que tenía de niña, su petulancia se ha visto mermada por las circunstancias que la rodean. El exquisito marido que le buscó su padre, se ha encargado de dilapidar la fortuna de la familia en negocios turbios y en casas de mala reputación. No es que me alegre de eso, al contrario; parecía un corderito manso el día de la boda y mientras todos les mirábamos, él preso del nerviosismo propio del acontecimiento y de verse en un pueblo que no era el suyo, no hacía nada más que tirarse de su pulcro chaqué. Ella, ufana e inocente de lo que se le venía encima, sonreía a todos los que  mirábamos pasar el cortejo por la arteria principal  del pueblo en dirección a la iglesia. Entre ellos yo, que veía como  ella se alejaba cada vez más de mí de lo que toda la vida lo había estado, si es que en algún momento  estuvo a mi lado.
    Muchas veces Marta venía al colegio con gafas de sol, a pesar de ser un día lluvioso, unas enormes gafas que ocultaban su rostro que se iba ajando con los años y se veía deslucida a pesar de ser una mujer todavía joven. Cuando llegaba la primavera y las demás madres acortaban las mangas de sus ropas y la tela de sus faldas, ella seguía tapada hasta los puños y los pies. El rictus de su cara siempre era el mismo, solo le salía una sonrisa franca cuando abrazaba a su hijo en las puertas de la escuela. Ahí sí que se le veía feliz. Era como si el mundo entero se iluminara y no existiera nadie nada más que ella y su pequeño Nicolás.
    Hoy no ha venido el niño al colegio, algo extraño ha debido de ocurrir, pues es un niño con una salud de hierro. Hoy me quedaré sin verla aunque sea de lejos. Cogeré mis cosas y me marcharé a casa pues mi madre, anciana ya, debe de estar poniendo la mesa y hasta que yo no llego ella tampoco almuerza.
   -¿Sabes lo que ha pasado hijo? Una desgracia, hijo, una desgracia. Anoche, al marido de la señora Marta Pérez, de mi “Martita” que la he visto crecer desde pequeña…
   -¿Anoche qué mamá, anoche qué?- la curiosidad me comía por dentro, sentí que algo malo había ocurrido.
   -Pues eso, que anoche en uno de esos sitios a los que va se ve que estaba más bebido de lo normal y en una pelea y tras apostarse todo al póker,  cayó al suelo y se golpeó la cabeza
   - ¿Y qué pasó?- le espeté a mi madre casi gritándole.
   -Pues que se dio un mal golpe y que lo han llevado muerto a su casa.       
    Salí corriendo sin comer y tirando el portafolio al suelo. Mi único interés era llegar a la casa de Marta, sabía que mi presencia de nada serviría pero había algo que me empujaba a ir.
La viuda estaba compungida al lado del ataúd de su esposo, vestida de negro riguroso con medias y pañuelo negro a pesar de alcanzar en el patio de la casa los treinta grados a la sombra de aquel mes de mayo que se presentaba más caluroso de lo habitual, y secaba sus lágrimas con tanto entusiasmo que no dejaban de mirarla los allí presentes uniéndose en su dolor.
Me quedé parado, viendo toda la escena, no podía acercarme a ella, había demasiada gente a su alrededor. No era el momento. Tal vez al día siguiente, en el cementerio podría darle mis condolencias.
Una vez el cuerpo del difunto fue sepultado y todos se iban marchando del cementerio. Ella permanecía allí, en frente de la tumba, con su inseparable niñera. No dejaba de llorar, pero en sus ojos se percibía un brillo diferente. Yo esperaba el momento de acercarme para darle mis condolencias; cuando antes de poner mi mano sobre su hombro pude escuchar lo que le decía “la mudita”
-No llores más mi niña, que no lo merece, ¿no te acuerdas de cuando te daba los correazos?
Se me cayó el mundo entero a los pies y sin decir nada salí de aquél cementerio.

domingo, 10 de marzo de 2013

Dibújame



En los humedales de la tristeza
Cuando nadie te mira
Y solo estás,
La quietud de tu alma
Se asoma
Por los ventanales de tu cara.
Atraca tu barco en mi playa
Desciende de él y ven a mí
Que el oleaje nos envuelva
Con embates de sal y no de llanto.
Dibuja en mi piel
Un mapa,
Con tesoros escondidos.
Busquémoslos despacito,
Lentamente y con sentido.
Delinea mis volcanes
Desniveles y manantiales,
Trázalos pausadamente  desde
La noche que recién nace
Hasta que el alba nos halle.

viernes, 8 de marzo de 2013

Felicidades Mujer

.
Felicidades mujer,
Por no ser sólo madre, hija o hermana, sino también esposa.

