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viernes, 6 de enero de 2012

Amor persistente


Atardecía. Las primeras sombras de la noche dejaban entrever los cuerpos a través de  las ventanas que tenían las luces encendidas del edificio. Se levantó un suave viento que acariciaba mi cara y mecía las hojas de los árboles del parque en el que estaba sentado esperándola. Había soñado tantas veces con encontrarme con ella ahí, cara a cara, a la salida del colegio. Me arreglé mi chaqueta, la sacudí concienzudamente para eliminar la más mínima partícula que pudiera entorpecer el encuentro. Movía mi cabeza en todas las direcciones, y nadie aparecía. Bueno, sí, pero eran personas anónimas que nada me decían, solo caras levantadas al frente con un caminar casi mecánico que los llevaban de un lado de la ciudad hasta otro. Abuelos con sus nietos, que  cuidaban mientras sus padres atesoraban bienes con los que subsistir por medio del trabajo, pues riquezas pocas... Jubilados que jugaban a la petanca, perros ansiosos del espacio cercenado por sus dueños en minúsculos pisos, madres con sus hijos, corrillos de abuelas que contaban chascarrillos de tiempos pasados y sus risas, que se escuchaban desde donde yo estaba, y que alguna vez arrancaron la mía
Era a la vez una mezcla de ruido y silencio, yo permanecía sentado con todos mis sentidos alerta para ver si pasabas por delante de mis ojos que te buscaban con toda la ansiedad que podía. Día tras día, estaba ahí sentado con la única ilusión de verte. “Tal vez se acuerde aún de mí” pensaba dentro de lo más profundo de mi ser, al fin y al cabo fuimos compañeros de clase durante muchos años; aún recuerdo el olor que desprendías al pasar delante de todos los niños, lavanda. ¿Seguirás oliendo a lavanda?
Se abrieron las puertas del colegio, salieron los niños en desbandada, como siempre. La algarabía que formaban me transportó a nuestros años de inocencia plena. Me puse mis gafas, para poder verte. Mis ojos ya no son lo que eran, apenas sí distingo una “Be” grande de una “uve” chica.
Ahí estabas tú, en la puerta de madera que tantas veces habíamos cruzado juntos, que nos aislaba del mundo para enseñarnos lo que era el mundo... y cómo sobrevivir en él.
Han pasado los años, te sigo viendo hermosa, ya no luces la lozanía de antaño. Pero mis ojos entristecidos y achicados por los años siguen viendo a esa niña saltarina, rubia, con trenzas atadas con lazos de múltiples colores, que se sonrojaba con una miraba, y que me regalaba un dulce e inocente beso en la mejilla cuando le ofrecía una chocolatina. La vida nos llevo por diferentes caminos, a mí por el lado  equivocado y a ti por las manos de  Dios.
Cada día vendré mientras me queden fuerzas a ver cómo te despides de los niños del colegio e imaginaré que esas sonrisas son para mí, y esos besos que lanzas con tus débiles manos también son míos. Me sentaré en este banco con la esperanza de que alguno de estos días te fijes en este viejo, aunque mi cara ajada por los años no te devolverá la imagen que tenía el día en que nos dimos nuestro único beso.

lunes, 2 de enero de 2012

¿AÑO NUEVO, VIDA NUEVA?





A estas alturas de año  los efluvios del alcohol ya se han disipado. Atrás quedaron las fiestas y las celebraciones para recibir al Año Nuevo, ese desconocido que nos aguarda para llenarnos de sorpresas. Y es que, con cada campanada, pedimos un deseo de diferente calibre; unos más mundanos que otros como es el caso: “un novio” “un coche nuevo” “aprender el idioma anhelado” “bajar esos kilitos que se nos han alojado en nuestro cuerpo” y otros que no lo son tanto y que son la pieza clave para poder llevar a cabo los susodichos: “salud, amor y trabajo”. Buenos propósitos que nos tienen ilusionados hasta mediados del mes de febrero y que la rutina se encarga de ir haciendo que caigan en saco roto. Cambio el dinero por trabajo, al menos aquí en mi país es la espada de Damocles del Gobierno (de éste, del anterior y al paso que vamos me temo que también lo será del siguiente).
Estamos en los primeros balbuceos de un año que viene muy marcado con tintes catastrofistas:

“El 2012 fin del mundo”

