"Se necesita camarero con experiencia" rezaba el cartel visiblemente puesto en la puerta del bar donde suelo tomar café a menudo. Sin pensármelo dos veces decidí hablar con el encargado para ver si podía conseguir el empleo. Tengo buena planta, soy simpático y agradable con la gente. "¿Qué experiencia tienes?"-me dice sin apenas levantar los ojos- "Soy licenciado en empresariales, varios masters en Administración de negocios, Relaciones internacionales, hablo cuatro idiomas con fluidez.."¿Sabes poner cafés?"-me dice esta vez mirándome a los ojos- Mi silencio fue la respuesta. "Lo siento pero a pesar de tu currículum, no me vales".
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Tranquility
viernes, 3 de mayo de 2013
sábado, 20 de abril de 2013
El mejor psicólogo
El
cliente entró por la puerta de la oficina cinco minutos antes de la
hora prevista. Venía acompañado de una mujer que poco después supe que
era su esposa. Nos dirigimos a la propiedad de la que esa misma mañana
les había hablado; el lugar y sus características eran las que ellos
estaban buscando y por fin después de meses y visitas a diferentes casas
la habían encontrado.
Aparcamos el coche en la puerta de un chalet con vistas impresionantes y un jardín que daba la bienvenida. El
dueño de la vivienda nos recibió con un gesto adusto aunque en breves
segundos una sonrisa y su brazo extendido nos invitaba a pasar.
Tras
el recorrido los clientes emocionados, y con un brillo especial en sus
ojos le dijeron al propietario que compraban la vivienda a lo que éste
contestó:
-No, si yo en el fondo no vendo la casa, pero estas visitas para mí son mejor que ir al psicólogo.
sábado, 13 de abril de 2013
Noctívago
Me despierto y te
busco,
no te encuentro a mi
lado y
me arropo en mi
soledad
e imagino un mundo
paralelo
en el que estamos los
dos
transeúntes de
nuestro destino,
peregrinos de un
mismo amor.
La oscuridad nos
envuelve y
nos abriga el calor.
Calor de dos cuerpos,
esos que
somos tú y yo.
Y abro los ojos y
extiendo mis manos y
solo hallo esa
ausencia
que me hiere y me
aprieta,
que me lacera el alma
y que mi vida sangra.
domingo, 31 de marzo de 2013
Malas Artes
Entre complacida y asombrada por la reciente elocuencia y videncia con la que su amiga la obsequiaba cada viernes por la tarde mientras tomaban café, Plácida, disfrutaba de cómo su amiga le desvelaba los acontecimientos de su futuro más inminente. Le auguraba un viaje, ese que llevaba tiempo soñando, sin los niños claro está. Un coche nuevo, el que tenía estaba más en el taller que al uso. Ella se deleitaba ante las dotes de pitonisa de su amiga sin pensar en que su marido y ella compartían algo más que el partido de padel de los jueves.
sábado, 23 de marzo de 2013
Compañeros de viaje
Las últimas vacaciones habían transcurrido sin
contratiempos. Nos embarcamos en un viaje lleno de aventura, no exento de
peligros y en donde la confianza en el otro primaba por encima de todas las
cosas. Aún no sé en qué momento me dejaste sola.
sábado, 16 de marzo de 2013
Realidad Poliédrica
La altivez con la que me
miraba Marta cuando éramos niños siempre hirió mi amor propio. Cada vez que
acompañaba a mi madre a casa de los Sres. Pérez cuando les llevaba la cesta con
la ropa planchada y algunas cosas que ella les cosía; percibía un escalofrío
que me recorría todo el cuerpo con la mirada de esa niña insidiosa que me hacía
sentir inferior. Ella se pavoneaba con sus vestidos de niña rica llenos de
lazos y volantes; mientras esperábamos que el ama de llaves nos diese el
siguiente encargo semanal.