Felicidades mujer,
por haber luchado desde el primer
Momento en el que viniste al mundo
por sobrevivir al espejo del hombre.

Felicidades mujer,
Por ayudar a hacer que la vida sea más llevadera
Por iluminar con tu sonrisa  muchos días sin sol
Por curar con tus caricias  heridas sin medicinas.

Felicidades mujer,
Por llevar paz donde había lucha
Por callar cuando no se debe alzar la voz y por alzarla cuando los demás
Guardan silencio y con su mutismo se crean injusticias.

Felicidades mujer,
Porque cada gesto tuyo lleva autoridad y ternura a partes iguales,
Consideración y misericordia.

martes, 26 de febrero de 2013

El transeúnte.


 Era realmente un muchacho extraño, caminaba ensimismado por entre la gente. Daba lo mismo que fuese verano o invierno él siempre vestía la misma chaqueta de cuadros escoceses y unas botas militares. Su pelo, largo y con una cola hecha de innumerables rastas, tenía un color mugriento. No debía tener más de treinta años pero parecía tener toda su vida vivida. Su cara de bobalicón daba pena a quiénes lo observábamos y cuando te miraba te hacía sentir un escalofrío que te recorría todo el cuerpo. Un día me atreví a seguirlo. Aparqué mi coche junto a un banco del paseo por el que él caminaba. Dejé varios metros de distancia entre él y yo, aunque si hubiese ido pegada a sus hombros estoy segura de que ni siquiera habría sido consciente de mi presencia. En el fondo me daba un poco de miedo pero la curiosidad era más pertinaz que mi desconfianza.
Caminaba por entre callejones estrechos impregnados de aromas entreverados de azúcares y fritangas de las cocinas. Aligeró el paso y con las manos en los bolsillos parecía que más que caminar interpretaba una marcha militar. Yo comencé  a sentir que mi corazón se agitaba, mi paso en un principio suave, se tornaba casi en una pequeña carrera para no perderlo entre la gente que a duras penas transitaba por entre las aceras y las bicicletas. Podía haberme dado la vuelta en cualquier momento, ¿qué necesidad tenía yo?, ¿a mí qué me importaba donde iba ese chico? Pero algo me decía que tenía que seguir hasta el final. 
El chico giró hacia la izquierda y empujó una pesada puerta de madera adornada con herrajes enmohecidos y desconchados. La puerta crujió e hizo un esfuerzo con las dos manos para abrirla. El edificio era antiguo, tal vez del siglo pasado, varios ventanales vertían sus ojos a la calle. El tejado de un momento a otro parecía que se iba a venir a tierra. La puerta se quedó entreabierta invitando a entrar a un patio silencioso donde la luz penetraba tenuemente a primeras horas de la mañana y poco a poco se iba reflejando en los charcos acharolados del suelo provenientes del agua de haber regado las macetas. Colgaban de las paredes multitud de plantas de todos los colores: geranios, tulipanes, margaritas, pensamientos, dalias  y una madreselva preñada de flores trepaba por entre los barrotes de las ventanas y cubría la cal envejecida de la casa. El mundano ruido del exterior se había disipado en apenas unos segundos. Era una paz inmensa la que se sentía en ese lugar. Una pequeña puerta en uno de los laterales del patio era la única salida. Intenté llamar a aquel muchacho. Desapareció.  Aún guardo la sensación de paz que sentí en aquel repentino jardín en medio de tanto ruido.

miércoles, 20 de febrero de 2013

Prevención de Suicidio



Con el siguiente relato conseguí la Primera Mención de Honor en el concurso de relatos cortos "II Memorial Conrada Muñoz" año 2011.  Espero que os guste.


