Las últimas vacaciones habían transcurrido sin
contratiempos. Nos embarcamos en un viaje lleno de aventura, no exento de
peligros y en donde la confianza en el otro primaba por encima de todas las
cosas. Aún no sé en qué momento me dejaste sola.
Seguidores
MUCHAS GRACIAS
SIN VOSOTROS ESTO NO SERÍA LO MISMO. GRACIAS POR ESTAR EN ESTE SITIO.
Tranquility
sábado, 23 de marzo de 2013
sábado, 16 de marzo de 2013
Realidad Poliédrica
La altivez con la que me
miraba Marta cuando éramos niños siempre hirió mi amor propio. Cada vez que
acompañaba a mi madre a casa de los Sres. Pérez cuando les llevaba la cesta con
la ropa planchada y algunas cosas que ella les cosía; percibía un escalofrío
que me recorría todo el cuerpo con la mirada de esa niña insidiosa que me hacía
sentir inferior. Ella se pavoneaba con sus vestidos de niña rica llenos de
lazos y volantes; mientras esperábamos que el ama de llaves nos diese el
siguiente encargo semanal.
Yo,
que no me he arrugado nunca ante nada y menos delante de una mujer; me crecía
dentro de mis ropas desgastadas y modestas, mirándola por el rabillo del ojo y
le hacía burlas mientras ella se encaprichaba por algo que su niñera al
instante debía de darle; una mujer joven de aspecto mustio que apenas hablaba
con nadie -no sé si por timidez o debido a su juventud, apenas tendría cinco o
seis años más que Marta-.
Han
pasado los años, y aún sigo sintiendo cuando me cruzo con Marta esa sensación
de inferioridad al dedicarme ella una de sus miradas de arriba abajo. A veces
me da la sensación de que ella quiere hablarme, sin embargo, yo levanto mi
cabeza con altivez y lo único que hago es un leve gesto con las cejas a modo de
saludo; pues gracias a los esfuerzos de mi madre conseguí con los años no ser
solo “Tomasito” el hijo de la
planchadora, sino don Tomás el maestro del pueblo.
Cada
día cuando acaban las clases, ella viene a recoger a su hijo al colegio
conduciendo su coche sin su chofer; me parece extraño pues bien podría
venir Amparo, “la mudita”
-conocida así en el pueblo porque con solo mirar a los ojos a su pequeña Marta
sabía perfectamente lo que quería, y nunca hablaba de lo que pasaba en casa de
sus patronos- que al pasar de los años, se convirtió en una buena moza
pero que no consiguió novio y aún sigue en la casona familiar.
Yo la
observo desde lejos tras los cristales de mi aula. No quiero reconocerlo, pero
creo que he estado enamorado de ella desde que era un crío; por eso prefería
acompañar a mi madre cuando iba a su casa en vez de quedarme con los demás
chiquillos jugando en la calle, a sabiendas del mal rato que pasaría. Me
doy cuenta que he vivido toda mi vida en una mentira, obcecado en esa imagen de
mi infancia que me ha llevado a querer obviar a todas las mujeres que se me han
acercado y que no han sido pocas. En todas encontraba algún inconveniente,
vivían lejos, no querían vivir en un pueblecito o simplemente eran
insulsas. Mi madre siempre me decía: “Tomas, hijo mío, ¿Cuándo te vas a buscar
una novia con la que formar una familia?” y mi única respuesta era “un día de
estos madre”, y agarraba mi viejo portafolios de piel y salía de la casa con
una sonrisa en la boca y un beso al aire para mi madre. También he
aguantado murmuraciones acerca de mi hombría por seguir soltero a mis años.
Tengo el arquetipo de Marta en mi mente y sin darme cuenta he ido fijándome en
ella y construyéndome mi propia realidad poliédrica, y en cada cara una visión
diferente de la vida.
Después de tanto tiempo aún no ha perdido ese porte que tenía de niña, su
petulancia se ha visto mermada por las circunstancias que la rodean. El
exquisito marido que le buscó su padre, se ha encargado de dilapidar la fortuna
de la familia en negocios turbios y en casas de mala reputación. No es que me
alegre de eso, al contrario; parecía un corderito manso el día de la boda y
mientras todos les mirábamos, él preso del nerviosismo propio del
acontecimiento y de verse en un pueblo que no era el suyo, no hacía nada más
que tirarse de su pulcro chaqué. Ella, ufana e inocente de lo que se le venía
encima, sonreía a todos los que mirábamos pasar el cortejo por la arteria
principal del pueblo en dirección a la iglesia. Entre ellos yo, que veía
como ella se alejaba cada vez más de mí de lo que toda la vida lo había
estado, si es que en algún momento estuvo a mi lado.
Muchas
veces Marta venía al colegio con gafas de sol, a pesar de ser un día lluvioso,
unas enormes gafas que ocultaban su rostro que se iba ajando con los años y se
veía deslucida a pesar de ser una mujer todavía joven. Cuando llegaba la
primavera y las demás madres acortaban las mangas de sus ropas y la tela de sus
faldas, ella seguía tapada hasta los puños y los pies. El rictus de su cara
siempre era el mismo, solo le salía una sonrisa franca cuando abrazaba a su
hijo en las puertas de la escuela. Ahí sí que se le veía feliz. Era como si el
mundo entero se iluminara y no existiera nadie nada más que ella y su pequeño
Nicolás.