Es la frase del millón, todo el mundo la repite. Y todo porque se pusieron a estudiar un calendario que es circular, como es el calendario maya, y como todo circulo tiene un principio y un final…y vuelve a empezar, no es como nuestro calendario que es lineal y en principio no tiene fin. El cine, la televisión, todos los medios se están encargando por activa y por pasiva de meternos el miedo en el cuerpo. Sectas que bajo el cobro de un buen estipendio están haciendo su particular agosto para salvar almas antes de que llegue la tan temida fecha del 21 de Diciembre 2012. El planeta Nibiru, que nos iba a impactar, ¿Dónde está? Ya pasó y ni siquiera lo vimos…En cuanto a los terremotos, y demás catástrofes naturales, es normal que los haya. Desde la Pangea hasta ahora se han sucedido unos pocos… Los continentes se formaron a base de esos movimientos de las placas tectónicas. La tierra está viva y se va a seguir moviendo. Algunos se atreven a decir que estamos asistiendo a un “parto cósmico”, quién sabe lo que nos quedará por ver…
 Y yo me pregunto ¿si se va a acabar el mundo, es para todos o no? Lo mismo yo soy un poco ilusa y no me estoy dando cuenta de la gran mentira… El mundo no se va a acabar porque lo diga un calendario, sino porque lo destrozamos día a día con nuestras actuaciones ya sean unipersonales o del conjunto de las naciones. El mundo conocido se acaba por la más vil de las necesidades humanas: el dinero, la pasta, monei, esa pieza circular o en papel que nos trae a todos por la calle de la amargura. Desde pequeños se nos enseña el valor del dinero. Quien más tiene es el mejor, y el que no lo tiene no lo es. Por dinero se hacen muchas cosas, se cometen asesinatos individuales y colectivos, por medio de guerras que responden a los intereses de unos pocos y no de los ciudadanos del país. Intereses monetarios que causan hambrunas en países para diezmar la población, uso de transgénicos y plaguicidas que no solo están dañando el medio natural con sus ciclos de producción sino a nosotros mismos causándonos enfermedades y fallos orgánicos. Ese es el verdadero fin del mundo. El que el mismo hombre civilizado, y cuanto más civilizado más destructor… está poniendo en marcha para este planeta en el que hay recursos para todos pero que están mal gestionados y mal repartidos. Es una pena que a pesar del paso de los años siga tan presente el refranero español y haya que aplicarselo a algunos gobernantes de algunos países, aquél que decía “Por el interés te quiero Andrés”…

martes, 13 de diciembre de 2011

Tiempo de Soñar




Líbame cual mariposa coloreada
entre flores escondida,
la desazón que tengo,
la amargura que me acecha
la pena que me consume
y mi vida maltrecha...

Con tinta de besos,
con letras dibujadas con caricias
en los renglones de nuestro cuerpo
con nuestros dedos hambrientos
de roces, abrazos y alientos.

Nos aislamos tras parapetos de seda
entre lienzos y maderas nobles
de camas desechas al alba.
Una brisa fresca nos acaricia,
como la mano de nuestra madre
que despacio mecía nuestra cuna.
Un rayo de sol preñado de polvo,
me devuelve tu imagen más bella que ninguna.

Y me arrojas a una espiral de otoño,
seca como las flores de los geranios de patios andaluces.
Mis brazos se extienden a modo de parra que busca el sol,
para hallar tu cuerpo, y solo encuentro mis manos vacías
aferradas a una fantasía.
Agónica me levanto, me miro al espejo
y veo mi cuerpo maltrecho, desgarrado y desolado;
e inicio un nuevo ciclo de esperanza y de vida.

Dejando mis lágrimas
rodar por mi cara,
mis manos vacías,
mi alma "partía";
y recojo los mil pedazos
de mi vida,
los jirones de mi corazón,
en silencio me encojo
y lanzo un suspiro de dolor.

Las apariencias siempre engañan

-¿Por qué me mira así? El que usted sea un señor mayor no le da derecho a ser un descarado y mirarme fijamente-Le espetó una jovencita con más cinturón que falda a un hombre que placidamente estaba sentado en el banco de un paseo.

-Usted perdone-replicó el caballero- Es que su olor me es familiar,a fresa, a inocencia, a frescura de la mañana... miraba en esa dirección guiado por el olor, pero el soniquete de sus zapatos no es igual a los de ella.

-Es un pirado abuelo-dijo mientras se alejaba del hombre que no había movido más que sus labios.

-Pirado no hija, ciego- Sentenció lacónico mientras se levantaba del asiento.

martes, 15 de noviembre de 2011

Prevención de Suicidio

Con el siguiente relato conseguí la Primera Mención de Honor en el concurso de relatos cortos "II Memorial Conrada Muñoz" año 2011.  Espero que os guste.