Yo,
que no me he arrugado nunca ante nada y menos delante de una mujer; me crecía
dentro de mis ropas desgastadas y modestas, mirándola por el rabillo del ojo y
le hacía burlas mientras ella se encaprichaba por algo que su niñera al
instante debía de darle; una mujer joven de aspecto mustio que apenas hablaba
con nadie -no sé si por timidez o debido a su juventud, apenas tendría cinco o
seis años más que Marta-.
Han
pasado los años, y aún sigo sintiendo cuando me cruzo con Marta esa sensación
de inferioridad al dedicarme ella una de sus miradas de arriba abajo. A veces
me da la sensación de que ella quiere hablarme, sin embargo, yo levanto mi
cabeza con altivez y lo único que hago es un leve gesto con las cejas a modo de
saludo; pues gracias a los esfuerzos de mi madre conseguí con los años no ser
solo “Tomasito” el hijo de la
planchadora, sino don Tomás el maestro del pueblo.
Cada
día cuando acaban las clases, ella viene a recoger a su hijo al colegio
conduciendo su coche sin su chofer; me parece extraño pues bien podría
venir Amparo, “la mudita”
-conocida así en el pueblo porque con solo mirar a los ojos a su pequeña Marta
sabía perfectamente lo que quería, y nunca hablaba de lo que pasaba en casa de
sus patronos- que al pasar de los años, se convirtió en una buena moza
pero que no consiguió novio y aún sigue en la casona familiar.
Yo la
observo desde lejos tras los cristales de mi aula. No quiero reconocerlo, pero
creo que he estado enamorado de ella desde que era un crío; por eso prefería
acompañar a mi madre cuando iba a su casa en vez de quedarme con los demás
chiquillos jugando en la calle, a sabiendas del mal rato que pasaría. Me
doy cuenta que he vivido toda mi vida en una mentira, obcecado en esa imagen de
mi infancia que me ha llevado a querer obviar a todas las mujeres que se me han
acercado y que no han sido pocas. En todas encontraba algún inconveniente,
vivían lejos, no querían vivir en un pueblecito o simplemente eran
insulsas. Mi madre siempre me decía: “Tomas, hijo mío, ¿Cuándo te vas a buscar
una novia con la que formar una familia?” y mi única respuesta era “un día de
estos madre”, y agarraba mi viejo portafolios de piel y salía de la casa con
una sonrisa en la boca y un beso al aire para mi madre. También he
aguantado murmuraciones acerca de mi hombría por seguir soltero a mis años.
Tengo el arquetipo de Marta en mi mente y sin darme cuenta he ido fijándome en
ella y construyéndome mi propia realidad poliédrica, y en cada cara una visión
diferente de la vida.
Después de tanto tiempo aún no ha perdido ese porte que tenía de niña, su
petulancia se ha visto mermada por las circunstancias que la rodean. El
exquisito marido que le buscó su padre, se ha encargado de dilapidar la fortuna
de la familia en negocios turbios y en casas de mala reputación. No es que me
alegre de eso, al contrario; parecía un corderito manso el día de la boda y
mientras todos les mirábamos, él preso del nerviosismo propio del
acontecimiento y de verse en un pueblo que no era el suyo, no hacía nada más
que tirarse de su pulcro chaqué. Ella, ufana e inocente de lo que se le venía
encima, sonreía a todos los que mirábamos pasar el cortejo por la arteria
principal del pueblo en dirección a la iglesia. Entre ellos yo, que veía
como ella se alejaba cada vez más de mí de lo que toda la vida lo había
estado, si es que en algún momento estuvo a mi lado.
Muchas
veces Marta venía al colegio con gafas de sol, a pesar de ser un día lluvioso,
unas enormes gafas que ocultaban su rostro que se iba ajando con los años y se
veía deslucida a pesar de ser una mujer todavía joven. Cuando llegaba la
primavera y las demás madres acortaban las mangas de sus ropas y la tela de sus
faldas, ella seguía tapada hasta los puños y los pies. El rictus de su cara
siempre era el mismo, solo le salía una sonrisa franca cuando abrazaba a su
hijo en las puertas de la escuela. Ahí sí que se le veía feliz. Era como si el
mundo entero se iluminara y no existiera nadie nada más que ella y su pequeño
Nicolás.