Hoy no
ha venido el niño al colegio, algo extraño ha debido de ocurrir, pues es un
niño con una salud de hierro. Hoy me quedaré sin verla aunque sea de lejos.
Cogeré mis cosas y me marcharé a casa pues mi madre, anciana ya, debe de estar
poniendo la mesa y hasta que yo no llego ella tampoco almuerza.
-¿Sabes lo
que ha pasado hijo? Una desgracia, hijo, una desgracia. Anoche, al marido de la
señora Marta Pérez, de mi “Martita” que la he visto crecer desde pequeña…
-¿Anoche qué
mamá, anoche qué?- la curiosidad me comía por dentro, sentí que algo malo había
ocurrido.
-Pues eso,
que anoche en uno de esos sitios a los que va se ve que estaba más bebido de lo
normal y en una pelea y tras apostarse todo al póker, cayó al suelo y se
golpeó la cabeza
- ¿Y qué
pasó?- le espeté a mi madre casi gritándole.
-Pues que se
dio un mal golpe y que lo han llevado muerto a su
casa.
Salí
corriendo sin comer y tirando el portafolio al suelo. Mi único interés era
llegar a la casa de Marta, sabía que mi presencia de nada serviría pero había
algo que me empujaba a ir.
La viuda estaba
compungida al lado del ataúd de su esposo, vestida de negro riguroso con medias
y pañuelo negro a pesar de alcanzar en el patio de la casa los treinta grados a
la sombra de aquel mes de mayo que se presentaba más caluroso de lo habitual, y
secaba sus lágrimas con tanto entusiasmo que no dejaban de mirarla los allí
presentes uniéndose en su dolor.
Me quedé parado, viendo
toda la escena, no podía acercarme a ella, había demasiada gente a su
alrededor. No era el momento. Tal vez al día siguiente, en el cementerio podría
darle mis condolencias.
Una vez el cuerpo del
difunto fue sepultado y todos se iban marchando del cementerio. Ella permanecía
allí, en frente de la tumba, con su inseparable niñera. No dejaba de llorar,
pero en sus ojos se percibía un brillo diferente. Yo esperaba el momento de
acercarme para darle mis condolencias; cuando antes de poner mi mano sobre su
hombro pude escuchar lo que le decía “la
mudita”
-No llores más mi niña,
que no lo merece, ¿no te acuerdas de cuando te daba los correazos?
Se me cayó el mundo
entero a los pies y sin decir nada salí de aquél cementerio.
domingo, 10 de marzo de 2013
Dibújame
En los humedales de la tristeza
Cuando nadie te mira
Y solo estás,
La quietud de tu alma
Se asoma
Por los ventanales de tu cara.
Atraca tu barco en mi playa
Desciende de él y ven a mí
Que el oleaje nos envuelva
Con embates de sal y no de llanto.
Dibuja en mi piel
Un mapa,
Con tesoros escondidos.
Busquémoslos despacito,
Lentamente y con sentido.
Delinea mis volcanes
Desniveles y manantiales,
Trázalos pausadamente desde
La noche que recién nace
Hasta que el alba nos halle.
viernes, 8 de marzo de 2013
Felicidades Mujer
.
Felicidades mujer,
Por no ser sólo madre, hija o hermana, sino también esposa.
Felicidades mujer,
por haber luchado desde el primer
Momento en el que viniste al mundo
por sobrevivir al espejo del hombre.
Felicidades mujer,
Por ayudar a hacer que la vida sea más llevadera
Por iluminar con tu sonrisa muchos días sin sol
Por curar con tus caricias heridas sin medicinas.
Felicidades mujer,
Por llevar paz donde había lucha
Por callar cuando no se debe alzar la voz y por alzarla cuando los demás
Guardan silencio y con su mutismo se crean injusticias.
Felicidades mujer,
Porque cada gesto tuyo lleva autoridad y ternura a partes iguales,
Consideración y misericordia.
martes, 26 de febrero de 2013
El transeúnte.
Era realmente un muchacho extraño,
caminaba ensimismado por entre la gente. Daba lo mismo que fuese verano o
invierno él siempre vestía la misma chaqueta de cuadros escoceses y
unas botas militares. Su pelo, largo y con una cola hecha de
innumerables rastas, tenía un color mugriento. No debía tener más de
treinta años pero parecía tener toda su vida vivida. Su cara de
bobalicón daba pena a quiénes lo observábamos y cuando te miraba te
hacía sentir un escalofrío que te recorría todo el cuerpo. Un día me
atreví a seguirlo. Aparqué mi coche junto a un banco del paseo por el
que él caminaba. Dejé varios metros de distancia entre él y yo, aunque
si hubiese ido pegada a sus hombros estoy segura de que ni siquiera
habría sido consciente de mi presencia. En el fondo me daba un poco de
miedo pero la curiosidad era más pertinaz que mi desconfianza.
