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Tranquility

jueves, 6 de septiembre de 2012

Final





Viví a la deriva
Como un barco sin puerto
Oteé el horizonte
Sin llegar a encontrarlo.
Libré mil batallas
Para vencer mi tristeza
Con gentes sin rostro
Sin llegar a ser una proeza.
Paré mis pies
Y se detuvo el tiempo
Cerré mis ojos
Y agonizaron mis sueños.

viernes, 31 de agosto de 2012

Trío





Llegaste a la hora prevista, cuando el sol anaranjado daba paso a una noche en ciernes que prometía ser intensa. Apenas habías cambiado nada desde la última vez que nos vimos. Los mismos ojos, el mismo pelo (cuántas veces soñé con tocar tu pelo), tu cuerpo no denotaba tu reciente maternidad. Por delante teníamos tres semanas de vacaciones en las que hacer todo eso que añoraba: un simple paseo, ir a la playa y por qué no salir a cenar. Sólo por eso merecía la pena haberme casado con tu madre.

jueves, 23 de agosto de 2012

A los desaparecidos.




Una voz se escucha,
"Que olvide el que quiera"...
Yo desde este lugar,
no sé si reír o llorar.
No puedo sentir ni oír
pero siento y oigo,
debajo de la cal sepultado.

En parajes donde ahora nacen flores,
alegres campanillas, rosas de pitiminí,
amapolas o girasoles.
Umbrías de barrancos donde las zarzas
se enredan unas con otras,
como nuestras manos, y nuestra sangre
derramada, mezclada y olvidada.

Dichosos los lugares donde
sobre nuestros cuerpos
cubiertos por tierra fecunda,
se levantan estatuas sin rostro,
monolitos que nos recuerdan.
Donde los olivos de las ánimas,
crecen y sus ramas lánguidas
nos lloran.

Ahora hemos vuelto,
encontrados todos al fin podremos disfrutar,
de una puesta de sol,
de una lluvia fina,
del llanto de nuestros nietos,
del amor que no vivimos...
De un paisaje hermoso y no agreste
como es éste donde nos hayamos.

domingo, 19 de agosto de 2012

Cita en el parque


Salí de casa a la hora acostumbrada. Me aseguré de que llevaba todo lo imprescindible en mi bolso: las llaves, el monedero, el móvil y sobretodo la foto de la persona con la que me iba a encontrar en el parque. Era un poco tarde, la noche ya había hecho presencia en las calles. Me arreglé ligeramente mi abrigo, coloqué mi pelo y en un escaparate comprobé que mi vestuario estaba espléndido. Después de todo aún soy una mujer hermosa, no tengo de qué quejarme, algunas de mis amigas han envejecido bastante peor que yo. Tal vez demasiado solitaria, pero de vez en cuando busco la compañía de alguien con quien robar el tiempo a mi reloj. Un ligero escalofrío recorrió mi cuerpo, y los nervios se alojaron en mi estomago; una arcada ácida subió hasta mi boca. Lo había hecho otras veces, esta no era la primera vez que me citaba con alguien a estas horas. Debería de esta acostumbrada ya a esta sensación.
Ahí está al lado del árbol de Judas, siempre quedo al lado de esta planta así no hay pérdida, me aseguro de que todos conozcan ese lugar del parque antes del encuentro. Es más privado, menos transitado… Impecablemente vestido (igual que en la foto) con una gabardina negra oculta su rostro con un sombrero de ala también de color negro. Me voy acercando, paso a paso, miro en todas las direcciones, nadie me está siguiendo. Por fin, por fin lo voy a ver, lo que tanto he deseado al fin será mío.
-Señora, aquí tiene las fotos de su marido con su amante un par de horas antes del crimen- dijo metiendo su mano derecha en el bolsillo interno de su gabardina.
Ahora tenía a mi marido en mis manos…