Hoy no
ha venido el niño al colegio, algo extraño ha debido de ocurrir, pues es un
niño con una salud de hierro. Hoy me quedaré sin verla aunque sea de lejos.
Cogeré mis cosas y me marcharé a casa pues mi madre, anciana ya, debe de estar
poniendo la mesa y hasta que yo no llego ella tampoco almuerza.
-¿Sabes lo
que ha pasado hijo? Una desgracia, hijo, una desgracia. Anoche, al marido de la
señora Marta Pérez, de mi “Martita” que la he visto crecer desde pequeña…
-¿Anoche qué
mamá, anoche qué?- la curiosidad me comía por dentro, sentí que algo malo había
ocurrido.
-Pues eso,
que anoche en uno de esos sitios a los que va se ve que estaba más bebido de lo
normal y en una pelea y tras apostarse todo al póker, cayó al suelo y se
golpeó la cabeza
- ¿Y qué
pasó?- le espeté a mi madre casi gritándole.
-Pues que se
dio un mal golpe y que lo han llevado muerto a su
casa.
Salí
corriendo sin comer y tirando el portafolio al suelo. Mi único interés era
llegar a la casa de Marta, sabía que mi presencia de nada serviría pero había
algo que me empujaba a ir.
La viuda estaba
compungida al lado del ataúd de su esposo, vestida de negro riguroso con medias
y pañuelo negro a pesar de alcanzar en el patio de la casa los treinta grados a
la sombra de aquel mes de mayo que se presentaba más caluroso de lo habitual, y
secaba sus lágrimas con tanto entusiasmo que no dejaban de mirarla los allí
presentes uniéndose en su dolor.
Me quedé parado, viendo
toda la escena, no podía acercarme a ella, había demasiada gente a su
alrededor. No era el momento. Tal vez al día siguiente, en el cementerio podría
darle mis condolencias.
Una vez el cuerpo del
difunto fue sepultado y todos se iban marchando del cementerio. Ella permanecía
allí, en frente de la tumba, con su inseparable niñera. No dejaba de llorar,
pero en sus ojos se percibía un brillo diferente. Yo esperaba el momento de
acercarme para darle mis condolencias; cuando antes de poner mi mano sobre su
hombro pude escuchar lo que le decía “la
mudita”
-No llores más mi niña,
que no lo merece, ¿no te acuerdas de cuando te daba los correazos?
Se me cayó el mundo
entero a los pies y sin decir nada salí de aquél cementerio.
domingo, 10 de marzo de 2013
Dibújame
En los humedales de la tristeza
Cuando nadie te mira
Y solo estás,
La quietud de tu alma
Se asoma
Por los ventanales de tu cara.
Atraca tu barco en mi playa
Desciende de él y ven a mí
Que el oleaje nos envuelva
Con embates de sal y no de llanto.
Dibuja en mi piel
Un mapa,
Con tesoros escondidos.
Busquémoslos despacito,
Lentamente y con sentido.
Delinea mis volcanes
Desniveles y manantiales,
Trázalos pausadamente desde
La noche que recién nace
Hasta que el alba nos halle.
viernes, 8 de marzo de 2013
Felicidades Mujer
.
Felicidades mujer,
Por no ser sólo madre, hija o hermana, sino también esposa.
Felicidades mujer,
por haber luchado desde el primer
Momento en el que viniste al mundo
por sobrevivir al espejo del hombre.
Felicidades mujer,
Por ayudar a hacer que la vida sea más llevadera
Por iluminar con tu sonrisa muchos días sin sol
Por curar con tus caricias heridas sin medicinas.
Felicidades mujer,
Por llevar paz donde había lucha
Por callar cuando no se debe alzar la voz y por alzarla cuando los demás
Guardan silencio y con su mutismo se crean injusticias.
Felicidades mujer,
Porque cada gesto tuyo lleva autoridad y ternura a partes iguales,
Consideración y misericordia.
martes, 26 de febrero de 2013
El transeúnte.