Caminaba
por entre callejones estrechos impregnados de aromas entreverados de
azúcares y fritangas de las cocinas. Aligeró el paso y con las manos en
los bolsillos parecía que más que caminar interpretaba una marcha
militar. Yo comencé a sentir que mi corazón se agitaba, mi paso en un
principio suave, se tornaba casi en una pequeña carrera para no perderlo
entre la gente que a duras penas transitaba por entre las aceras y las
bicicletas. Podía haberme dado la vuelta en cualquier momento, ¿qué
necesidad tenía yo?, ¿a mí qué me importaba donde iba ese chico? Pero
algo me decía que tenía que seguir hasta el final.
El
chico giró hacia la izquierda y empujó una pesada puerta de madera
adornada con herrajes enmohecidos y desconchados. La puerta crujió e
hizo un esfuerzo con las dos manos para abrirla. El edificio era
antiguo, tal vez del siglo pasado, varios ventanales vertían sus ojos a
la calle. El tejado de un momento a otro parecía que se iba a venir a
tierra. La puerta se quedó entreabierta invitando a entrar a un patio
silencioso donde la luz penetraba tenuemente a primeras horas de la
mañana y poco a poco se iba reflejando en los charcos acharolados del
suelo provenientes del agua de haber regado las macetas. Colgaban de las
paredes multitud de plantas de todos los colores: geranios, tulipanes,
margaritas, pensamientos, dalias y una madreselva preñada de flores
trepaba por entre los barrotes de las ventanas y cubría la cal
envejecida de la casa. El mundano ruido del exterior se había disipado
en apenas unos segundos. Era una paz inmensa la que se sentía en ese
lugar. Una pequeña puerta en uno de los laterales del patio era la única
salida. Intenté llamar a aquel muchacho. Desapareció. Aún guardo la
sensación de paz que sentí en aquel repentino jardín en medio de tanto
ruido.
miércoles, 20 de febrero de 2013
Prevención de Suicidio
Con el siguiente relato conseguí la Primera Mención de Honor en el concurso de relatos cortos "II Memorial Conrada Muñoz" año 2011. Espero que os guste.
Como
si fuese un boomerang he entrado y salido de la prisión tres veces en
los últimos dos años. Cada vez que estaba dentro me prometía a mi mismo
que esa sería la definitiva, que pasara lo que pasara y aunque me
ofrecieran la luna no me iba a meter más en líos. Algunos de mis
compañeros siempre me dicen eso “de que vuelvo a casa” en cierto modo es
así, a pesar de que no la he sentido nunca como mía; nací en la cárcel
de mujeres de Alcalá de Guadaíra cuando mi madre estaba presa.
Los
primeros años de mi vida no era muy conciente de donde estaba, pasaba
los días a rebufo de mi madre y de las demás internas que me tenían como
su juguete. Mi madre entró en prisión por un delito de tráfico de
drogas. Apenas tenía diecisiete cumplidos cuando una mañana se dio
cuenta de que estaba embarazada. Tras comunicárselo a mis abuelos, éstos
lo primero que hicieron fue ponerla de patitas en lo ancho y llano de
la calle: “Vete, has deshonrado a tu familia” fue lo último que escuchó
cuando salía con sus escasas cosas y con la única preocupación en la
mente de dónde pasar la noche. Tal vez con el sol de la mañana
siguiente, y tras pasar la noche fuera de la casa, sus padres se
compadecerían de ella y la buscarían. Eso no ocurrió.
Mi
abuelo, con cincuenta años, alcohólico y desesperado para ganar un
jornal con el que alimentar al resto de sus hijos se le vino el mundo
encima al ver que su única hija, en la que tenía todas sus expectativas
puestas le había defraudado. Ahora sería la comidilla del barrio y
todos tendrían alguien a quien criticar. Ya estaba él para eso y el
resto de mis tíos, que según supe con los años tampoco andaban en buenos
pasos.
El
dueño de la pensión donde encontró el refugio que sus padres no le
dieron, se aprovechó de la cara de inocente de mi madre y la hizo que
se metiera en el mundo del trapicheo. Nadie sospecharía de una
adolescente con cara de niña. Mi padre la dejó tirada, no quiso saber
nada de mí. Con los años ha querido buscarme pero ahora he sido yo el
que ha pasado de él. Si se hubiera portado como un hombre en su
momento, tal vez mi vida y la de mi madre habría sido de otra forma.
Ella no se habría visto abocada a ese inframundo que es la droga. Tanto
va el cántaro a la fuente que al final acaba rompiéndose, no solo
mercadeaba sino que acabó consumiendo su propia mierda. En pocos meses
su vida cambió dando un giro de trescientos sesenta grados. Después de
su primera condena, vinieron otras y yo me vi tutelado por la Junta y
encerrado desde los cinco años en un colegio donde pasaban los días uno
tras otro a la espera de que apareciese mi madre o alguna familia que me
diera ese cariño del que yo tanto estaba falto. Fui viendo como
entraban y salían otros niños, aprendiz de los mayores y maestro de los
pequeños en las pequeñas travesuras y tropelías que realizábamos en el
colegio. De ellos aprendí lo que serían los cimientos de mi persona.