martes, 14 de agosto de 2012

La Mentira






 Angélica cogió una copa de vino, y la miró detenidamente. Trataba de buscar en ella algo que la reviviera en ese instante. No había nada que la hiciera reaccionar, se sentía perdida. Una mentira piadosa había sido la culpable de todo lo que le estaba pasando ese día. Por mucho que ella le había dicho, no era suficiente para que Alberto la perdonase. Ya no confiaba en ella. Se había roto la magia; ese hilo invisible que los unía, y que por muchas vueltas que diera la vida, por muchos nudos que se le hicieran jamás se partiría. Cerró los ojos, como queriendo borrar todo lo que vivió, la imagen de Alberto enfadado, gritando mientras cogía sus cosas. Aún resonaba en sus oídos el golpe de la puerta cuando éste salió de casa.
   Ella seguía mirando la copa de vino tinto, rojo como la sangre. La suya le hervía en las venas después de toda la ofuscación. En el otro lado de la mesa estaba la copa de Alberto, sola en una esquina al lado de la botella. Una  botella de vino tinto, que pretendía ser el elixir de una noche de amor, una noche que la desventura tornó en desidia. Alberto se sintió engañado, ninguneado cómo si Angélica hubiera estado jugando a dobles con él y con su ex pareja.
  Cogió la copa de vino, y después de secarse las lágrimas, la llevó a sus labios y bebió. Luego, levantó la copa y la miró para ver los destellos granates, olió el aroma intenso afrutado y con un toque de vainilla. Volvió a beber, era fresco, ligero y con la acidez justa. Se sintió aliviada, al menos sus nervios se relajaron un poco; el vino le ayudó a aguantar el envite del llanto. Se dejó caer en el sillón, en silencio, con la mirada perdida en ninguna parte. Sus pensamientos alborotados, como también lo estaba el salón. Por más que se preguntaba a sí misma, no entendía cómo había acabado la noche así. Cada uno por un lado y la mesa puesta con las copas de vino que eran los únicos testigos de lo que allí había pasado. Dos copas tulipas, que parecían que se reían burlonas de toda la escena. Nunca imaginó que acabaran las cosas así, era la única persona que de verdad le había interesado en la vida. La única que le había enseñado lo que significaba que la quisieran. El único hombre con él que la palabra amor tenía significado. Por no hacerle daño, retrasó contarle una cosa, y fue su perdición, el creía que otras veces también le había mentido.  El llanto acampó de nuevo por el rostro de Angélica, entre suspiros y sollozos se quedó dormida con las primeras auras del día.
   La cerradura de la puerta crujió con el giro de la llave desde el exterior. Alberto llegó a la casa y se encontró todo tal y como la noche anterior se había quedado. Lo único diferente era la botella de vino ya vacía, tirada en el suelo junto al sillón donde dormía Angélica. Su copa de vino, estaba intacta en el mismo sitio donde la puso la noche pasada. Corrió las cortinas y se sentó en el sillón situado al lado del que ocupaba Angélica. En silencio esperó que ella se despertara, sin decir ni una palabra. Un mal entendido no podía acabar con cuatro años de amor, él no la quería perder.
  Los rayos del sol entraban por la ventana, acariciaban la cara de Angélica haciéndola si cabe más hermosa a los ojos de él. Despertó y lo vio sentado en frente de ella, no supo qué decir. Alberto se levantó y la cogió por sorpresa de la cara, y la besó en los labios y luego en la frente.

sábado, 11 de agosto de 2012

Sirenas





Apuraba la colilla del cigarro y la última calada le llego hasta lo más profundo de sus pulmones. Una tos fuerte le sobrevino y en apenas unos segundos sintió que se iba de este mundo. La saliva le cortaba el transito del aire hacia sus pulmones encharcando su boca y provocándole que su cuerpo se doblara buscando la postura en la que poder escupir y salir de ese túnel de muerte en el que se había metido. El médico le tenía prohibido fumar, además de otras cosas, pero poco le importaba ya; el forcejeo había acabado con su mejor amigo y las sirenas de la policía se escuchaban en la calle.