Como si fuese un boomerang he entrado y salido de la prisión tres veces en los últimos dos años. Cada vez que estaba dentro me prometía a mi mismo que esa sería la definitiva, que pasara lo que pasara y aunque me ofrecieran la luna no me iba a meter más en líos. Algunos de mis compañeros siempre me dicen eso “de que vuelvo a casa” en cierto modo es así, a pesar de que no la he sentido nunca como mía; nací en la  cárcel de mujeres de Alcalá de Guadaíra cuando mi madre estaba presa.
Los primeros años de mi vida no era muy conciente de donde estaba, pasaba los días a rebufo de mi madre y de las demás internas que me tenían como su juguete. Mi madre entró en prisión por un delito de tráfico de drogas. Apenas tenía diecisiete cumplidos cuando una mañana se dio cuenta de que estaba embarazada. Tras comunicárselo a mis abuelos, éstos lo primero que hicieron fue ponerla de patitas en lo ancho y llano de la calle: “Vete, has deshonrado a tu familia” fue lo último que escuchó  cuando salía con sus escasas cosas y con la única preocupación en la mente de dónde pasar la noche. Tal vez con el sol de la mañana siguiente, y tras pasar la noche fuera de la casa, sus padres se compadecerían de ella y la  buscarían. Eso no ocurrió.
Mi abuelo, con cincuenta años, alcohólico y desesperado para ganar un jornal con el que alimentar al resto de sus hijos se le  vino el mundo encima al ver que su única hija, en la  que tenía todas sus expectativas puestas le había defraudado. Ahora sería la comidilla del barrio y todos tendrían alguien a quien criticar. Ya estaba él para eso y el resto de mis tíos, que según supe con los años tampoco andaban en buenos pasos.
El dueño de la pensión donde encontró el refugio que sus padres no le dieron,  se aprovechó de la cara de inocente de mi madre y la hizo que se metiera en el mundo del trapicheo. Nadie sospecharía de una adolescente con cara de niña. Mi padre la dejó tirada, no quiso saber nada de mí. Con los años ha querido buscarme pero ahora he sido yo el que ha  pasado de él. Si se hubiera portado como un hombre en su momento, tal vez mi vida y la de mi madre habría sido de otra forma. Ella no se habría visto abocada a ese inframundo que es la droga. Tanto va el cántaro a la fuente que al final acaba rompiéndose, no solo mercadeaba sino que acabó consumiendo su propia mierda. En pocos meses su vida cambió dando un giro de trescientos sesenta grados. Después de su primera condena, vinieron otras y yo me vi tutelado por la Junta y encerrado desde los cinco años en un colegio donde pasaban los días uno tras otro a la espera de que apareciese mi madre o alguna familia que me diera ese cariño del que yo tanto estaba falto. Fui viendo como entraban y salían otros niños, aprendiz de los mayores y maestro de los pequeños en las pequeñas travesuras  y tropelías que realizábamos en el colegio. De ellos aprendí lo que  serían los cimientos de mi persona.
A los catorce años volví con mi madre y al principio sí fue todo lo idílico que siempre me había imaginado en las noches largas de invierno cuando la desesperanza no me dejaba dormir y me abrazaba a la almohada llorando como lo que era, un ser indefenso y débil que no había pedido venir al mundo, y mucho menos en esas condiciones. Un año después ella empezó a salir con un hombre que había conocido estando en prisión por un programa de intercambio de amistad. Cuando Pablo, que así se llamaba, salió de Carabanchel se vino a Sevilla al pequeño bajo mohoso que teníamos alquilado en un barrio bastante conflictivo. Hasta ese momento todo iba bien, mi madre se había limpiado estando en el talego y trabajaba en la cocina de un bar. Después de todo volvíamos a ser una familia. Ambos estábamos reinsertados en la sociedad, solo teníamos que seguir viviendo.
 Nada más lejos de la realidad… Pablo nos hundió de nuevo en lo más misero del mundo: la droga; y lo peor de todo, es que me arrastró a mí también en esa vorágine en la  que se convirtió nuestra existencia desde que apareció por la puerta de casa. Tenía una mirada desconfiada, y una sonrisa llena de picardía que embaucaba hasta el más listo. Sin darnos cuenta mi madre y yo estábamos por los parques y las puertas de los colegios ofreciendo a los niños un poco de “chocolate” o de “maría”. Yo los enseñaba a liar los cigarros a los que no sabían y, poco a poco me fui haciendo un nutrido grupo de colegas a los que les metía el veneno en el cuerpo y ellos a cambio de un poco de “felicidad” me daban la pasta que costaba su pequeño viaje. Así de paso, me enganché yo también, primero a algo que me parecía inocente como son los porros para acabar con la dama blanca enredada en mis venas como si fuera parte de mi mismo.