A
los catorce años volví con mi madre y al principio sí fue todo lo
idílico que siempre me había imaginado en las noches largas de invierno
cuando la desesperanza no me dejaba dormir y me abrazaba a la almohada
llorando como lo que era, un ser indefenso y débil que no había pedido
venir al mundo, y mucho menos en esas condiciones. Un año después ella
empezó a salir con un hombre que había conocido estando en prisión por
un programa de intercambio de amistad. Cuando Pablo, que así se llamaba,
salió de Carabanchel se vino a Sevilla al pequeño bajo mohoso que
teníamos alquilado en un barrio bastante conflictivo. Hasta ese momento
todo iba bien, mi madre se había limpiado estando en el talego y
trabajaba en la cocina de un bar. Después de todo volvíamos a ser una
familia. Ambos estábamos reinsertados en la sociedad, solo teníamos que
seguir viviendo.
Nada
más lejos de la realidad… Pablo nos hundió de nuevo en lo más misero
del mundo: la droga; y lo peor de todo, es que me arrastró a mí también
en esa vorágine en la que se convirtió nuestra existencia desde que
apareció por la puerta de casa. Tenía una mirada desconfiada, y una
sonrisa llena de picardía que embaucaba hasta el más listo. Sin darnos
cuenta mi madre y yo estábamos por los parques y las puertas de los
colegios ofreciendo a los niños un poco de “chocolate” o de “maría”. Yo
los enseñaba a liar los cigarros a los que no sabían y, poco a poco me
fui haciendo un nutrido grupo de colegas a los que les metía el veneno
en el cuerpo y ellos a cambio de un poco de “felicidad” me daban la
pasta que costaba su pequeño viaje. Así de paso, me enganché yo también,
primero a algo que me parecía inocente como son los porros para acabar
con la dama blanca enredada en mis venas como si fuera parte de mi
mismo.
Cuando
tenía el subidón de la dosis, creía que me iba a comer el mundo y no
era muy consciente de distinguir lo que estaba bien de lo que no; las
malas compañías y estar en un sitio indebido en el momento inapropiado
han hecho que el mundo me coma a mí. He venido de nuevo a la cárcel y
esta vez por una larga temporada. Las condenas de antes eran tonterías
comparadas con esta de homicidio. Algo de lo que me arrepiento muchísimo
y que no soy consciente de haber cometido. Las pruebas me acusan a mí y
hay testigos de ello. Así que ahora no me queda más remedio que
afrontar todo lo que me venga encima. Pero estoy hecho polvo, mi
autoestima es menor a la de un gusano que se arrastra por el suelo
esperando que alguien pase por encima y lo pisotee aplastándolo contra
el suelo mugriento y que no quede de él nada más que una manchita
recuerdo de su existencia.
Mientras,
ahí fuera en la calle, el mundo está asistiendo a un parto. Sí un parto
con contracciones agónicas para los más desfavorecidos que les provocan
unos dolores que no son posibles de aguantar. Envites que da la vida y
los pone como a mí de cara a la pared; metidos tras muros que los
apartan de una sociedad que ya nos los quiere. Eso provoca que la
delincuencia aumente, las cárceles se masifiquen; y sean incapaces de
reeducar al preso por falta de personal. Sometidos a unos horarios, a
unas normas de convivencia destinadas a hacernos que el regreso a la
calle sea más fácil. Haciéndonos participes de nuestra reeducación en
los módulos de respeto que deberían de ser obligatorios para todos los
internos en vez de voluntarios. Se asemejan a una vida real donde la
participación y organización es la base del respeto a los demás y a uno
mismo. Aunque el preso no tiene todo el seguimiento que debería tener
una vez fuera de la tutela del Estado y por eso volvemos a caer como
moscas a la miel.
Mientras
estamos entre rejas el mundo de fuera se ve lejos, es una realidad
paralela a la que vivimos imposible de alcanzar en mucho tiempo para la
gran mayoría de los internos. Pero aquí dentro sufrimos la ausencia de
la familia, de los amigos, nos privan de libertad pero tenemos acceso a
la cultura, se puede estudiar para mejorar nuestra formación. Tal vez
algún día esa mejora de nuestras capacidades laborales se vea
recompensada con un trabajo en la calle en el mejor de los casos. Aunque
afuera son muchos los que tienen que delinquir para seguir subsistiendo
ya que el sistema económico está en entredicho y hace aguas por todos
los lados y muchas familias se han visto de la noche a la mañana sin
nada. Algunos, aquí dentro tienen trabajo en un destino remunerado que
les permite tener algo de dinero y no sentirse del todo un parásito de
la sociedad. Aunque mucho de ese dinero va a parar a las manos de otros
internos -los más avispados- que se dedican dentro en los patios a
intimidar a los que somos más débiles y a seguir intoxicándonos con
sustancias que por ley están prohibidas y aún más si cabe dentro de los
establecimientos penitenciarios.
La
noche ha llegado ya, siento un nervioso que me recorre todo el cuerpo.