domingo, 5 de agosto de 2012

El transeúnte



 Era realmente un muchacho extraño, caminaba ensimismado por entre la gente. Daba lo mismo que fuese verano o invierno él siempre vestía la misma chaqueta de cuadros escoceses y unas botas militares. Su pelo, largo y con una cola hecha de innumerables rastas, tenía un color mugriento. No debía tener más de treinta años pero parecía tener toda su vida vivida. Su cara de bobalicón daba pena a quiénes lo observábamos y cuando te miraba te hacía sentir un escalofrío que te recorría todo el cuerpo. Un día me atreví a seguirlo. Aparqué mi coche junto a un banco del paseo por el que él caminaba. Dejé varios metros de distancia entre él y yo, aunque si hubiese ido pegada a sus hombros estoy segura de que ni siquiera habría sido consciente de mi presencia. En el fondo me daba un poco de miedo pero la curiosidad era más pertinaz que mi desconfianza.
Caminaba por entre callejones estrechos impregnados de aromas entreverados de azúcares y fritangas de las cocinas. Aligeró el paso y con las manos en los bolsillos parecía que más que caminar interpretaba una marcha militar. Yo comencé  a sentir que mi corazón se agitaba, mi paso en un principio suave, se tornaba casi en una pequeña carrera para no perderlo entre la gente que a duras penas transitaba por entre las aceras y las bicicletas. Podía haberme dado la vuelta en cualquier momento, ¿qué necesidad tenía yo?, ¿a mí qué me importaba donde iba ese chico? Pero algo me decía que tenía que seguir hasta el final. 
El chico giró hacia la izquierda y empujó una pesada puerta de madera adornada con herrajes enmohecidos y desconchados. La puerta crujió e hizo un esfuerzo con las dos manos para abrirla. El edificio era antiguo, tal vez del siglo pasado, varios ventanales vertían sus ojos a la calle. El tejado de un momento a otro parecía que se iba a venir a tierra. La puerta se quedó entreabierta invitando a entrar a un patio silencioso donde la luz penetraba tenuemente a primeras horas de la mañana y poco a poco se iba reflejando en los charcos acharolados del suelo provenientes del agua de haber regado las macetas. Colgaban de las paredes multitud de plantas de todos los colores: geranios, tulipanes, margaritas, pensamientos, dalias  y una madreselva preñada de flores trepaba por entre los barrotes de las ventanas y cubría la cal envejecida de la casa. El mundano ruido del exterior se había disipado en apenas unos segundos. Era una paz inmensa la que se sentía en ese lugar. Una pequeña puerta en uno de los laterales del patio era la única salida. Intenté llamar a aquel muchacho. Desapareció.  Aún guardo la sensación de paz que sentí en aquel repentino jardín en medio de tanto ruido.

viernes, 27 de julio de 2012

Amor persistente


Atardecía. Las primeras sombras de la noche dejaban entrever los cuerpos a través de  las ventanas que tenían las luces encendidas del edificio. Se levantó un suave viento que acariciaba mi cara y mecía las hojas de los árboles del parque en el que estaba sentado esperándola. Había soñado tantas veces con encontrarme con ella ahí, cara a cara, a la salida del colegio. Me arreglé mi chaqueta, la sacudí concienzudamente para eliminar la más mínima partícula que pudiera entorpecer el encuentro. Movía mi cabeza en todas las direcciones, y nadie aparecía. Bueno, sí, pero eran personas anónimas que nada me decían, solo caras levantadas al frente con un caminar casi mecánico que los llevaban de un lado de la ciudad hasta otro. Abuelos con sus nietos, que  cuidaban mientras sus padres atesoraban bienes con los que subsistir por medio del trabajo, pues riquezas pocas... Jubilados que jugaban a la petanca, perros ansiosos del espacio cercenado por sus dueños en minúsculos pisos, madres con sus hijos, corrillos de abuelas que contaban chascarrillos de tiempos pasados y sus risas, que se escuchaban desde donde yo estaba, y que alguna vez arrancaron la mía
Era a la vez una mezcla de ruido y silencio, yo permanecía sentado con todos mis sentidos alerta para ver si pasabas por delante de mis ojos que te buscaban con toda la ansiedad que podía. Día tras día, estaba ahí sentado con la única ilusión de verte. “Tal vez se acuerde aún de mí” pensaba dentro de lo más profundo de mi ser, al fin y al cabo fuimos compañeros de clase durante muchos años; aún recuerdo el olor que desprendías al pasar delante de todos los niños, lavanda. ¿Seguirás oliendo a lavanda?
Se abrieron las puertas del colegio, salieron los niños en desbandada, como siempre. La algarabía que formaban me transportó a nuestros años de inocencia plena. Me puse mis gafas, para poder verte. Mis ojos ya no son lo que eran, apenas sí distingo una “Be” grande de una “uve” chica.
Ahí estabas tú, en la puerta de madera que tantas veces habíamos cruzado juntos, que nos aislaba del mundo para enseñarnos lo que era el mundo... y cómo sobrevivir en él.
Han pasado los años, te sigo viendo hermosa, ya no luces la lozanía de antaño. Pero mis ojos entristecidos y achicados por los años siguen viendo a esa niña saltarina, rubia, con trenzas atadas con lazos de múltiples colores, que se sonrojaba con una miraba, y que me regalaba un dulce e inocente beso en la mejilla cuando le ofrecía una chocolatina. La vida nos llevo por diferentes caminos, a mí por el lado  equivocado y a ti por las manos de  Dios.
Cada día vendré mientras me queden fuerzas a ver cómo te despides de los niños del colegio e imaginaré que esas sonrisas son para mí, y esos besos que lanzas con tus débiles manos también son míos. Me sentaré en este banco con la esperanza de que alguno de estos días te fijes en este viejo, aunque mi cara ajada por los años no te devolverá la imagen que tenía el día en que nos dimos nuestro único beso.