Como si fuese un boomerang he entrado y salido de la prisión tres veces en los últimos dos años. Cada vez que estaba dentro me prometía a mi mismo que esa sería la definitiva, que pasara lo que pasara y aunque me ofrecieran la luna no me iba a meter más en líos. Algunos de mis compañeros siempre me dicen eso “de que vuelvo a casa” en cierto modo es así, a pesar de que no la he sentido nunca como mía; nací en la  cárcel de mujeres de Alcalá de Guadaíra cuando mi madre estaba presa.
Los primeros años de mi vida no era muy conciente de donde estaba, pasaba los días a rebufo de mi madre y de las demás internas que me tenían como su juguete. Mi madre entró en prisión por un delito de tráfico de drogas. Apenas tenía diecisiete cumplidos cuando una mañana se dio cuenta de que estaba embarazada. Tras comunicárselo a mis abuelos, éstos lo primero que hicieron fue ponerla de patitas en lo ancho y llano de la calle: “Vete, has deshonrado a tu familia” fue lo último que escuchó  cuando salía con sus escasas cosas y con la única preocupación en la mente de dónde pasar la noche. Tal vez con el sol de la mañana siguiente, y tras pasar la noche fuera de la casa, sus padres se compadecerían de ella y la  buscarían. Eso no ocurrió.
Mi abuelo, con cincuenta años, alcohólico y desesperado para ganar un jornal con el que alimentar al resto de sus hijos se le  vino el mundo encima al ver que su única hija, en la  que tenía todas sus expectativas puestas le había defraudado. Ahora sería la comidilla del barrio y todos tendrían alguien a quien criticar. Ya estaba él para eso y el resto de mis tíos, que según supe con los años tampoco andaban en buenos pasos.
El dueño de la pensión donde encontró el refugio que sus padres no le dieron,  se aprovechó de la cara de inocente de mi madre y la hizo que se metiera en el mundo del trapicheo. Nadie sospecharía de una adolescente con cara de niña. Mi padre la dejó tirada, no quiso saber nada de mí. Con los años ha querido buscarme pero ahora he sido yo el que ha  pasado de él. Si se hubiera portado como un hombre en su momento, tal vez mi vida y la de mi madre habría sido de otra forma. Ella no se habría visto abocada a ese inframundo que es la droga. Tanto va el cántaro a la fuente que al final acaba rompiéndose, no solo mercadeaba sino que acabó consumiendo su propia mierda. En pocos meses su vida cambió dando un giro de trescientos sesenta grados. Después de su primera condena, vinieron otras y yo me vi tutelado por la Junta y encerrado desde los cinco años en un colegio donde pasaban los días uno tras otro a la espera de que apareciese mi madre o alguna familia que me diera ese cariño del que yo tanto estaba falto. Fui viendo como entraban y salían otros niños, aprendiz de los mayores y maestro de los pequeños en las pequeñas travesuras  y tropelías que realizábamos en el colegio. De ellos aprendí lo que  serían los cimientos de mi persona.
A los catorce años volví con mi madre y al principio sí fue todo lo idílico que siempre me había imaginado en las noches largas de invierno cuando la desesperanza no me dejaba dormir y me abrazaba a la almohada llorando como lo que era, un ser indefenso y débil que no había pedido venir al mundo, y mucho menos en esas condiciones. Un año después ella empezó a salir con un hombre que había conocido estando en prisión por un programa de intercambio de amistad. Cuando Pablo, que así se llamaba, salió de Carabanchel se vino a Sevilla al pequeño bajo mohoso que teníamos alquilado en un barrio bastante conflictivo. Hasta ese momento todo iba bien, mi madre se había limpiado estando en el talego y trabajaba en la cocina de un bar. Después de todo volvíamos a ser una familia. Ambos estábamos reinsertados en la sociedad, solo teníamos que seguir viviendo.
 Nada más lejos de la realidad… Pablo nos hundió de nuevo en lo más misero del mundo: la droga; y lo peor de todo, es que me arrastró a mí también en esa vorágine en la  que se convirtió nuestra existencia desde que apareció por la puerta de casa. Tenía una mirada desconfiada, y una sonrisa llena de picardía que embaucaba hasta el más listo. Sin darnos cuenta mi madre y yo estábamos por los parques y las puertas de los colegios ofreciendo a los niños un poco de “chocolate” o de “maría”. Yo los enseñaba a liar los cigarros a los que no sabían y, poco a poco me fui haciendo un nutrido grupo de colegas a los que les metía el veneno en el cuerpo y ellos a cambio de un poco de “felicidad” me daban la pasta que costaba su pequeño viaje. Así de paso, me enganché yo también, primero a algo que me parecía inocente como son los porros para acabar con la dama blanca enredada en mis venas como si fuera parte de mi mismo.