Cuando tenía el  subidón de la dosis, creía que me iba a comer el mundo y no era muy consciente de distinguir lo que estaba bien de lo que no;  las malas compañías y estar en un sitio indebido en el momento inapropiado han hecho que el mundo me coma a mí. He venido de nuevo a la cárcel y esta vez por una larga temporada. Las condenas de antes eran tonterías comparadas con esta de homicidio. Algo de lo que me arrepiento muchísimo y que no soy consciente de haber cometido. Las pruebas me acusan a mí y hay testigos de ello. Así que ahora no me queda más remedio que afrontar todo lo que me venga encima. Pero estoy hecho polvo, mi autoestima es menor a la de un gusano que se arrastra por el suelo esperando que alguien pase por encima y lo pisotee aplastándolo contra el suelo mugriento y que  no quede de él nada más que una manchita recuerdo de su existencia.
Mientras, ahí fuera en la calle, el mundo está asistiendo a un parto. Sí un parto con contracciones agónicas para los más desfavorecidos que les provocan unos dolores que no son posibles de aguantar. Envites que da la vida y los pone como a mí de cara a la pared; metidos tras muros que los apartan de una sociedad que ya nos los quiere. Eso provoca que la delincuencia aumente, las cárceles se masifiquen; y sean incapaces de reeducar al preso por falta de personal. Sometidos a unos horarios, a unas normas de convivencia destinadas a hacernos que el regreso a la calle sea más fácil. Haciéndonos participes de nuestra reeducación en los módulos de respeto que deberían de ser obligatorios para todos los internos en vez de voluntarios. Se asemejan a una vida real donde la participación y organización es la base del respeto a los demás y a uno mismo.  Aunque el preso no tiene todo el seguimiento que debería tener una vez fuera de la tutela del Estado y por eso volvemos a caer como moscas a la miel.
  Mientras estamos entre rejas el mundo de fuera se ve lejos, es una realidad  paralela a la que vivimos imposible de alcanzar en mucho tiempo para la gran mayoría de los internos. Pero aquí dentro sufrimos la ausencia de la familia, de los amigos, nos privan de libertad pero tenemos acceso a la cultura, se puede estudiar para mejorar nuestra formación. Tal vez algún día esa mejora de nuestras capacidades laborales se vea recompensada con un trabajo en la calle en el mejor de los casos. Aunque afuera son muchos los que tienen que delinquir para seguir subsistiendo ya que el sistema económico está en entredicho y hace aguas por todos los lados y muchas familias se han visto de la noche a la mañana sin nada. Algunos, aquí dentro tienen trabajo en un destino remunerado  que les permite tener algo de dinero y no sentirse del todo un parásito de la sociedad. Aunque mucho de ese dinero va a parar a las manos de otros internos -los más avispados- que se dedican dentro en los patios a intimidar a los que somos más débiles y a seguir intoxicándonos con sustancias que por ley están prohibidas y aún más si cabe dentro de los establecimientos penitenciarios.
La noche ha llegado ya, siento un nervioso que me recorre todo el cuerpo. Es hora de tomar mi medicación. En la cama de abajo mi nuevo compañero –un interno de apoyo- está leyendo un libro que ha sacado de la biblioteca. Me ha dicho el titulo, pero ahora no lo recuerdo. Tiene que ser entretenido, apenas se mueve entre las sábanas, no se da cuenta de lo que hago. El silencio invade toda la celda, siento los  latidos de mi corazón cada vez más débiles, mucho más frío que hace unos instantes. Me voy a poner cómodo, con un gran esfuerzo consigo estirarme y taparme hasta el cuello. Se escucha el interfono, al otro lado el funcionario de guardia llama a mi compañero
-¡Buenas noches! Lozano ¿me escuchas?
-Sí
-¿Está tu  compañero bien?
-Sí, acabamos de hablar.
Mi compañero sigue leyendo y yo cierro los ojos e intento descansar de una vez y para siempre.





sábado, 16 de febrero de 2013

Despertar

  


Nunca imaginé que tu ausencia doliera tanto,
que el vacío fuese tan grande.
Nunca sentí que la soledad
podría envolver  más que la noche.
Nunca pensé que los colores 
no tenían ya brillo, ni que los pájaros solo 
harían ruido. 
Nunca imaginé que lo importante de mi mundo
carecería de sentido. 
Miro atrás y no sé si todo fue un sueño, 
pero me alegro de haberlo soñado
aunque fuese por poco tiempo
contigo.