domingo, 15 de julio de 2012

Realidad poliédrica




La altivez con la que me miraba Marta cuando éramos niños siempre hirió mi amor propio. Cada vez que acompañaba a mi madre a casa de los Sres. Pérez cuando les llevaba la cesta con la ropa planchada y algunas cosas que ella les cosía; percibía un escalofrío que me recorría todo el cuerpo con la mirada de esa niña insidiosa que me hacía sentir inferior. Ella se pavoneaba con sus vestidos de niña rica llenos de lazos y volantes; mientras esperábamos que el ama de llaves  nos diese el siguiente encargo semanal.
    Yo, que no me he arrugado nunca ante nada y menos delante de una mujer; me crecía dentro de mis ropas desgastadas y modestas, mirándola por el rabillo del ojo y le hacía burlas mientras ella se encaprichaba por algo que su niñera al instante debía de darle; una mujer joven de aspecto mustio que apenas hablaba con nadie -no sé si por timidez o debido a su juventud, apenas tendría cinco o seis años más que Marta-.
    Han pasado los años, y aún sigo sintiendo cuando me cruzo con Marta esa sensación de inferioridad al dedicarme ella una de sus miradas de arriba abajo. A veces me da la sensación de que ella quiere hablarme, sin embargo, yo levanto mi cabeza con altivez y lo único que hago es un leve gesto con las cejas a modo de saludo; pues gracias a los esfuerzos de mi madre conseguí con los años no ser solo “Tomasito” el hijo de la planchadora, sino don Tomás el maestro del pueblo.
    Cada día cuando acaban las clases, ella viene a recoger a su hijo al colegio conduciendo su coche sin su chofer; me parece extraño pues bien podría venir  Amparo, “la mudita” -conocida así en el pueblo porque con solo mirar a los ojos a su pequeña Marta sabía perfectamente lo que quería, y nunca hablaba de lo que pasaba en casa de sus patronos- que al pasar de los años, se convirtió en una  buena moza pero que no consiguió novio y aún sigue en la casona familiar.
    Yo la observo desde lejos tras los cristales de mi aula. No quiero reconocerlo, pero creo que he estado enamorado de ella desde que era un crío; por eso prefería acompañar a mi madre cuando iba a su casa en vez de quedarme con los demás chiquillos jugando en la calle, a sabiendas del mal rato que pasaría.  Me doy cuenta que he vivido toda mi vida en una mentira, obcecado en esa imagen de mi infancia que me ha llevado a querer obviar a todas las mujeres que se me han acercado y que no han sido pocas. En todas encontraba algún inconveniente, vivían lejos, no querían vivir en un pueblecito  o simplemente eran insulsas. Mi madre siempre me decía: “Tomas, hijo mío, ¿Cuándo te vas a buscar una novia con la que formar una familia?” y mi única respuesta era “un día de estos madre”, y agarraba mi viejo portafolios de piel y salía de la casa con una sonrisa en la boca y un beso al aire para mi madre.  También he aguantado murmuraciones acerca de mi hombría por seguir soltero a mis años. Tengo el arquetipo de Marta en mi mente y sin darme cuenta he ido fijándome en ella y construyéndome mi propia realidad poliédrica, y en cada cara una visión diferente de la vida.
    Después de tanto tiempo aún no ha perdido ese porte que tenía de niña, su petulancia se ha visto mermada por las circunstancias que la rodean. El exquisito marido que le buscó su padre, se ha encargado de dilapidar la fortuna de la familia en negocios turbios y en casas de mala reputación. No es que me alegre de eso, al contrario; parecía un corderito manso el día de la boda y mientras todos les mirábamos, él preso del nerviosismo propio del acontecimiento y de verse en un pueblo que no era el suyo, no hacía nada más que tirarse de su pulcro chaqué. Ella, ufana e inocente de lo que se le venía encima, sonreía a todos los que  mirábamos pasar el cortejo por la arteria principal  del pueblo en dirección a la iglesia. Entre ellos yo, que veía como  ella se alejaba cada vez más de mí de lo que toda la vida lo había estado, si es que en algún momento  estuvo a mi lado.