Cuando tenía el  subidón de la dosis, creía que me iba a comer el mundo y no era muy consciente de distinguir lo que estaba bien de lo que no;  las malas compañías y estar en un sitio indebido en el momento inapropiado han hecho que el mundo me coma a mí. He venido de nuevo a la cárcel y esta vez por una larga temporada. Las condenas de antes eran tonterías comparadas con esta de homicidio. Algo de lo que me arrepiento muchísimo y que no soy consciente de haber cometido. Las pruebas me acusan a mí y hay testigos de ello. Así que ahora no me queda más remedio que afrontar todo lo que me venga encima. Pero estoy hecho polvo, mi autoestima es menor a la de un gusano que se arrastra por el suelo esperando que alguien pase por encima y lo pisotee aplastándolo contra el suelo mugriento y que  no quede de él nada más que una manchita recuerdo de su existencia.
Mientras, ahí fuera en la calle, el mundo está asistiendo a un parto. Sí un parto con contracciones agónicas para los más desfavorecidos que les provocan unos dolores que no son posibles de aguantar. Envites que da la vida y los pone como a mí de cara a la pared; metidos tras muros que los apartan de una sociedad que ya nos los quiere. Eso provoca que la delincuencia aumente, las cárceles se masifiquen; y sean incapaces de reeducar al preso por falta de personal. Sometidos a unos horarios, a unas normas de convivencia destinadas a hacernos que el regreso a la calle sea más fácil. Haciéndonos participes de nuestra reeducación en los módulos de respeto que deberían de ser obligatorios para todos los internos en vez de voluntarios. Se asemejan a una vida real donde la participación y organización es la base del respeto a los demás y a uno mismo.  Aunque el preso no tiene todo el seguimiento que debería tener una vez fuera de la tutela del Estado y por eso volvemos a caer como moscas a la miel.
  Mientras estamos entre rejas el mundo de fuera se ve lejos, es una realidad  paralela a la que vivimos imposible de alcanzar en mucho tiempo para la gran mayoría de los internos. Pero aquí dentro sufrimos la ausencia de la familia, de los amigos, nos privan de libertad pero tenemos acceso a la cultura, se puede estudiar para mejorar nuestra formación. Tal vez algún día esa mejora de nuestras capacidades laborales se vea recompensada con un trabajo en la calle en el mejor de los casos. Aunque afuera son muchos los que tienen que delinquir para seguir subsistiendo ya que el sistema económico está en entredicho y hace aguas por todos los lados y muchas familias se han visto de la noche a la mañana sin nada. Algunos, aquí dentro tienen trabajo en un destino remunerado  que les permite tener algo de dinero y no sentirse del todo un parásito de la sociedad. Aunque mucho de ese dinero va a parar a las manos de otros internos -los más avispados- que se dedican dentro en los patios a intimidar a los que somos más débiles y a seguir intoxicándonos con sustancias que por ley están prohibidas y aún más si cabe dentro de los establecimientos penitenciarios.
La noche ha llegado ya, siento un nervioso que me recorre todo el cuerpo. Es hora de tomar mi medicación. En la cama de abajo mi nuevo compañero –un interno de apoyo- está leyendo un libro que ha sacado de la biblioteca. Me ha dicho el titulo, pero ahora no lo recuerdo. Tiene que ser entretenido, apenas se mueve entre las sábanas, no se da cuenta de lo que hago. El silencio invade toda la celda, siento los  latidos de mi corazón cada vez más débiles, mucho más frío que hace unos instantes. Me voy a poner cómodo, con un gran esfuerzo consigo estirarme y taparme hasta el cuello. Se escucha el interfono, al otro lado el funcionario de guardia llama a mi compañero
-¡Buenas noches! Lozano ¿me escuchas?
-Si
-¿Está tu  compañero bien?
-Sí, acabamos de hablar.
Mi compañero sigue leyendo y yo cierro los ojos e intento descansar de una vez y para siempre.