Es hora de tomar mi medicación. En la cama de abajo mi nuevo compañero
–un interno de apoyo- está leyendo un libro que ha sacado de la
biblioteca. Me ha dicho el titulo, pero ahora no lo recuerdo. Tiene que
ser entretenido, apenas se mueve entre las sábanas, no se da cuenta de
lo que hago. El silencio invade toda la celda, siento los latidos de mi
corazón cada vez más débiles, mucho más frío que hace unos instantes.
Me voy a poner cómodo, con un gran esfuerzo consigo estirarme y taparme
hasta el cuello. Se escucha el interfono, al otro lado el funcionario de
guardia llama a mi compañero
-¡Buenas noches! Lozano ¿me escuchas?
-Sí
-¿Está tu compañero bien?
-Sí, acabamos de hablar.
Mi compañero sigue leyendo y yo cierro los ojos e intento descansar de una vez y para siempre.
sábado, 16 de febrero de 2013
Despertar
Nunca imaginé que tu ausencia doliera tanto,
que el vacío fuese tan grande.
Nunca sentí que la soledad
podría envolver más que la noche.
Nunca pensé que los colores
no tenían ya brillo, ni que los pájaros solo
harían ruido.
Nunca imaginé que lo importante de mi mundo
carecería de sentido.
Miro atrás y no sé si todo fue un sueño,
pero me alegro de haberlo soñado
aunque fuese por poco tiempo
contigo.
viernes, 15 de febrero de 2013
Gracias Cristina.
perfumederosasregalosamigos.blogspot.com.es
El otro día recibí la sorpresa de manos de Cristina y me dio este regalo. Muchísimas gracias Cristina por pensar en mi y querer compartirlo conmigo. Debo nombrar al menos tres libros de los que he leído en el año 2012 y que me hayan gustado más y otros tantos de los que quiero leer en el 2013. Pues bien, mis libros son.
Me gustaron en el 2012:
-Barúc en el río de Rubén Abella.
-El alquimista de Paulo Coelho.
-El puente de los asesinos de Arturo Pérez-Reverte.
Quiero leer en 2013 más que nada porque llevan bastante tiempo en mi librería:
-El tiempo entre costuras de María Dueñas.
-Un mundo sin fin de Ken Follet.
-Las brujas y su mundo de Julio Caro Baroja.
Compartirlo al menos con tres blogs.
Compartirlo al menos con tres blogs.
domingo, 10 de febrero de 2013
A veces me repito.
Quiero recuperar hoy el primer relato que escribí y el primero que mandé a un concurso literario. Le tengo especial cariño no sólo por permitirme ganarlo sino por aquello que dicen que el primer parto literario es siempre el más dulce. Algunos ya lo conocéis pero los recién llegados supongo que aún no habéis buceado lo suficiente como para encontrarlo. Espero que lo disfrutéis.
MAÑANA DE SAN JUAN
Cada noche, antes de dormirse, Amalia realizaba el mismo ritual. Una vez en la cama, rezaba a sus santos y le hacía una pequeña oración a las ánimas benditas; para que la despertaran pero sin asustarla por la mañana. Era una costumbre que había cogido sin darse ni cuenta desde que era una niña. Esa mañana escuchó un pajarito cantar, y el canto suave la despertó. Encendió la lamparilla, y vio que el viejo reloj que había encima de la mesita iba a dar casi las seis de la mañana. Aún no clareaba el día. Agarró su ropa y salió despacio del dormitorio para no despertar a Mariano, su marido.
Después de asearse en el cuarto de baño, se recogió su
pelo ensortijado y canoso en un moño bajo y se vistió. Puso en la
hornilla, un poco de leche a calentar en un cazo de porcelana
desconchado por los años, mientras se preparaba la talega que se
llevaría al campo ese día. En ella metió un trozo de pan y un poco de
queso que le servirían de almuerzo a media mañana.
Era
la época de la siega, y el día anterior estuvo con su marido segando
los últimos bancales de habas, en uno de los campos que años atrás había
heredado de sus padres.
Amalia
no quiso despertar a su marido, estaba delicado y tenía una reunión a
las diez de la mañana en la Comunidad de Regantes, para establecer los
turnos de riego de los campos. El verano había llegado y las mermas de
agua en las acequias se hacían notar.
Amalia,
ese día tenía prisa en llegar al campo; quería ver la rueda de Santa
Catalina, como tantas veces la había visto desde que era niña con sus
padres, cuando los acompañaba al sembrado. Tras el solsticio de verano,
llegó la noche de San Juan, y por la mañana del día veinticuatro, en el
sol se veía como si una rueda girase dentro de él y por nada del mundo
quería perderse ese momento mágico, que tantos recuerdos le traía.
Ilusionada, deseaba meter sus toscas manos en el rocío de la mañana; que
según las leyendas curaba múltiples enfermedades y hacía hermosa y
joven a quien se embadurnara con él.