Era realmente un muchacho extraño,
caminaba ensimismado por entre la gente. Daba lo mismo que fuese verano o
invierno él siempre vestía la misma chaqueta de cuadros escoceses y
unas botas militares. Su pelo, largo y con una cola hecha de
innumerables rastas, tenía un color mugriento. No debía tener más de
treinta años pero parecía tener toda su vida vivida. Su cara de
bobalicón daba pena a quiénes lo observábamos y cuando te miraba te
hacía sentir un escalofrío que te recorría todo el cuerpo. Un día me
atreví a seguirlo. Aparqué mi coche junto a un banco del paseo por el
que él caminaba. Dejé varios metros de distancia entre él y yo, aunque
si hubiese ido pegada a sus hombros estoy segura de que ni siquiera
habría sido consciente de mi presencia. En el fondo me daba un poco de
miedo pero la curiosidad era más pertinaz que mi desconfianza.
Caminaba
por entre callejones estrechos impregnados de aromas entreverados de
azúcares y fritangas de las cocinas. Aligeró el paso y con las manos en
los bolsillos parecía que más que caminar interpretaba una marcha
militar. Yo comencé a sentir que mi corazón se agitaba, mi paso en un
principio suave, se tornaba casi en una pequeña carrera para no perderlo
entre la gente que a duras penas transitaba por entre las aceras y las
bicicletas. Podía haberme dado la vuelta en cualquier momento, ¿qué
necesidad tenía yo?, ¿a mí qué me importaba donde iba ese chico? Pero
algo me decía que tenía que seguir hasta el final.
El
chico giró hacia la izquierda y empujó una pesada puerta de madera
adornada con herrajes enmohecidos y desconchados. La puerta crujió e
hizo un esfuerzo con las dos manos para abrirla. El edificio era
antiguo, tal vez del siglo pasado, varios ventanales vertían sus ojos a
la calle. El tejado de un momento a otro parecía que se iba a venir a
tierra. La puerta se quedó entreabierta invitando a entrar a un patio
silencioso donde la luz penetraba tenuemente a primeras horas de la
mañana y poco a poco se iba reflejando en los charcos acharolados del
suelo provenientes del agua de haber regado las macetas. Colgaban de las
paredes multitud de plantas de todos los colores: geranios, tulipanes,
margaritas, pensamientos, dalias y una madreselva preñada de flores
trepaba por entre los barrotes de las ventanas y cubría la cal
envejecida de la casa. El mundano ruido del exterior se había disipado
en apenas unos segundos. Era una paz inmensa la que se sentía en ese
lugar. Una pequeña puerta en uno de los laterales del patio era la única
salida. Intenté llamar a aquel muchacho. Desapareció. Aún guardo la
sensación de paz que sentí en aquel repentino jardín en medio de tanto
ruido.
miércoles, 20 de febrero de 2013
Prevención de Suicidio
Con el siguiente relato conseguí la Primera Mención de Honor en el concurso de relatos cortos "II Memorial Conrada Muñoz" año 2011. Espero que os guste.
Como
si fuese un boomerang he entrado y salido de la prisión tres veces en
los últimos dos años. Cada vez que estaba dentro me prometía a mi mismo
que esa sería la definitiva, que pasara lo que pasara y aunque me
ofrecieran la luna no me iba a meter más en líos. Algunos de mis
compañeros siempre me dicen eso “de que vuelvo a casa” en cierto modo es
así, a pesar de que no la he sentido nunca como mía; nací en la cárcel
de mujeres de Alcalá de Guadaíra cuando mi madre estaba presa.
Los
primeros años de mi vida no era muy conciente de donde estaba, pasaba
los días a rebufo de mi madre y de las demás internas que me tenían como
su juguete. Mi madre entró en prisión por un delito de tráfico de
drogas. Apenas tenía diecisiete cumplidos cuando una mañana se dio
cuenta de que estaba embarazada. Tras comunicárselo a mis abuelos, éstos
lo primero que hicieron fue ponerla de patitas en lo ancho y llano de
la calle: “Vete, has deshonrado a tu familia” fue lo último que escuchó
cuando salía con sus escasas cosas y con la única preocupación en la
mente de dónde pasar la noche. Tal vez con el sol de la mañana
siguiente, y tras pasar la noche fuera de la casa, sus padres se
compadecerían de ella y la buscarían. Eso no ocurrió.