domingo, 6 de noviembre de 2011

Flor seca I



Él caminaba hacia mí con los ojos fijos en el suelo. Nos acercábamos cada vez más. Hacía mucho tiempo que no nos encontrábamos a pesar de vivir en el mismo pueblo. Sin duda los años habían hecho mella en nuestros cuerpos. Yo ya no era la chica grácil de la infancia; que me subía en todos los sitios siguiendo a los niños cuando se perdía el balón. Él tampoco lo era.
Dentro de mis pensamientos me asaltaban todo tipo de preguntas acerca de cómo le iba la vida. Cada vez  aligeraba más su paso y miraba la acera como quien va sorteando charcos en un día lluvioso. Hacía un sol radiante que casi cegaba la visión si mirabas los reflejos de sus rayos.
Nos cruzamos, codo con codo, yo lo miré pero él seguía absorto en su mundo. Creo que ni siquiera me vio…
Atrás quedaron años de amistad, de juegos infantiles, de chucherías los sábados después de la misa, de risas y fiestas de juventud. Sentí que de mis manos se escapaba la tierra seca de una planta que llevaba mucho tiempo sin regarse, abandonada en un pequeño jardín.
 La desazón que sentía, me hizo volver la cabeza para llamar su atención, pero él ya había desaparecido.