Llegó
exhausta a la finca, después de subir la cuesta empinada y larga que la
separaba del pueblo. Era consciente de sus muchos años y de que estaba
muy oronda, para realizar ya esas tareas en el campo; pero también el
pobre Mariano era bastante mayor que ella y la fatalidad quiso que su
único hijo, muriese con solo dos años de unas fiebres. Nunca más tuvo
hijos, y este nació cuando ella tenía casi los cuarenta años. No le
quedaba más remedio que ayudar en lo que podía a su marido.
Se sentó debajo de una higuera que había en un lado del terreno.
Todo
sembrado de gavillas de matas de habas secas; para serenarse un poco
antes de comenzar a llevarlas a la era, donde otro día serían trilladas.
Acomodando su espalda sobre el tronco, se puso a contemplar el baile
del sol que ya había salido del todo.
El
viento mecía suavemente las hojas de la higuera y acariciaba su cara;
cerró los ojos y la nostalgia de la juventud la llenó de recuerdos de
otras mañanas, en las que como en esa todas las muchachas iban al campo,
al río o a las fuentes, y la noche anterior los
muchachos colgaban ramas en las puertas de las mozas que pretendían, de
diferentes árboles según sus intenciones; toda esa remembranza hizo que
sus ojos se llenasen de lágrimas. Se acordó de José, un novio que tuvo
muchos años antes de casarse con Mariano.
Aún
podía recordar el último beso que le dio José, sentados en el banco de
la plaza de la iglesia el día de las fiestas patronales, después de que
le diera una fotografía que se había hecho el día anterior, y que él
guardó como el más preciado de sus tesoros. En un descuido la cogió de
las manos y, acercándola hasta su pecho, le puso dulcemente los labios
sobre su frente, luego la miró a los ojos y le dijo que era la chica más
guapa de toda la plaza, y que quería casarse con ella. Amalia se
sonrojó y bajó la mirada con una tierna sonrisa dibujada en su cara casi
angelical. Apenas tenía dieciocho años y José era el primer hombre del
que se había enamorado. Era el hijo de una prima de su padre, el mayor
de los tres varones, luego estaba Margarita, la pequeña de la familia y
su mejor amiga desde la infancia. Amalia vio desde niña a José cuando
iba a visitar a su prima a su casa, y entre risas y juegos sin malicia,
fue creciendo a la par que ella lo hacía, algo que cuando llegó a la
adolescencia se dio cuenta de que no era el amor filial que le tenía a
los otros hermanos de Margarita, era diferente; se sonrojaba cuando la
miraba a los ojos directamente, y cuando le dirigía algún cumplido.
Llegando incluso, a sentir un cosquilleo en el estómago cuando se
cruzaba con él, o cuando le hablaba más de dos frases seguidas estando a
solas. José tenía los
veintitrés recién cumplidos. Estaba en la edad de formar una familia
propia, de buscar una novia, y después de un tiempo de noviazgo no
demasiado largo, casarse. Amalia era la chica ideal, de buena familia,
su mocedad aseguraba aún más su castidad, y era muy guapa. Sólo que por
ser primos segundos, tendrían que pedir “dispensa papal” para poder casarse, pero eso no era ningún inconveniente. Sin embargo, todo se truncó.
Corría
el mes de septiembre de 1937, apenas las luces del día se habían
extinguido cuando dos golpes secos se escucharon en la puerta principal
de la casa de don Jaime, el practicante del pueblo, un hombre de buena
estirpe y que no se metía en nada, solo su trabajo y su familia eran lo
único que le importaba. Don Jaime era un hombre muy querido en todo el
pueblo, fervoroso cristiano que iba a misa cada domingo y fiestas de
guardar como mandaban los preceptos. Lo único que desentonaba en aquella
casa era el carácter izquierdista de su hijo mayor José, que más de un
quebradero de cabeza le había dado al padre; por meterse donde no le
llamaban como constantemente le decía su madre.
-¿Está José?- dijo el más alto de los dos hombres vestidos de negro que estaban franqueando la puerta de la casa.
-Buenas noches, sí si está- dijo Amparo su madre, pensando que serían amigos de él.
Sin
mediar palabra entraron los dos hombres a la casa del practicante;
mientras los que les acompañaban esperaban fuera armados, rebuscaron por
todas las habitaciones de la primera planta, entre gritos y quejidos de
uno y otro lado. Las voces le llegaban a José que estaba en la terraza
intentando huir por los tejados, pero no tuvo oportunidad de escapar. Lo
cogieron por los brazos y lo tiraron al suelo, allí le ataron las manos
a la espalda, su madre no dejaba de gritar, sus hermanos también;
Margarita era la única que asistía impávida y en silencio a toda aquella
escena.
-¿Dónde lo llevan?- gritó su madre aterrorizada.
-Donde
debe de estar- dijo uno de los hombres cuando salían de la casa
llevándose a la fuerza a José- Así aprenderá a estar callado.
Toda
la familia asistió a la detención del hijo mayor, y vieron como lo
montaban en un camión que había al final de la calle; el destino era
predecible…
La
noche fue muy larga, y los días restantes también. La alegría de
aquella familia se convirtió en un luto que duró a sus padres hasta que
murieron. Amalia cuando supo todo lo sucedido entró en una profunda
depresión.