Mi
abuelo, con cincuenta años, alcohólico y desesperado para ganar un
jornal con el que alimentar al resto de sus hijos se le vino el mundo
encima al ver que su única hija, en la que tenía todas sus expectativas
puestas le había defraudado. Ahora sería la comidilla del barrio y
todos tendrían alguien a quien criticar. Ya estaba él para eso y el
resto de mis tíos, que según supe con los años tampoco andaban en buenos
pasos.
El
dueño de la pensión donde encontró el refugio que sus padres no le
dieron, se aprovechó de la cara de inocente de mi madre y la hizo que
se metiera en el mundo del trapicheo. Nadie sospecharía de una
adolescente con cara de niña. Mi padre la dejó tirada, no quiso saber
nada de mí. Con los años ha querido buscarme pero ahora he sido yo el
que ha pasado de él. Si se hubiera portado como un hombre en su
momento, tal vez mi vida y la de mi madre habría sido de otra forma.
Ella no se habría visto abocada a ese inframundo que es la droga. Tanto
va el cántaro a la fuente que al final acaba rompiéndose, no solo
mercadeaba sino que acabó consumiendo su propia mierda. En pocos meses
su vida cambió dando un giro de trescientos sesenta grados. Después de
su primera condena, vinieron otras y yo me vi tutelado por la Junta y
encerrado desde los cinco años en un colegio donde pasaban los días uno
tras otro a la espera de que apareciese mi madre o alguna familia que me
diera ese cariño del que yo tanto estaba falto. Fui viendo como
entraban y salían otros niños, aprendiz de los mayores y maestro de los
pequeños en las pequeñas travesuras y tropelías que realizábamos en el
colegio. De ellos aprendí lo que serían los cimientos de mi persona.
A
los catorce años volví con mi madre y al principio sí fue todo lo
idílico que siempre me había imaginado en las noches largas de invierno
cuando la desesperanza no me dejaba dormir y me abrazaba a la almohada
llorando como lo que era, un ser indefenso y débil que no había pedido
venir al mundo, y mucho menos en esas condiciones. Un año después ella
empezó a salir con un hombre que había conocido estando en prisión por
un programa de intercambio de amistad. Cuando Pablo, que así se llamaba,
salió de Carabanchel se vino a Sevilla al pequeño bajo mohoso que
teníamos alquilado en un barrio bastante conflictivo. Hasta ese momento
todo iba bien, mi madre se había limpiado estando en el talego y
trabajaba en la cocina de un bar. Después de todo volvíamos a ser una
familia. Ambos estábamos reinsertados en la sociedad, solo teníamos que
seguir viviendo.
Nada
más lejos de la realidad… Pablo nos hundió de nuevo en lo más misero
del mundo: la droga; y lo peor de todo, es que me arrastró a mí también
en esa vorágine en la que se convirtió nuestra existencia desde que
apareció por la puerta de casa. Tenía una mirada desconfiada, y una
sonrisa llena de picardía que embaucaba hasta el más listo. Sin darnos
cuenta mi madre y yo estábamos por los parques y las puertas de los
colegios ofreciendo a los niños un poco de “chocolate” o de “maría”. Yo
los enseñaba a liar los cigarros a los que no sabían y, poco a poco me
fui haciendo un nutrido grupo de colegas a los que les metía el veneno
en el cuerpo y ellos a cambio de un poco de “felicidad” me daban la
pasta que costaba su pequeño viaje. Así de paso, me enganché yo también,
primero a algo que me parecía inocente como son los porros para acabar
con la dama blanca enredada en mis venas como si fuera parte de mi
mismo.