Flor seca II


Son ya las dos de la tarde, hoy he caminado demasiado, estoy sudoroso. Mis padres me deben de estar ya esperando para comer, a mis casi cuarenta años aún vivo con ellos. Encima por ahí viene Laura. Mejor me hago el loco, siempre he sido distraído y ella lo sabe. ¡Con la de tiempo que hace no nos vemos y me toca hoy con esta pinta! Seguro que va a recoger a su hija al autobús escolar. Es un preciosidad, ¡claro se parece a ella de pequeña!
Lo mismo no me reconoce, he adelgazado bastante. Me estoy acercando, mejor miro al suelo. Intuyo que me mira puedo sentir sus ojos en mí.

El encuentro



Habían tenido que pasar veinticinco largos años para que Laura y Carlos se dieran ese abrazo. La vida que parecía unirlos los llevaba ahora por diferentes caminos, y, como en aquella fría mañana del mes de marzo, Clara había tenido algo que ver en el reencuentro.
Carlos estaba en la puerta de la iglesia con el motor de su coche arranchado mordisqueándose las uñas mientras esperaba que saliera Clara, su hermana, para que le dijera si Laura le había dado el “sí quiero” a Alberto, su mejor amigo.
Apagó la colilla del cigarro pisándola enérgicamente con la punta de sus relucientes zapatos negros, cuando vio asomar la cara compungida de su hermana por el pórtico de la iglesia de aquel pequeño pueblo.
Su gran amor había elegido a su amigo; aún albergaba la esperanza de que se arrepintiera en el último momento. Ella tal vez quiso evitar un gran escándalo. Carlos no podía permanecer más allí, era él quien estaba sobrando.
Clara le puso a su hermano un telegrama, diciéndole que su gran amigo había fallecido tras un infructuoso y desgraciado matrimonio plagado de reproches e infidelidades. Él cogió lo imprescindible para volver y estar al lado de Laura en esos duros momentos.
Ese beso, a solas en su biblioteca, fue un beso de alivio para ambos.

lunes, 31 de octubre de 2011

Si tuviese alas como Ícaro

El siguiente relato  fue merecedor de un tercer puesto en el I Certamen de Relato corto Memorial "Conrada Muñoz" del año 2010.


La mañana del sábado había amanecido fresca y Agustín Torres, seminarista en su último año, había decidido que ese fin de semana no iría a visitar a sus padres al pueblo. Quería ir a la prisión y estar al lado de quiénes necesitaban apoyo espiritual o de los que no tenían visitas de familiares. Casi siempre había ido a los hospitales, comedores sociales, residencias de ancianos, centros de rehabilitación para drogodependientes a llevar la palabra de Dios; un poco de compañía y cariño a quiénes lo necesitaban. A veces el dar cariño a una persona es el mejor de los regalos. Ratos de conversación para aquellos que están excluidos, gentes que porque estamos acostumbrados a ver en la calle como parte del mobiliario urbano ya no miramos; pero nunca  había entrado a un Centro Penitenciario.
El capellán del la prisión le había incluido en la lista que pasaba al Director para que autorizasen su entrada, y en concreto le había hablado de Pedro Salgado, un hombre cercano a los cuarenta y cuyo destino era de cabo de limpieza en el modulo seis.
Agustín después de desayunar con todos los que como él se habían quedado en el  seminario, se preparó meticulosamente su mochila donde llevaba su Biblia y sus objetos personales. Se volvió a peinar frente a un espejo que le devolvía una imagen temblorosa y ajada por sus años, y tras poner cada pelo en su sitio, salió directo al garaje donde aparcaba su coche. Tenía las manos sudorosas a pesar de que no hacía calor, arrancó el vehículo y se dirigió hacía la calle.
El trayecto se le hizo corto, eran las diez de la mañana,  aparcó en la entrada del Centro y se fue directo a los Accesos, donde le entregó al funcionario que prestaba su servicio en ese momento su documentación y éste le dio una tarjeta que colgó de la solapa de su chaqueta. Tras pasar la puerta giratoria y volver a ser identificado, se le retuvo su DNI.
Y  le dieron paso al modulo que iba a visitar. El funcionario de ese módulo le indicó que  el interno, Pedro Martínez, estaba en la Sala de día, y le señalo con el dedo a un hombre de aspecto taciturno que se hallaba sentado en una silla leyendo un libro y de vez en cuando levantaba los ojos sin mirar a ningún lado en concreto.
Agustín se dirigió hacia él con su Biblia en la mano,  con paso firme y decidido se sentó sin decir nada. Ambos hombres se miraron fijamente a los ojos y sus bocas no sabían qué palabras pronunciar.
-¡Hola! ¿Te importa que me siente aquí?-balbució Agustín.
-No padre, no se preocupe, no me importa puede usted sentarse donde quiera.
-No soy sacerdote todavía, me puedes llamar Agustín. He venido a verte expresamente a ti, el capellán del Centro me ha dicho que no tienes muchas visitas.
-Así es…no le ha mentido-contestó desafiante mientras cerraba el libro lentamente.
-¿Puedo preguntarte por qué estás aquí?-dijo Agustín, aún a sabiendas que estaba por una condena de tráfico de drogas.
-Sí, por traficar. Aunque no lo soy, me lo ofrecieron y como no tengo nada que perder…lo hice- respondió altivo.
-¿Esa chica del tatuaje es tu esposa?
-No, mi hermana Paula- dijo mirando al techo.
-Uno no se tatúa a su hermana, mucho la tienes que querer.
-No lo sabe usted bien.
Agustín sacó un paquete de tabaco de su mochila y le ofreció un cigarrillo a Pedro, que este cogió sin rechistar, ambos hombres exhalaban bocanadas de humo que ascendía y se extendía por toda la habitación mezclándose con los humos de los otros internos, que jugaban al dominó o veían la televisión.
-Me ha llamado la atención eso que has dicho de “no tenía nada que perder” ¿por qué?-dijo Agustín mirándole de nuevo a los ojos.
-Muy fácil, llevo años en la calle, por eso…simplemente. ¿Quiere que le cuente un poco de mi?
-Sí por favor, habla que te escucho- le dijo el seminarista poniendo una sonrisa que le invitaba a la complicidad, para que Pedro se sintiera relajado.
-Cada día pasaban a la misma hora, por delante de la iglesia de la calle San Antón. Entre el barullo de la gente eran dos desconocidos más para mi, dos peatones más. Ella siempre de la misma forma: con la misma gabardina color marrón intemporal, las mismas botas altas, de tacón bajo y grueso. Las manos metidas en los bolsillos. Sostenía el bolso en una de sus muñecas, porque parecía que se le escurría de los hombros. Su cara pálida, con una expresión en el rostro de ambigüedad, y su caminar casi etéreo, como si de un ánima se tratase. Le asomaba la falda, por debajo de la gabardina, también marrón. Su pelo, rubio y largo, aunque  un poco descuidado para ser una mujer aún joven. Sus ojos de un azul intenso, como el mar, que cuando me miraban  me hacían sentir un escalofrío, cómo si ella supiera en qué estaba yo pensando. Una mujer muy alta y enjuta, pero que sin embargo llamaba mi atención sin yo darme cuenta.