Con
el paso de los años aquella pena se fue atenuando y estaba próxima a
cumplir los treinta y cinco años cuando accedió al noviazgo con Mariano.
Un hombre soltero del pueblo, unos años mayor que ella, aunque era
dechado de virtudes y que llevaba muchos años enamorado de Amalia.
Mariano convino con los padres de Amalia la boda si ella estaba de
acuerdo, claro. Y tras un noviazgo corto, pues los años apremiaban para
los dos si querían tener hijos se casaron una mañana del mes de mayo a
las diez de la mañana en la iglesia del pueblo, junto con algunos de sus
familiares y amigos. La celebración de la boda fue sencilla, como se
llevaba en aquella época, una comida familiar. Esa misma noche se fueron
de viaje de novios unos días a Madrid y después a Toledo. De regreso le
esperaba su nueva casa y su vida aunque cómoda al principio, no estuvo
exenta de algunos sacrificios con su marido.
Amalia
secó sus lágrimas con el dorso de su mano y una vez que se serenó,
apartó la mirada del sol y comenzó a cargar los haces a la espalda, y,
despacio los iba llevando uno a uno hasta la era que estaba contigua a
la finca.
La
mañana que amaneció fresca se tornó soleada; el calor alrededor de la
una del mediodía era el indicativo de que Amalia tenía que volver a
casa, pues ya no era posible estar más tiempo en el campo. Agarró sus
cosas, y empezó el camino de vuelta, con un sol de justicia que le
quemaba por encima de sus ropas. Se quitó el pañuelo negro que siempre
llevaba puesto desde lo de su hijo, con la intención de agitarlo para
hacerse aire.
Se
sentía cansada, muy mareada con ganas de vomitar y calambres en ambas
piernas, que ella achacó al duro trabajo realizado y a que con las
prisas no se tomó sus pastillas para la diabetes. Destapó su cantimplora
de agua, pero no le quedaba nada. Iba andando por el camino, que cada
vez se le hacía más largo, la boca la tenía seca como la tierra de los
campos. Cada cinco o seis pasos se paraba a descansar, dejándose caer en
una orilla del camino. Apenas corría una brisilla caliente que lejos de
refrescarla, la achicharraba más. Cada vez se sentía más débil, la
cabeza le estallaba. Amalia pensó que nunca llegaría a su casa. Ya en el
pueblo, se acercó a la fuente de piedra de la que manaba un pequeño
hilito de agua, mojó su pañuelo y lo acercó a su cara para recuperar el
aliento, metió las manos y se echó puñados de agua para aliviarse por
encima, en su pelo, detrás del cuello, y se colocó el trapo chorreando
de agua en la cabeza. Bebió agua para calmar su sed. Aquello pareció
aliviarla un poco, justo lo que necesitaba para llegar hasta su fresca
casa. Unos pocos metros la separaban del portón de su vivienda cuando
Amalia no pudo más, y cayó al suelo debido
a una insolación ante la mirada atónita de sus vecinas. Todas acudieron
en su auxilio. La levantaron del suelo como pudieron, afortunadamente
pasaba en ese instante un muchacho que ayudó a las vecinas a llevar a
Amalia hasta su casa. En su casa estaba Mariano que hacía poco rato que
había llegado de su reunión.
El
joven les dijo que le pusieran toallas de agua fresca, que trajeran
abanicos. Había su sufrido un golpe de calor, lo importante ahora era
refrescarla lo antes posible, darle líquidos a temperatura ambiente y
con un poco de sal para hidratarla, jamás agua fría ni frotes con
alcohol.
-Mariano rápido llama al médico- le dijo la vecina mientras le quitaba la ropa y la sentaba en un sillón con la cabeza alta.
Amalia empezaba a recobrar la consciencia y se quedo más blanca si cabe al ver al joven.
-¿José?- murmuró
Todos se quedaron un poco sorprendidos, -¿quién es José?- dijeron.
-José me estoy muriendo, ¿Has venido a por mi?- decía Amalia mirando al joven.
El desconcierto era la tónica de todos los allí presentes. Mariano entró al salón acompañado del médico en esos instantes.
- Lo primero ponerla fresca, ya veo que lo habéis hecho. Hacerle un litro de agua con una cucharada de sal- dijo el médico.
-Si, este muchacho nos ha dicho eso don Roberto- dijo la vecina.
-Amalia ¿te notas calambres?
-No… bueno si, ¿Pero que hace José aquí?- balbució Amalia.
-Lleva todo el rato diciendo eso don Roberto- apostilló la otra vecina.
-Es normal puede tener alucinaciones, esta en estado de shock debido
al calor. Me quedaré aquí contigo un ratito, a ver si mejoras- dijo el
médico- vosotras podéis iros a casa, menos mal que no le ha pillado
sola. Te tengo dicho Amalia que estás muy mayor para ir al campo y que
tienes muchos problemas de salud que te tienes que cuidar….
Todos salieron de la casa, las vecinas y el joven. En la calle el muchacho les preguntó a las vecinas si sabían donde vivía Margarita Montilla.