Cuando
tenía el subidón de la dosis, creía que me iba a comer el mundo y no
era muy consciente de distinguir lo que estaba bien de lo que no; las
malas compañías y estar en un sitio indebido en el momento inapropiado
han hecho que el mundo me coma a mí. He venido de nuevo a la cárcel y
esta vez por una larga temporada. Las condenas de antes eran tonterías
comparadas con esta de homicidio. Algo de lo que me arrepiento muchísimo
y que no soy consciente de haber cometido. Las pruebas me acusan a mí y
hay testigos de ello. Así que ahora no me queda más remedio que
afrontar todo lo que me venga encima. Pero estoy hecho polvo, mi
autoestima es menor a la de un gusano que se arrastra por el suelo
esperando que alguien pase por encima y lo pisotee aplastándolo contra
el suelo mugriento y que no quede de él nada más que una manchita
recuerdo de su existencia.
Mientras,
ahí fuera en la calle, el mundo está asistiendo a un parto. Sí un parto
con contracciones agónicas para los más desfavorecidos que les provocan
unos dolores que no son posibles de aguantar. Envites que da la vida y
los pone como a mí de cara a la pared; metidos tras muros que los
apartan de una sociedad que ya nos los quiere. Eso provoca que la
delincuencia aumente, las cárceles se masifiquen; y sean incapaces de
reeducar al preso por falta de personal. Sometidos a unos horarios, a
unas normas de convivencia destinadas a hacernos que el regreso a la
calle sea más fácil. Haciéndonos participes de nuestra reeducación en
los módulos de respeto que deberían de ser obligatorios para todos los
internos en vez de voluntarios. Se asemejan a una vida real donde la
participación y organización es la base del respeto a los demás y a uno
mismo. Aunque el preso no tiene todo el seguimiento que debería tener
una vez fuera de la tutela del Estado y por eso volvemos a caer como
moscas a la miel.
Mientras
estamos entre rejas el mundo de fuera se ve lejos, es una realidad
paralela a la que vivimos imposible de alcanzar en mucho tiempo para la
gran mayoría de los internos. Pero aquí dentro sufrimos la ausencia de
la familia, de los amigos, nos privan de libertad pero tenemos acceso a
la cultura, se puede estudiar para mejorar nuestra formación. Tal vez
algún día esa mejora de nuestras capacidades laborales se vea
recompensada con un trabajo en la calle en el mejor de los casos. Aunque
afuera son muchos los que tienen que delinquir para seguir subsistiendo
ya que el sistema económico está en entredicho y hace aguas por todos
los lados y muchas familias se han visto de la noche a la mañana sin
nada. Algunos, aquí dentro tienen trabajo en un destino remunerado que
les permite tener algo de dinero y no sentirse del todo un parásito de
la sociedad. Aunque mucho de ese dinero va a parar a las manos de otros
internos -los más avispados- que se dedican dentro en los patios a
intimidar a los que somos más débiles y a seguir intoxicándonos con
sustancias que por ley están prohibidas y aún más si cabe dentro de los
establecimientos penitenciarios.
La
noche ha llegado ya, siento un nervioso que me recorre todo el cuerpo.
Es hora de tomar mi medicación. En la cama de abajo mi nuevo compañero
–un interno de apoyo- está leyendo un libro que ha sacado de la
biblioteca. Me ha dicho el titulo, pero ahora no lo recuerdo. Tiene que
ser entretenido, apenas se mueve entre las sábanas, no se da cuenta de
lo que hago. El silencio invade toda la celda, siento los latidos de mi
corazón cada vez más débiles, mucho más frío que hace unos instantes.
Me voy a poner cómodo, con un gran esfuerzo consigo estirarme y taparme
hasta el cuello. Se escucha el interfono, al otro lado el funcionario de
guardia llama a mi compañero
-¡Buenas noches! Lozano ¿me escuchas?
-Sí
-¿Está tu compañero bien?
-Sí, acabamos de hablar.
Mi compañero sigue leyendo y yo cierro los ojos e intento descansar de una vez y para siempre.
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