El es moreno un hombre de aspecto normal, iba con un periódico bajo el brazo y de unos cincuenta años. Uno más, de los muchos que pasan al cabo del día.
Ella iba en dirección a Recogidas y él, San Antón abajo, pero cada mañana a la misma hora, a eso de las nueve y media, se cruzaban en la misma acera en la que estaba yo sentado. Donde esperaba que alguno de los transeúntes dejara algo en mi caja de cartón, o que alguna de las feligresas de la iglesia, se apiadara de mi indigencia, y dejara caer los céntimos que les sobraban, con los que comprar algo para llevarme yo a la boca, y por qué no decirlo, para algún cartón de vino barato, pero que alivia igual que los otros la sordidez de mi vida.
Nunca se  miraban, ella se ponía a ojear el bolso buscando algo y él parecía interesarse en su periódico, y cuando había una distancia entre ellos suficiente, levantaban súbitamente las cabezas de sus quehaceres improvisados para volver de nuevo a la calle.
Un día frío del mes de Diciembre, de esos que en Granada te calan hasta los huesos y se te hiela el aliento; yo  estaba en el mismo sitio de siempre, pero un poco más hablador que de costumbre. En vez de estar en mi cartón en el suelo, porque era imposible estar quieto del frío,  me encontraba dando pasos de un lado a otro delante de la puerta de la iglesia convento.
-Niña, ¿tienes una “limosnica” para este pobre? Abuela, déme usted algo. ¡Señora, algo suelto tiene, seguro…!
Andaba y parloteaba a la vez en la mitad de la acera, para no congelarme por las temperaturas tan bajas. Ese día los dos fueron a echar unas monedas a mi mano a la vez, ella levantó la vista y al verlo dijo con una voz seca y quebrada:
-¡Hola Paco! ¿Cómo estás?
-Bien, ¿y tu?- dijo él.
Sus voces, temblorosas se aquietaban en sus gargantas, y se helaban sus miradas y no por el frío de la escarcha de la mañana. Ella quitó su mano y la escondió rápidamente en el bolsillo de su gabardina como si quisiera protegerse.
-¿Todos bien?- balbuceó ella.
-Si –contestó el hombre, con la mirada fija en el escaparate de la floristería de enfrente.
Yo, en medio de los dos sin saber qué hacer ni qué decir, para romper ese hielo esa indiferencia; ¡ojalá hubiera tenido alas como Ícaro! y solo acerté a decir:
-Maestro, hace frío con ganas hoy, si señor, mucho- y como si de un encanto se tratase  diluyó  aquella tensión y cada uno tiró para su lado de la calle y yo respiré tranquilo.
Todos los días eran iguales. Se acercaba la Navidad y todas las calles del centro lucían espléndidas, llenas de pascueros, amarillos, rojos, luces de colores colgaban de entre los balcones de los edificios. Era martes, lo recuerdo con claridad, porque era festivo  y había misa de diez, ese día ella venía desde lejos buscándolo con la mirada entre los viandantes; hasta que lo encontró, cuando estaba a unos pasos de mí, y pude oír la conversación.
-Paco, buenos días, ¿cómo estás?
-Bien- dijo él en tono áspero.
- No crees que ya es hora de que dejemos atrás el pasado, nuestras diferencias- dijo ella- Mamá nos necesita a todos.
-La verdad, sí…son ya muchos años, pero hay mucho rencor…-contestó, sin apartar la mirada del suelo, titubeante.
El asintió con la mirada y siguió su camino sin decir ni una palabra.
Siempre pensé que habían sido pareja por esa forma de  mirarse de reojo sin que el otro se diese cuenta. En ese momento me puse a llorar, pero nadie se fija en un vagabundo que llora. Me senté en el suelo, justo en el tranco del pórtico de la Iglesia y tapé  mis lágrimas con mis manos enrojecidas por el frío.
-¿Se preguntará usted por qué?-hizo una pausa en la que se encendió un cigarro-¿por qué yo que minutos antes estaba bien, al ver a esos dos extraños de los que no sabía nada; lloré por lo que les escuché decir?-El interno hizo una pausa, esperando una respuesta.
El seminarista lo miró con cara expectante, y con las manos le indicó que siguiese hablando. El pobre no podía articular palabra, ¿qué tendría qué ver esa rocambolesca historia?
-Me acordé de Paula, mi única hermana y amiga. Murió por mi culpa, yo debí conducir esa noche, ella había bebido demasiado. Festejábamos que habíamos acabado la carrera de Matemáticas. Se saltó un semáforo y lo demás se lo puede imaginar…
Mis padres, en vez de apoyarse en mí me culparon de todo,  de que yo la incitaba a cosas que no debía y en su locura mi padre un día me echó de casa. La calle no es buena, se engancha uno a muchas cosas…-las lágrimas rodaban por su cara- nunca he vuelto a saber de ellos, ni siquiera sé si viven.
Agustín también secó sus lágrimas, encendió otro cigarrillo. No sabía si hablar o callarse. El sabía lo que eran las drogas, alguien lo cogió a tiempo, confió en él y lo rehabilitó, y por eso ahora Agustín quería  estar al lado de los necesitados.
Fin.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Realidad Poliédrica