    Muchas veces Marta venía al colegio con gafas de sol, a pesar de ser un día lluvioso, unas enormes gafas que ocultaban su rostro que se iba ajando con los años y se veía deslucida a pesar de ser una mujer todavía joven. Cuando llegaba la primavera y las demás madres acortaban las mangas de sus ropas y la tela de sus faldas, ella seguía tapada hasta los puños y los pies. El rictus de su cara siempre era el mismo, solo le salía una sonrisa franca cuando abrazaba a su hijo en las puertas de la escuela. Ahí sí que se le veía feliz. Era como si el mundo entero se iluminara y no existiera nadie nada más que ella y su pequeño Nicolás.
    Hoy no ha venido el niño al colegio, algo extraño ha debido de ocurrir, pues es un niño con una salud de hierro. Hoy me quedaré sin verla aunque sea de lejos. Cogeré mis cosas y me marcharé a casa pues mi madre, anciana ya, debe de estar poniendo la mesa y hasta que yo no llego ella tampoco almuerza.
   -¿Sabes lo que ha pasado hijo? Una desgracia, hijo, una desgracia. Anoche, al marido de la señora Marta Pérez, de mi “Martita” que la he visto crecer desde pequeña…
   -¿Anoche qué mamá, anoche qué?- la curiosidad me comía por dentro, sentí que algo malo había ocurrido.
   -Pues eso, que anoche en uno de esos sitios a los que va se ve que estaba más bebido de lo normal y en una pelea y tras apostarse todo al póker,  cayó al suelo y se golpeó la cabeza
   - ¿Y qué pasó?- le espeté a mi madre casi gritándole.
   -Pues que se dio un mal golpe y que lo han llevado muerto a su casa.       
    Salí corriendo sin comer y tirando el portafolio al suelo. Mi único interés era llegar a la casa de Marta, sabía que mi presencia de nada serviría pero había algo que me empujaba a ir.
La viuda estaba compungida al lado del ataúd de su esposo, vestida de negro riguroso con medias y pañuelo negro a pesar de alcanzar en el patio de la casa los treinta grados a la sombra de aquel mes de mayo que se presentaba más caluroso de lo habitual, y secaba sus lágrimas con tanto entusiasmo que no dejaban de mirarla los allí presentes uniéndose en su dolor.
Me quedé parado, viendo toda la escena, no podía acercarme a ella, había demasiada gente a su alrededor. No era el momento. Tal vez al día siguiente, en el cementerio podría darle mis condolencias.
Una vez el cuerpo del difunto fue sepultado y todos se iban marchando del cementerio. Ella permanecía allí, en frente de la tumba, con su inseparable niñera. No dejaba de llorar, pero en sus ojos se percibía un brillo diferente. Yo esperaba el momento de acercarme para darle mis condolencias; cuando antes de poner mi mano sobre su hombro pude escuchar lo que le decía “la mudita”
-No llores más mi niña, que no lo merece, ¿no te acuerdas de cuando te daba los correazos?
Se me cayó el mundo entero a los pies y sin decir nada salí de aquél cementerio.

jueves, 12 de julio de 2012

Insomnio





Todos duermen y yo, intranquilo, me levanto y voy hacia la cocina. Todo sigue en el mismo lugar que hace media hora, nada ha cambiado, la ventana entreabierta deja pasar la luz de la calle. El último vaso de leche reposa sobre el fregadero junto a los otros tres.
Sí es el cuarto vaso de leche que me he tomado, con su azúcar y un poco de ese café descafeinado de oferta del supermercado que compra mi mujer. Debería dejar de tomar tanta leche, no me sienta bien y el médico me ha dicho que no tolero la lactosa, ¿qué sabrá ese? Toda mi vida la he tomado y me ha sentado bien, desde niño con pan y sin pan, con azúcar y sin ella, con hambre y sin hambre. Lo que no me sienta bien es esta maldita vida que llevo siempre trabajando, no he tenido un solo día de descanso hasta ahora, y claro, a mis años ¿qué voy a hacer ya? “No eres necesario, vamos a prescindir de ti, es hora de viajar” Cincuenta malditos años de mi vida en el mismo sitio partiéndome el lomo por sacar la fábrica hacia delante. El nuevo director ha llegado con fuerza, es duro que te despidan, y, mucho más cuando es tu propio hijo.