-
Margarita se fue cuando se casó a Cáceres con su marido. Hace muchos
años de eso ya, sabe Dios si todavía vivirá…-dijo una de las vecinas.
-¿Y no hay nadie de su familia en el pueblo ya?
-Pues
sí, la pobre Amalia es prima suya. La que acabamos de recoger en la
calle. ¡Con estos calores nos va a dar algo Dios mío! Y eso que todavía
no ha llegado el mes de agosto- exclamó la anciana.
-Gracias- dijo dándose la vuelta y volviendo a tocar en casa de Amalia.
-¿Puedo
entrar?- dijo el joven con un pie puesto en el tranco de entrada, que
hacía ver que tenía intención de adentrarse de nuevo en la vivienda.
- Sí, si pase usted- contestó Mariano un poco sorprendido por la presencia de nuevo de aquel extraño en su casa.
-Discúlpenme,
estoy buscando a Margarita Montilla, que es mi tía y su vecina me ha
dicho que su esposa es prima de mi tía- dijo el joven mientras se
sentaba en una silla contigua al sillón donde Amalia permanecía aún,
visiblemente recuperada.
-Don
Roberto, muchas gracias por venir,- dijo Mariano mientras hacía el
gesto de acompañar al médico hasta la puerta- menos mal que se ha
recuperado pronto y no la hemos tenido que llevar al hospital.
El silencio se hizo en la habitación. A Amalia le latía de nuevo el corazón con fuerza.
-¿Y de quien es usted hijo?
- Yo soy nieto de un hermano de Margarita.
-¡Ah! - dijo Amalia- ¿y de quién?
-Bueno…Ya
han pasado muchos años….Mi abuelo antes de morir, me dio una fotografía
que había guardado toda su vida. Me pidió que viniera al pueblo y que
buscara a ver si quedaba alguien de nuestra familia. Pensó que mi tía
viviría todavía porque era la más joven de todos los hermanos….-el joven
tragó saliva antes de seguir hablando-
me dijo que viniera a buscarla para que me conociera, pues mi madre
murió hace unos años y era la única hija de mi abuelo. Yo soy hijo
único, la única familia que me quedaba en mi tierra era mi abuelo.
-Madre mía, muchacho ¿Quién es tu abuelo?- dijo Amalia abriendo los ojos a la par que la boca.
-Mi abuelo murió en enero, y todo este tiempo he estado dudando si debía venir o no venir. Mi abuelo era José….
-
José… ¿Qué José?, el único hermano de Margarita que se llamaba así lo
mataron en la guerra civil hace sesenta y cinco años. ¡No digas
tonterías muchacho!
-No
señora, no murió. Sé que es difícil de creer, pero mi abuelo no murió
aquella noche. Los que lo mataron, o los que creían que lo habían matado
solo lo hirieron de gravedad, pero no de muerte. El se quedó quieto
entre todos los cuerpos tirados en aquel barranco. Aprovechó la
confusión de los asesinos, y
muy despacio amparado en las sombras logró escapar. Se metió en una
oquedad que había en la pared del barranco. No podía volver a la casa
familiar, y se fue caminando de noche y escondiéndose de día. Así logró
llegar a la frontera y escapó a otro país. Mi abuelo pensó que tal vez
sería mejor para todos que lo creyeran muerto, aunque toda su vida tuvo
deseos de volver a este pueblo- el joven metió la mano en su mochila y
sacó una fotografía de su cartera con las esquinas rotas por los años y
se la extendió a Amalia.
-Mi
abuelo me hizo prometer que buscaría a esta mujer, la amó toda su vida.
Me pidió que si estaba muerta le llevase flores a su tumba y que si no
lo estaba, se la devolviera a ella.
-¡Dios
mío!- gritó- Es imposible, soy yo. Es la foto que le di cuando él me
pretendía- Amalia cogió la fotografía y la acercó a su pecho, se quedó
muda y sus lágrimas brotaron de sus ojos y las dejó correr por sus
mejillas como si fuese la lluvia que limpia el barro después de una gran
tormenta.
Amalia le dio la vuelta a la fotografía y detrás de ella se podía leer:
“Sin ti mi vida no ha tenido sentido”
El silencio se apoderó de toda la estancia y ninguno de los tres dijo nada más. Ya no era necesario, todo estaba dicho.
miércoles, 6 de febrero de 2013
Dicen por ahí.
Dicen que el primer amor es el que nunca se olvida, yo disiento, a veces es el último. Dicen que somos lo que recordamos. Dicen que a pesar de ser seres individuales, todos estamos conectados de una forma u otra y que sin los demás no seríamos nada. Dicen que el que pega primero pega dos veces y, dicen también que la sociedad está cambiando. Aunque el pez pequeño nunca le dará un sólo bocado al pez grande, y éste en su habitat seguirá siendo el rey y todos los pececillos lo mirarán con miedo y reverencia y se guardarán sus desprecios para cuando no estén en su presencia. Dicen que el que calla otorga y que es una imprudencia decir según que cosas, pero a veces, los oidos de los pececillos esperan la explicación sin verborrea de los peces grandes y por desgracia, esta nunca llega.
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