    La altivez con la que me miraba Marta cuando éramos niños siempre hirió mi amor propio. Cada vez que acompañaba a mi madre a casa de los Sres. Pérez cuando les llevaba la cesta con la ropa planchada y algunas cosas que ella les cosía; percibía un escalofrío que me recorría todo el cuerpo con la mirada de esa niña insidiosa que me hacía sentir inferior. Ella se pavoneaba con sus vestidos de niña rica llenos de lazos y volantes; mientras esperábamos que el ama de llaves  nos diese el siguiente encargo semanal.
    Yo, que no me he arrugado nunca ante nada y menos delante de una mujer; me crecía dentro de mis ropas desgastadas y modestas, mirándola por el rabillo del ojo y le hacía burlas mientras ella se encaprichaba por algo que su niñera al instante debía de darle; una mujer joven de aspecto mustio que apenas hablaba con nadie -no sé si por timidez o debido a su juventud, apenas tendría cinco o seis años más que Marta-.
    Han pasado los años, y aún sigo sintiendo cuando me cruzo con Marta esa sensación de inferioridad al dedicarme ella una de sus miradas de arriba abajo. A veces me da la sensación de que ella quiere hablarme, sin embargo, yo levanto mi cabeza con altivez y lo único que hago es un leve gesto con las cejas a modo de saludo; pues gracias a los esfuerzos de mi madre conseguí con los años no ser solo “Tomasito” el hijo de la planchadora, sino don Tomás el maestro del pueblo.
    Cada día cuando acaban las clases, ella viene a recoger a su hijo al colegio conduciendo su coche sin su chofer; me parece extraño pues bien podría venir  Amparo, “la mudita” -conocida así en el pueblo porque con solo mirar a los ojos a su pequeña Marta sabía perfectamente lo que quería, y nunca hablaba de lo que pasaba en casa de sus patronos- que al pasar de los años, se convirtió en una  buena moza pero que no consiguió novio y aún sigue en la casona familiar.
    Yo la observo desde lejos tras los cristales de mi aula. No quiero reconocerlo, pero creo que he estado enamorado de ella desde que era un crío; por eso prefería acompañar a mi madre cuando iba a su casa en vez de quedarme con los demás chiquillos jugando en la calle, a sabiendas del mal rato que pasaría.  Me doy cuenta que he vivido toda mi vida en una mentira, obcecado en esa imagen de mi infancia que me ha llevado a querer obviar a todas las mujeres que se me han acercado y que no han sido pocas. En todas encontraba algún inconveniente, vivían lejos, no querían vivir en un pueblecito  o simplemente eran insulsas. Mi madre siempre me decía: “Tomas, hijo mío, ¿Cuándo te vas a buscar una novia con la que formar una familia?” y mi única respuesta era “un día de estos madre”, y agarraba mi viejo portafolios de piel y salía de la casa con una sonrisa en la boca y un beso al aire para mi madre.  También he aguantado murmuraciones acerca de mi hombría por seguir soltero a mis años. Tengo el arquetipo de Marta en mi mente y sin darme cuenta he ido fijándome en ella y construyéndome mi propia realidad poliédrica, y en cada cara una visión diferente de la vida.
    Después de tanto tiempo aún no ha perdido ese porte que tenía de niña, su petulancia se ha visto mermada por las circunstancias que la rodean. El exquisito marido que le buscó su padre, se ha encargado de dilapidar la fortuna de la familia en negocios turbios y en casas de mala reputación. No es que me alegre de eso, al contrario; parecía un corderito manso el día de la boda y mientras todos les mirábamos, él preso del nerviosismo propio del acontecimiento y de verse en un pueblo que no era el suyo, no hacía nada más que tirarse de su pulcro chaqué. Ella, ufana e inocente de lo que se le venía encima, sonreía a todos los que  mirábamos pasar el cortejo por la arteria principal  del pueblo en dirección a la iglesia. Entre ellos yo, que veía como  ella se alejaba cada vez más de mí de lo que toda la vida lo había estado, si es que en algún momento  estuvo a mi lado.
    Muchas veces Marta venía al colegio con gafas de sol, a pesar de ser un día lluvioso, unas enormes gafas que ocultaban su rostro que se iba ajando con los años y se veía deslucida a pesar de ser una mujer todavía joven. Cuando llegaba la primavera y las demás madres acortaban las mangas de sus ropas y la tela de sus faldas, ella seguía tapada hasta los puños y los pies. El rictus de su cara siempre era el mismo, solo le salía una sonrisa franca cuando abrazaba a su hijo en las puertas de la escuela. Ahí sí que se le veía feliz. Era como si el mundo entero se iluminara y no existiera nadie nada más que ella y su pequeño Nicolás.
    Hoy no ha venido el niño al colegio, algo extraño ha debido de ocurrir, pues es un niño con una salud de hierro. Hoy me quedaré sin verla aunque sea de lejos. Cogeré mis cosas y me marcharé a casa pues mi madre, anciana ya, debe de estar poniendo la mesa y hasta que yo no llego ella tampoco almuerza.
   -¿Sabes lo que ha pasado hijo? Una desgracia, hijo, una desgracia. Anoche, al marido de la señora Marta Pérez, de mi “Martita” que la he visto crecer desde pequeña…
   -¿Anoche qué mamá, anoche qué?- la curiosidad me comía por dentro, sentí que algo malo había ocurrido.
   -Pues eso, que anoche en uno de esos sitios a los que va se ve que estaba más bebido de lo normal y en una pelea y tras apostarse todo al póker,  cayó al suelo y se golpeó la cabeza
   - ¿Y qué pasó?- le espeté a mi madre casi gritándole.
   -Pues que se dio un mal golpe y que lo han llevado muerto a su casa.       
    Salí corriendo sin comer y tirando el portafolio al suelo. Mi único interés era llegar a la casa de Marta, sabía que mi presencia de nada serviría pero había algo que me empujaba a ir.
La viuda estaba compungida al lado del ataúd de su esposo, vestida de negro riguroso con medias y pañuelo negro a pesar de alcanzar en el patio de la casa los treinta grados a la sombra de aquel mes de mayo que se presentaba más caluroso de lo habitual, y secaba sus lágrimas con tanto entusiasmo que no dejaban de mirarla los allí presentes uniéndose en su dolor.
Me quedé parado, viendo toda la escena, no podía acercarme a ella, había demasiada gente a su alrededor. No era el momento. Tal vez al día siguiente, en el cementerio podría darle mis condolencias.
Una vez el cuerpo del difunto fue sepultado y todos se iban marchando del cementerio. Ella permanecía allí, en frente de la tumba, con su inseparable niñera. No dejaba de llorar, pero en sus ojos se percibía un brillo diferente. Yo esperaba el momento de acercarme para darle mis condolencias; cuando antes de poner mi mano sobre su hombro pude escuchar lo que le decía “la mudita”
-No llores más mi niña, que no lo merece, ¿no te acuerdas de cuando te daba los correazos?
Se me cayó el mundo entero a los pies y sin decir nada salí de aquél cementerio.